miércoles, 29 de noviembre de 2017

La Fuga

Tigre I avanza firme por banda derecha luciendo sus estandartes verdes y blancos, terminando con cualquier colorado atisbo de intentar frenar su marcha.
Cálido amanecer en la ciudad que todo lo puede, despierta nuevas esperanzas en los corazones optimistas y atemoriza más a los ya de por sí miedosos; es que con tanta mancha que luce la metrópolis algunos tienen miedo de caer en sus agujeros negros. No obstante al Tigre parece no importarle. No pertenece a ninguno de esos dos rubros. Él pertenece al grupo de aquellos que tienen convicciones y con eso basta, sin importar las características de las mismas. Deja su estela el Tigre I a lo largo de la ruta que no es ruta pero ya es ruta, mientras recorre los límites del mismo sitio del cual escapa. Ve a todos los privilegiados que ostentan todo aquello que esos quienes deja atrás carecen. Estos yacen a su izquierda y está separado de ellos por un hilo de agua no lo suficientemente potable como para saciar la sed de los más sedientos. 
Carga en su lomo cansancio el Tigre. Mentes abrumadas pero el verano se acerca y con ello el descanso. La paz. Carga el cansancio de lo más ansiosos. De los más cansados. Pero ante su convicción nada lo puede.
No está solo. Tiene muchos compañeros en su camino. Similares. Sin embargo, el Tigre I muestra un apuro innato. Aún no podemos deducir el por qué del mismo, pues su contenido no es distinto al de los demás. Avanza. Firme.
Múltiples abejas terrenales que succionan la miel de los que aún no logran escapar de ese panal andan a su alrededor, obstruyen su camino, pero a pesar de ellas el logra abrir su propio sendero. Sendero que parece estar marcado desde tiempos de la creación.
Su estela tóxica parece ser el desagote de un inodoro propio donde todo lo desechable, lo despreciable de su contenido se elimina, quedando de este modo puro. Limpio. Y todo estos desechos se juntan con el lodo que queda atrás. Lodo de una atmósfera de puentes y túneles, pegajoso como un engrudo. Quienes no tienen el privilegio de ser purificados por el Tigre, no ven en él otras cosas que lleva. No reconocen los problemas y otras numerosas historias angustiantes. Simplemente lo identifican como elemento purificador, y ese es el espíritu que  el Tigre I representa en el inconsciente colectivo, fortaleciéndose día a día. 
Saludará, a su marcha, al teatro de los sueños y transitará las calles más nerviosas. Acumulará así, más desperdicios, si bien el balance siempre dirá que fueron más los que se fueron que los acumulados. Serán entonces despreciadas las últimas cifras de nervios que se suben a su marcha y posteriormente eliminados en el mismo proceso de limpieza que a todo lo cual transita ese andar compete. Nada va a torcer el rumbo ni el objetivo del Tigre I. Quiere limpiarse. Quiere limpiar.
Empinará su camino, hará ese último gran esfuerzo. Saludará, entonces, en este tramo a los pobres afortunados que buscan fortuna. A los desafortunados que buscan ser afortunados.
Se preguntará, en ese momento que sería de los desdichados si fueran felices.
Se preguntará, en ese instante, que sería de los pobres si fueran ricos.
Luego y de refilón, lanzará una mirada a un sueño roto con forma de cruz y entonces vendrán las mismas preguntas nuevamente a su cabeza.
La ruta lo espera. Está marcada. Nos espera.
Por las próximas horas estaremos en camino. Como siempre, como cada día, con la particularidad  que esta vez siendo conscientes de ello. Inundaremos de asfalto puro y solamente puro nuestros pensamientos.
El Tigre I abordará a destino remoto en salitre especialmente mojada.
Lanzará sus últimos desperdicios durante un tiempo finito.

Y en breve lo veremos volver, cabeza en alto y fresco Tigre I, recogiendo nuevamente esa inmensa cantidad de bosta que había desechado, pero con la convicción de que esta vez va a ser menor.

lunes, 27 de noviembre de 2017

La Avenida que no Termina en el Mar

Redacción del cuento no escrito, la avenida que no termina en el mar moría en la costanera. Su cartel indicaba la continuación y es así como nuestros dos personajes aquella calurosa mañana de un 8 de enero bajaban la última pendiente antes de finalizar, parcialmente, su recorrido, no obstante no la dejaron de recorrer.
Celeste se reflejaba el cielo en los ojos del protagonista. Dada la similitud de sus colores, el mar se perdía en los ojos de su compañera, entrada en años pero tan adolescente como su acompañante en esos momentos.
Bajaron y tácitamente y sin pensarlo se juraron inmortalizar ese instante y vaya si lo lograron. Joven incrédulo, guapo y derrotado por la sabiduría de su acompañante que de un mismo pincel y en un mismo lienzo había montado varias obras de arte. En primera instancia, la propia, el bajar la avenida y respirar profundo el aire salino que arrojaba el agua. Por otra parte el mismo efecto en el muchacho, la inspiración juvenil de esa brisa que – como nunca habrían sospechado – desde ese entonces, todo lo podría. Por último, la sorpresa que había producido en su compañero. Lo atónito que estaba, lo cual trascendía el mero hecho de la caminata. La dinámica que construyeron en ese momento. El sueño vuelto realidad. La cueva al descubierto. El refugio.
Pues bien los mapas podrán decir, queridos amigos, que la avenida termina en esa cuadra. Pero el cartel no, y por única vez en su historia, según cuentan, estos dos viajeros le hicieron caso a alguna señalización urbana. Se hundieron en cada rincón donde la avenida los podía llevar. Se movieron en todas las direcciones que los autos que la transitaban nunca habrían de moverse. Ellos jamás se animarían a hacerlo.
Reconstruyeron la avenida a partir de esa jornada en cada palabra de modo tal que siga el curso de sus espíritus y la convirtieron en un templo para los mismos. Y es así que años después vemos el cartel que aún señaliza que la avenida continúa en el mar. Adquiere sinuosos trayectos no con otro destino que el de la mera continuación de la ruta misma.
Le pusieron música y color a la avenida que se convirtió en solución y elixir de sus almas. Le pusieron tantos autos como micros podían arribar a la ciudad balnearia un fin de semana largo. Le tejieron tantas redes como la de los chalecos de lana que los abrigaba de pequeños.
La avenida hoy presenta una feria de emociones que no posee nada a la venta y a la cual todos desean acceder.
El resto de las personas no la encuentran o transitan numerosos caminos, porque simplemente no pueden acceder allí. Es que, justamente, la feria arranca en ese tramo de la avenida en el cual los mapas dicen que terminaron.
Vieron muchos autos seguir a fondo en la avenida y tras la rambla de la costanera provocando numerosos accidentes, tratando de encontrar esta parte. Se han contratado profesionales de diversas áreas y publicado numerosos artículos tratando de encontrar el método de llegar a ella pero solo se han conformado con falsas imitaciones. No saben que los dueños de la feria son estos amistosos personajes. No saben que en realidad, este tramo de esta arteria urbana la transitan fisicamente todos los buscas, con un detalle: no la pueden encontrar, porque se concentran simplemente en encontrar esa parte que trasciende los mapas. Y es así como estos dos secuaces pueden cruzarla con el semáforo en rojo para terminar la aventura completamente indemnes. Son y serán inmortales mientras transiten esa avenida.
Señores la avenida no termina en el mar.  El cartel indica bien. Continúa donde ustedes decidan. En el sitio donde ustedes se dispongan a montar la feria.
Señores, la avenida finaliza allí. No busquen más. No hay nada por descubrir.
Está tarde los volvimos ver a los dos locos, caminando, ya mas viejos, con la lluvia, que aunque muy torrencial no los moja, por la avenida.
Miren bien los carteles con el nombre de la avenida, ¿Cómo es que no lo ven? Ya lo saben, sólo es cuestión de identificarlo. Como la feria.



400 km más

Te regalé 400 km, quiero contarte. No solo eso. Te regalé mil miradas por la ventanilla. Te regalé la vianda del viaje, y las migajas capaz también. Te regalé alguna ceniza de cigarrillo a medio fumar, y alguna canción en la ruta. Alguna charla con desatención también te llevaste.
Te regalé 5 horas y un par de neuronas. No sabría bien por qué, no sabría bien en qué instante entraste en el casino, y le jugaste en la ruleta al negro el 8 sin querer apostar. Le pusiste un pleno a las dudas y ganaste. Te materializaste en una canción susurrada al horizonte.
Un par de deseos al mar.
Algunos mensajes por celular te ganaste.
Seamos honestos, morocha. Me los robaste. De la nada. Tan rápida como desobediente. Tan imprevista como inoportuna. No lo intentaste pedir, no lo quisiste pedir. No lo quisiste jugar y aún así ganaste.
Leo y releo estas líneas y me parece estar hablando de otra percepción, de otro momento, de otro viaje. De otro par de ojos negros. Pero este viaje si que valió viajarlo. Esos ojos si que se dejan mirar. Más inconscientes que otros, más genuinos. O quizá sea solo momentánea pero el corazón no percibe. Acá hay otra cosa. Encerraste al gato.
Saliste del boulevard de los sueños y eso es un problema. Los sueños que nunca te soñé. Los que, increíblemente, no me pudiste robar. Todavía. Esperemos mantener el invicto.
No sé que vas a hacer con el paquete del alfajor que me robaste. No sé que vas a hacer con la arena que con un par de palabras inocentes y por sobre todo inconscientes, me dejaste en el pelo.
No sé a dónde vas a ir y a dónde voy a ir y eso es lo que más me gusta de esta historia. Que me vas a poder robar muchos otros kilómetros, pero sin sentido ni mucho menos dirección. Porque así sos vos.
Con lo único que puedo concluir es contar que llamé a la policía y te denuncié. Denuncié lo que me habías hecho. Me mandaron a los bomberos, que con su agua de ducha me sacaron la arena que me habías dejado en el pelo. Apagaron el incendio.
Así que ya estoy a salvo de tus trucos otra vez. Por ahora.
Tendré que andar con cuidado de vos de ahora en adelante. Tengo miedo de que con tanta patrulla a raíz de mis denuncias, no me vuelvas a robar.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Carta a un soñador

Esto es para vos. Que le prometiste a tu mujer embarazada que el fin de semana ibas a atajar un penal para ella, y no lo hiciste. Que el técnico te puso a quince minutos del final del partido y al borde de la línea de cal te dijo “lo vas a empatar” y la única que tuviste te pasó entre las piernas. Que desde la primera vez que la viste sonreir aseguraste que la ibas a conquistar, y nunca llegó el beso. Para vos, que fuiste decidido a sacarte un diez y dar el batacazo en la materia más difícil y el monstruo te termino comiendo a vos como a uno más. A vos también, que dijiste que ibas a promocionarla y terminaste recursando. Para usted, que se juró conseguir el empleo a pesar de todo y logró llegar a la segunda entrevista y ahí el destino puso fin a su premisa. Para ustedes, vivos en el recuerdo de los que todavía vagamos por acá, que prometieron ganarle a esa enfermedad de mierda, y no. Y no. Para vos que dijiste que ibas a volver después de la lesión a ser la de antes, y nunca pudiste volver a correr sin dolor.  Para ustedes muchachos, que después de años de pelearla y su sueño de convocar miles de personas en fastuosos estadios se tuvo que conformar en un demo mal acabado.
Recuerden esa sensación. ¿Te acordás lo resplandeciente que te sentías el primer día de clases? ¿Cuándo la viste por primera vez? ¿El primer ensayo? ¿Te acordás, pero te acordás realmente la adrenalina que tenías ahí a punto de entrar a jugar los últimos minutos del partido? ¿El entusiasmo? ¿Podés evocar la seguridad que sentías de que ibas a terminar haciendo el gol que le prometiste a tu nena? ¿Los nervios, y a la vez, la esperanza de romperla antes de entrar al aula en ese final? Lo habías prometido.
Esto es para vos entonces. Para ustedes. Existen también. Hoy me acuerdo de ustedes. Mal acostumbrados a consumir las historias con final feliz nos olvidamos de los soñadores. En los diarios siempre van a salir declaraciones del estilo “mi compañero de concentración me dijo que iba a hacer dos goles”. Nunca vamos a leerlo cuando no pase. Pues bien, estas líneas intentan, redimirlos en parte. Volverlos tangibles. No son raros. No están solos.
Todo eso que tiene un nombre. Se resume en una palabra. Ilusión. Y la ilusión inevitablemente se alía con la confianza. Si nos damos el lujo de soñar, de ilusionarnos, es porque creemos que vamos a poder.
Ilusión. La que vivimos a diario. La que nos mantiene vivos. De cualquier índole. De cualquier estilo. Trasciende la realidad misma porque vive en nuestras almas.
Y sepan ustedes, compañeros entusiastas, que ese estado de gracia en el cual nos encontramos en dichas ocasiones, es también parte de la satisfacción final. Nos sentimos vivos. Sentimos que encontramos algo y nos ponemos una meta, una obligación personal por la cual luchar que va más allá de lo meramente necesario. Y que vale la pena.
Que vale la pena porque uno de los componentes más importantes del vacío y la desazón de la ilusión no concretada, es justamente la falta de la misma. Simplemente que cuando logramos el cometido una alegría reemplaza a la otra. La alegría de lo realizado viene a reemplazar la alegría de sentirse ilusionado.
Distinto es, amigo, cuando viene la frustración a reemplazar a la ilusión. Entonces nos sentimos solos. Entonces la pelotita no entro. Te dijo que no. Cualquier cosa te llamamos. Te esperamos en la próxima instancia evaluatoria. Y te habías jurado lograrlo. Y no pudiste.
Pero así como tocas fondo, apoyas el pie y volvés a salir a flote. En busca de una nueva ilusión. Que en alguna ocasión, como a todos, va a convertirse en realidad. Y ahí. Cuando atajes el penal. Cuando te digan que promocionaste la materia, cuando le estampes la boca de un beso. Cuando vuelvas con el laburo, cuando hagas el gol, ahí, cuando la pelota se hunda en lo más profundo del ángulo de la red, recordá que hay otros tantos peces ilusionados y frustrados en el mar. Tantas promesas incumplidas.

Acordate que existen, y escribiles unas líneas que, ojalá que no, pero probablemente - de eso se trata este juego - en algún momento te va a venir bien leerlas a vos mismo.

lunes, 7 de agosto de 2017

Lucha Armada

Cuchara, cuchara, tenedor, cucharita, tenedor, cucharita, espátula-tenedor-cuchara. ¿Qué hace el abrelatas ahí? ¿Dónde están los cuchillos?
Se pone nervioso Juan. Empieza a revolver el cajón con su mano a un ritmo similar al que un nene hurga en los restos de una piñata alguna golosina desprovista de dueño. No encuentra lo que busca Juan. No está. Se gana algún pinchazo de un tenedor Juan. Esto tiene filo, podría ser. Cuchilla de carnicería. Casi lo mismo, pero no, es demasiado grande, no sirve para untar mermelada. Siente una gota recorrer su frente Juan. Se le nubla la vista. Respira hondo. Se queda mirando fijamente un fósforo quemado del mismo modo en el cual se había quedado mirando la pantufla un rato antes al despertarse. No lo puede concebir Juan. Escucha la voz de Lola:

-          ¡Dale gordo, para hoy te lo pedí!

Dale gordo. Para hoy. Que le pasa, piensa Juan. Gordo. Ese apodo de snob que usa su novia en el entrecasa y no puede tolerar. Piensa que no le molestaría que le dijese amor, cuchi cuchi, bichito. Pero gordo. Es imposible no imaginarse el gordo sin la papa en la boca, piensa Juan. La ama, siente Juan, pero no puede ser que le ponga presión hasta en esto. Porque a ella nunca le pasó esto, seguramente. Nunca vivió esta tragedia que esta soportando él en carne propia. Nunca intentó algo tan fácil y predecible y resultó siendo un cometido tan difícil de lograr, dice Juan. Lanza un insulto al aire, Juan. Ahí voy, se dice para adentro.
Otra gota le cae por la frente. Las axilas le recuerdan que ya es diciembre. Se tiene que bañar Juan. Se tiene que ir al acto de la hermanita de fin de año. Pero a este ritmo no llega. Es una cuestión estadística. Si en treinta segundos, encontré cero cuchillos, en diez horas voy a encontrar cero. Cero multiplicado por lo que sea, da cero. Regla de tres simple, calcula Juan.
Finalmente encuentra el bendito coso (aún no sabe como se le llama) parecido a un cuchillo pero sin filo para untar. ¿Untador?, se pregunta Juan. No importa. Lo tira en el mar de tenedores. Ahora es personal, fue a buscar un cuchillo y va a salir de la cocina con ese bendito cuchillo en la mano, victorioso y con mirada sobradora fija en los ojos de su novia. Porque no lo ayuda ella, ni siquiera en esto. Siente que le toma examen todo el tiempo. Está feliz con su relación pero la convivencia es otra cosa, es otra cosa duda Juan.
Y nadie quiere pensar en él, un pobre indefenso frente a ese ejército de utensilios de acero poco inoxidable que resguardan los benditos cuchillos al mejor estilo griego. Siente que tiene nueve años otra vez y se ve recorriendo un montón de librerías con su madre para conseguir el color de cartulina que necesitaba para el trabajo práctico de plástica. Se siente en ese final de su carrera donde la elección múltiple no ofrecía ninguna opción apetecible para su conocimiento adquirido después de dos semanas de encierro que le habían otorgado cierta seguridad al momento de ir a rendir. A propósito, no se acuerda cómo fue que llego a estudiar derecho. Se lo pregunta y repregunta y parece adivinar que nunca fue lo que quiso. Siente que el no tiene que estar ahí, el tiene que estar cumpliendo su sueño de dedicarse a recorrer escuelas rurales enseñando a hablar el lenguaje mudo por todo el país, y no encerrado en las cuatro paredes de un buffet de abogados del microcentro. Siente que el único buffet que reconoce como propio es el de All Boys, el club de su barrio, de sus amores, y que su futuro tiene más futuro allí y no en la corte. Que la suprema que mas le gusta es la napolitana que hace su tía Betty. Siente que esa mermelada dietética con gusto a mierda que esta por untar – si el destino y el arsenal de cucharas que tiene frente a sus ojos se lo permite – no es la que más le gusta, que el higo no es sabor favorito, que quiere la de frutilla y nada de bajas calorías.  Bien engrodante para él. Tiene ganas de mandar a la mierda a su viejo Juan, por haberle roto tanto las pelotas para que compre ese departamento en la zona más ruidosa de la ciudad porque era redituable “a nivel inmobiliario” y alquilarse ese hermoso PH en Versalles. Tiene ganas de tirar la cama matrimonial por la ventana Juan. Eso, de tirarla, de comprarse una de una plaza porque en su vida hay lugar para él sólo, y más en su cama. Tiene ganas de dejar a Lola, Juan.  Piensa en Florencia, tiene ganas de volver corriendo a buscarla.
Calmate, se intenta tranquilizar Juan. Ya va a haber tiempo para replantearse algunas cuestiones, hoy es momento de compartir la alegría de Mili, su hermanita, que egresa del jardín. Y además mejor estar de buen genio que después vamos a almorzar todos juntos. A un restaurant en Puerto Madero, se vuelve a enfurecer Juan. ¿Quién eligió ese lugar? Inconcebible. Una nena de 5 años no disfruta ahí. Eso es para los grandes, y no para todos. Tiene ganas de agarrar a su hermanita a upa y llevarsela a comer una cajita feliz al Mc Donald’s más cercano que encuentre. Y tiene ganas de no regalarle la tablet que le compró para la inminente navidad. Tiene ganas de regalarle el elástico que el sentía que le iba a gustar y no darle bola a opiniones ajenas. Aunque no le guste, murmura, y se le cae otra gota por la frente a Juan. Rojo de ira y de impotencia, siente la voz de su novia en la oreja, que pasando un brazo por al lado suyo en dirección al cajón y sacando un cuchillo del mismo le dice:

-          Acá hay uno, gordo. ¿Vamos a desayunar?


Entropía, bendita entropía, todo vuelve a la normalidad.

jueves, 8 de junio de 2017

La Gazzetta

En su ritual de todas las mañanas, Giovanni, el único pelado sobre la tierra que afirmaba que su calvicie lo protegía del frío, se dirigía una vez más a lo de Báez, su diariero amigo de la calle Juramento a buscar el diario deportivo.
-  Junio, 6 grados bajo cero y vos en sweatercito, no tenés arreglo viejo – dijo Báez, encendiendo su cigarrillo – te vas a quedar congelado como Walt Disney un día de estos che.
-  Dejame de joder, ya te dije que a mi no me entra una bala. Sabes las heridas que tengo, mira si un poquito de frio me va a hacer algo, tengo la piel dura.
-  Dura tenés la cabeza. Ah, por cierto, feliz día.
7 de junio era. Día del periodista. El pasado en dicha profesión de Giovanni era poco claro, no obstante, era un tema bastante recurrente en sus recorridas matinales. Se puso serio, seco.
-  No, ya no. Ya te dije que eso es cosa del pasado. Y viste como es, che, ya no lo siento. En algún momento de mi vida fue mi ilusión, en otro un proyecto, hasta alguna vez fue un recuerdo. Hoy ya no es… como decirlo. Hoy ya no es, creo que así está bien.
-  Todos los 7 de junio lo mismo. Vas a empezar otra vez con la historieta.
Giovanni sonrió:
-  Pero, che! ¿Para qué me lo decís? ¿Sabés que creo que estás esperando escucharla?
-  No, otra vez no.
-  No le encuentro otro sentido. Porque vos no podés entender como se dieron las cosas, si no estuviste ahí. Apenas conocés un pedacito de la historia.
-  Y ahí vamos otra vez…
En ese preciso instante, se acercaba un hombre de traje y maletín consultando por el matutino. Giovanni continuó ensimismado en su mundo, un tipo de costumbre,  se sentó en el banquito blanco de plástico que siempre estaba en la entrada del puesto.
-  Miri era una mina especial. Con ella surgió todo. Todos los jueves nos juntábamos y salían solas las publicaciones. Nunca quisimos crear El Diario, surgió como algo impostergable e indefinible. Fue algo tan fugaz como mágico. Teníamos todo, menos primicias. Era un… ¿cómo los llaman ahora? ¿Magazine? Bueno, como sea. Publicábamos cualquier cosa. Lo más jugoso era todo lo que no publicábamos. Como nos reíamos che. La pasábamos bien haciéndolo. En realidad no lo hacíamos, lo vivíamos y bueno, nada, viste como es. Había que plasmarlo en algún lado. Si, perdíamos plata. Pero ganábamos risas.
“Después ahí enseguida apareció Rosa. Le daba el toque esotérico. Le agregaba color. Hacia sentir bien al cajetilla, al hippie, al drogadicto, al alcohólico. Unificaba criterios, no sabés para donde podía disparar Rosa. Yo nunca le terminé de sacar la ficha. Pero éramos dinamita che. El único semanario de la historia que se llamaba Diario. Todos los jueves nos juntábamos, ¿te dije, no? Ese mismo día lo publicábamos. Como no teníamos propaganda, la empezamos a inventar. Inventábamos productos que se vendían. Una maravilla. Para que sea más creíble para el público. Bueno, en realidad no era un Diario que tenía mucha tirada. No salía mucho a la venta, ni lo leía mucha gente. No era nuestra ocupación principal ni la que nos daba de morfar. Ninguno de los tres esperaba algo más del Diario que hacerlo en si. Es más, a veces  nos veíamos otro día de la semana para intentar idear cosas nuevas. Alguna foto de alguna edición te digo que todavía la veo y me da nostalgia. “
“El tema es cuando vino el Alemán. Vino con ideas nuevas, vino a buscar algo, todavía no entiendo bien qué carajo fue lo que vino a buscar. Pero creo que se lo llevó. No sé. Ideas nuevas, revolucionarias, para que tenga mas tirada, para que tenga mas llegada, para que la pasemos mejor. No se podía pasarla mejor amigo. No sé por que lo traje en realidad, sentía que mis compañeras pensaban que podía sumar. De hecho intentamos traer a otro pero era demasiado pescado, ¿viste?. Tanta idea nueva, tanta innovación que empezamos a perdernos ideas del otro, que las conversaciones paralelas, que podríamos hacer esto o aquello, que tanto, ¡che!”
“No duro mucho, por eso te digo. Habrán sido ocho, nueve meses, menos de un año seguro. Empecé a percibir que la magia se estaba acabando. Entonces les dije a Miri y al Alemán, tenían que hacer algo juntos, encarar un proyecto aparte, podían andar bien. La Rosa no estaba en sintonía con nosotros, medio que hacía la suya y empezó a aparecer cuando se le cantaba la gana. La cagada de todo fue que yo sabía que se iba a pudrir, lo presentí el día que vino el Alemán por primera vez y nos reunimos en esa terraza. No se como, pero se dejo de tirar. En realidad lo dejamos de hacer nomás, nunca se tiraba El Diario viste. “
“Me hicieron caso Miri y el Alemán, parece que ahora pusieron una revista para chicos. Ojalá les vaya bien, hace ya bastante que no tengo mucha más noticia de ellos que esa. Rosa no sé, le interesaba el asunto del periodismo pero quería prepararse con tiempo. No siguió nuestro ritmo pero parece que quiere arrancar algo. Una tipa académica. Estaba de pasante en el lugar que laburaba yo hasta hace algún tiempo. ¿Qué si la veía? Poco y nada. Hola y chau como máximo llegamos a intercambiar. Creo que no elaboré bien el duelo del Diario, tengo esa sensación. Pero ellas para mi eran el Diario o no eran nada. Semanario, bueno, como quieras. Mirá si un día estoy contando esto –raro igual, no lo cuento mucho, no me gusta hablar del tema – y me escuchan. Con lo orgulloso que soy, que vergüenza, che. Te decía, parece que la Rosa mantuvo un poco el contacto con los otros dos. Cosa rara, pareciera yo el problema. Ellos no quisieron aceptar al Diario tal como era. Si quieren hacer otra cosa que le pongan otro nombre, pero la pucha, que no me la vengan con que el Diario mutaba. Si muta es otra cosa. Si una naranja se convierte en una mandarina es una mandarina, no existen las naranjas mandarinizadas. Bueno, no es un excelente ejemplo, pero me tenés que entender, tengo algunas heridas che.”
“Ah, no te conté la última, podés creer que estoy laburando con la de la competencia. Si, en este asunto de las fotos, me toca trabajar con la flaquita esa, la rubiecita de la competencia que no tragábamos. No tanto por la competencia que representaba para nosotros – no era mucha, por cierto – sino porque era algo más que hacía a nuestra esencia. Era parte del ritual che. Los martes la veíamos pasar y nos  generaba bronca. A Miri y a mí, en realidad, porque los martes nos juntábamos por temas del otro laburo, viste. Los otros dos no la conocían. Te decía, la de la competencia resultó buena calaña. Un tiempo antes que Rosa también estuvo de pasante donde andaba laburando yo, y ahora mira, la tengo acá. Es mi compañera. Como me gustaría contarle esto a Miri pero ya no la veo viste. Esta muy metida con el Alemán en eso de los nenes. “
”Parece que ahí donde escribíamos el Diario hicieron un loquero. No sé, a mi me cuesta creerlo pero una compañera del laburo anterior mío – antes que arranqué con esto de la fotografía, no sé si te conté, che – parece que terminó ahí. Nunca había sido muy normalita igual. Yo si no lo veo no lo creo.  A propósito, ya que insistís en saludarme en mi día. ¿Vos sabés cuándo es el día del fotógrafo?”
Báez no escucho la pregunta. En realidad, Báez había estado siguiendo con su rutina, en esos momentos le cobraba un libro para colorear a una madre con la hija. Al advertir que había cesado el relato de Giovanni, intuyó que había sido con una pregunta y respondió:
-  Justo eso no sé. Que se yo, viste la vida sigue. Pasan cosas, hay que tratar de no quedarse enganchado con las cosas.
-  Si viste, pero no duelen menos por eso. Era lindo lo que teníamos armado. Y vos me venís con que el frío en la cabeza. Frío en el alma tienen todos estos, como pueden tirar por la borda todo lo que uno construye.
En estos momentos el canillita parecía haber entrado en modo piloto automático. Contestaba mirando el termo y el mate, y con más atención en el alerta de la radio que en sus propias palabras.
-  El tiempo y la vida misma corre. Estoy con clientes, Gio. No puedo darte bola todo el tiempo. Además, te dije que ibas a arrancar con lo mismo de siempre, una cagada que haya terminado así, pero superalo.
-  Sabés que pasa, esas son las cosas que pegan en la cabeza, amigo, no el frío. El asunto es sentir lo que se hace, lo que se piensa, y lo que se dice. Sino, somos todos periodistas, somos todos compañeros, somos todos amigos. Che, ando confundido, ¿qué fecha es hoy?
-  7 de junio – dijo Báez, exasperado.

-  ¿Y no me vas a decir feliz día?

martes, 30 de mayo de 2017

Simetría Invisible

Mucho se ha escrito sobre las miradas, es cierto. Pero sobre una mirada así, no creo. En realidad, será una más de tantas, pero hoy le toca.
Y le toca porque es una mirada que trasciende el tiempo, y las fotos. Es una mirada que aparece cuando no tiene que aparecer. Que sigue transmitiendo la misma transparencia que el primer día, tanto es así que tiene la capacidad de modificarse en una misma imagen. Porque en este preciso instante, transmitís aquello que sentís ahora, y no aquello que sentiste en ese momento en que el tiempo se detuvo. Ese destello de versatilidad que te asignó el destino será lo que te vuelve tan especial.
No, no está quedando claro. Muchas miradas tienen la capacidad de decir cosas. De transmitir sentimientos, cualidades, pensamientos. Pero todas aquellas son cosas que se dicen, o usualmente se pueden decir por este maravilloso método que es fijar la vista. Pero lo que decías, mirada amiga, es todo aquello que no se puede decir por ese medio, un mensaje que nunca nadie decodificó de una de tu tipo. Iba más allá. Corrijo, va más allá, tanto más allá que hoy trascendés la distancia y el hastío.
Entonces me toca preguntarme si el asunto es la mirada o el mirado.
Fallaste, mirada, porque siempre estuviste ahí, y nunca fuiste identificada.
Fallaste, mirada, porque sin mirado no hay mirada.
Fallaste, mirada, llegaste inoportuna, llegaste tarde.
Pero lo que te hacía tan diferente, mirada, era mirar y ser mirada. En definitiva, eras una mirada receptora de otra mirada. De otra de esas raras, como la tuya, probablemente, que comunica aquello que no suele ser comunicado de este modo.
De otra mirada, que falló, porque siempre supiste que ahí estaba, pero no la identificabas.
Que falló, porque sin mirado no hay mirada.
Que falló, que llegó inoportuna, que llegó tarde.
Y llegó un día en el cual se cansaron y esas miradas se empezaron a apagar.
Y es así que fallaron, porque ambas sabían que ahí estaba la otra mirada, pero no hacían más que verse reflejadas a si mismas sin reconocer en la otra un ente ajeno, externo.
Y es así que no hubo mirados.
Y que llegaron inoportunas, tardes, recién cuando se empezaron a apagar las luces que irradiaban y en ese desvanecerse de la encandilación recíproca, lograron darse cuenta que ahí no había un espejo, sino que había otra mirada, tan parecida, y tan real como si misma.
Y así es que atraviesan toda las barreras y siguen actualizando minuto a minuto las sensaciones y sentimientos que experimentan, porque de tan parecidas e indistinguibles que eran asumimos que la oscuridad de este lado es la misma que la de aquel.
Y es que en definitiva, hoy, en plena oscuridad, mirada, te volvés apreciable y llegas a destino, aunque tan solo como un recuerdo de aquello que fuiste, porque ya no estás ahí, porque ya no sos mirada ni mirada.

domingo, 28 de mayo de 2017

Ella y Camarada.

Armábamos la cama, y fue la primera de las noches en esas últimas semanas dónde no me propuse soñar con Ella. Habrá sido el encanto del vivo y directo, habrá sido que lo sentía una traición hacia mi Camarada que mientras tanto me ayudaba con los preparativos para el pernocte. No me lo propuse, no lo necesitaba, y probablemente no lo quería. Esa noche no.

Las últimas dos horas nos habíamos pasado filosofando con el Camarada acerca de increíbles supuestos. El sujeto tácito más tácito que nunca, y yo que no podía explicitar mis sentimientos por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, necesitaba su ayuda. No solo su aprobación, su visto bueno. Lo mas molesto de la situación era no poder contar con su consejo. Porque, ustedes comprenderán, todos tenemos esa persona con la cual compartimos más que un mate, una anécdota, una amistad. Mi persona era el Camarada, teníamos una conexión especial y nos sentíamos unidos por sentimientos y experiencias similares en muchas situaciones, sobre todo en aquellas en cuanto al amor se refieren.

Y mi principal traición era no poder compartirlos con él.

El asunto me estaba costando una traición. Una traición a mi mismo, una traición al Camarada. No había nada de traición en el amor, en el alce de la frecuencia cardíaca cada vez que tenía noticias de Ella, cada vez que la mencionaban. No tiene nada de malo. No recurro a esa palabra, porque realmente no me creo un traidor. Para nosotros el Amor no era cosa de todos los días. Transitábamos nuestro vuelo a través de nuestra juventud con mucho paisaje, por lo demás tranquilo en cuanto a turbulencias, y alguna que otra escala importante. Pero las bellezas que nos ofrecía el cielo no nos llamaban mucho la atención, y más de una de nuestras charlas de compañeros de asiento con el Camarada, trataban de explicar eso, de encontrar un paisaje que amerite nuestro detenimiento.

Es por ello que hablo de traición, yo me había detenido, había encontrado un horizonte en el cual consideraba que en primera instancia valía la pena enfocarse, y no lo podía compartir. En ello radicaba mi traición, insisto. No volveré a usar esa palabra en el resto de mi relato.

Ni los consejos ni las palabras del Camarada eran indispensables. Simplemente me hacían sentir menos solo en el viaje. En ese punto es donde se volvían importantes. No creo en las cosas indispensables, por eso digo que no lo eran. Porque en realidad, eran algo bastante cercano a eso, si se quiere. Fue por eso que aquella noche, luego de despedirla, cuando Ella decidió que se bajaba el telón de otra de nuestras (nuestras) funciones, intenté hallar el consejo, las palabras, intenté compartir mi situación con el Camarada. Claro que ponerle nombre a la cuestión no era una opción, pero mi incontinencia no me permitía no compartir nada con el. Tenía que hacerlo. Se lo merecía, nos lo merecíamos. Fueron dos horas en las cuales intenté ser explícito lo más implícitamente posible. No se si habrá llegado mi mensaje, tuve la teoría que él se hallaba en una etapa de hibernación parecida a aquella en la cual descansé los meses anteriores, a esas horas donde finalmente concluí que había encontrado un paisaje que valía la pena. Hibernación entendida como negación.

Ella. Ella era alguien completamente común y especial a la vez. Ya había aceptado yo que las personas especiales no existían, luego de bastante andar. Lo que la hacía especial era que yo la aceptaba como alguien común. Había madurado de modo tal que ya comprendía que lo distinto radicaba en el que experimenta el sentimiento y no en el sujeto destinatario del mismo. Hay una canción que dice que cuando nos enamoramos de otra persona en realidad nos estamos enamorando de nosotros mismos. Bueno, algo así era la conclusión a la cual había llegado. Yo entendía que Ella tenía un Estilo, una Impronta, un Sello Propio, pero probablemente eso era pura percepción mía y era una más de tantas mujeres. Eso la volvía especial, mi actitud de aceptarla y entenderla como alguien común que se tornaba diferente cuando tocaba las puertas de mi cabeza y de mi corazón cada vez que teníamos algún tipo de interacción. Empecé a entender que todas las personas tenían caprichos y que yo estaba dispuesto a convivir con los suyos, y que eso yo lo entendía como amor.

Mi soledad había alcanzado el punto en el cual soñar con las personas que llamaban mi atención me hacía sentir mejor. Por eso esa noche, luego de verla, y luego de mis absurdos intentos de compartir con el Camarada aquello que no podía ser contado, no tuve esa necesidad, ni ese planeamiento mental mientras buscaba las frazadas para armar la cama. No me sentía solo en mis sentimientos, al menos había realizado el esfuerzo de hacerlo partícipe a él, y sobre todas las cosas, habíamos montado un nuevo acto con Ella, esos actos de los cuales siempre él era espectador de lujo.

Ya estábamos en la habitación del Camarada, acostados en para dormir a pocos metros de distancia, cada uno en su cama, cada uno con sus percepciones de nuestro probablemente futil debate. Hacía frío, pero estaba agradable, había sido una buena noche. Cerré los ojos. En primera instancia mi preocupación mayor era poder conciliar el sueño. En mi cama dormía y descansaba, en las demás con dormir me resultaba suficiente. Entonces se presentó Ella. La veía con mis ojos cerrados, ahí, con el Camarada tan cerca nuestro. Olí su perfume a especial, mi frecuencia cardíaca se elevó como cuando la veo con los ojos abiertos, como cuando la escucho con mis oídos atentos. Estaba recostada al lado mío, dormitando, respirando el mismo aire que yo, y mis manos acariciaban su pelo. Ella se quejaba como un nene cuando la madre lo despierta para ir al colegio, aunque con un abrazo volvía a su tranquilidad anterior.

Decidí ir por un vaso de agua porque aquella noche no estaba pautado que la sueñe nuevamente. No correspondía lo que estaba pasando. Me levanté, en silencio, y tratando de no tropezar en la oscuridad de la madrugada, y me dirigí hacia la puerta. Con la mano en el picaporte escuche un quejido detrás de mí. Me di vuelta, y ahí estaba ella, tan blanca, en el mismo lugar que reposaba yo hasta hacía instantes, acostada en mi misma cama con una paz que nunca hasta entonces había notado en su silueta. Confundido, termine de abrir la puerta. Y ahí estaba, el Camarada, en la puerta de su habitación, mirándome fijo a los ojos, esperando para que de una vez por todas podamos descansar.