domingo, 28 de mayo de 2017

Ella y Camarada.

Armábamos la cama, y fue la primera de las noches en esas últimas semanas dónde no me propuse soñar con Ella. Habrá sido el encanto del vivo y directo, habrá sido que lo sentía una traición hacia mi Camarada que mientras tanto me ayudaba con los preparativos para el pernocte. No me lo propuse, no lo necesitaba, y probablemente no lo quería. Esa noche no.

Las últimas dos horas nos habíamos pasado filosofando con el Camarada acerca de increíbles supuestos. El sujeto tácito más tácito que nunca, y yo que no podía explicitar mis sentimientos por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, necesitaba su ayuda. No solo su aprobación, su visto bueno. Lo mas molesto de la situación era no poder contar con su consejo. Porque, ustedes comprenderán, todos tenemos esa persona con la cual compartimos más que un mate, una anécdota, una amistad. Mi persona era el Camarada, teníamos una conexión especial y nos sentíamos unidos por sentimientos y experiencias similares en muchas situaciones, sobre todo en aquellas en cuanto al amor se refieren.

Y mi principal traición era no poder compartirlos con él.

El asunto me estaba costando una traición. Una traición a mi mismo, una traición al Camarada. No había nada de traición en el amor, en el alce de la frecuencia cardíaca cada vez que tenía noticias de Ella, cada vez que la mencionaban. No tiene nada de malo. No recurro a esa palabra, porque realmente no me creo un traidor. Para nosotros el Amor no era cosa de todos los días. Transitábamos nuestro vuelo a través de nuestra juventud con mucho paisaje, por lo demás tranquilo en cuanto a turbulencias, y alguna que otra escala importante. Pero las bellezas que nos ofrecía el cielo no nos llamaban mucho la atención, y más de una de nuestras charlas de compañeros de asiento con el Camarada, trataban de explicar eso, de encontrar un paisaje que amerite nuestro detenimiento.

Es por ello que hablo de traición, yo me había detenido, había encontrado un horizonte en el cual consideraba que en primera instancia valía la pena enfocarse, y no lo podía compartir. En ello radicaba mi traición, insisto. No volveré a usar esa palabra en el resto de mi relato.

Ni los consejos ni las palabras del Camarada eran indispensables. Simplemente me hacían sentir menos solo en el viaje. En ese punto es donde se volvían importantes. No creo en las cosas indispensables, por eso digo que no lo eran. Porque en realidad, eran algo bastante cercano a eso, si se quiere. Fue por eso que aquella noche, luego de despedirla, cuando Ella decidió que se bajaba el telón de otra de nuestras (nuestras) funciones, intenté hallar el consejo, las palabras, intenté compartir mi situación con el Camarada. Claro que ponerle nombre a la cuestión no era una opción, pero mi incontinencia no me permitía no compartir nada con el. Tenía que hacerlo. Se lo merecía, nos lo merecíamos. Fueron dos horas en las cuales intenté ser explícito lo más implícitamente posible. No se si habrá llegado mi mensaje, tuve la teoría que él se hallaba en una etapa de hibernación parecida a aquella en la cual descansé los meses anteriores, a esas horas donde finalmente concluí que había encontrado un paisaje que valía la pena. Hibernación entendida como negación.

Ella. Ella era alguien completamente común y especial a la vez. Ya había aceptado yo que las personas especiales no existían, luego de bastante andar. Lo que la hacía especial era que yo la aceptaba como alguien común. Había madurado de modo tal que ya comprendía que lo distinto radicaba en el que experimenta el sentimiento y no en el sujeto destinatario del mismo. Hay una canción que dice que cuando nos enamoramos de otra persona en realidad nos estamos enamorando de nosotros mismos. Bueno, algo así era la conclusión a la cual había llegado. Yo entendía que Ella tenía un Estilo, una Impronta, un Sello Propio, pero probablemente eso era pura percepción mía y era una más de tantas mujeres. Eso la volvía especial, mi actitud de aceptarla y entenderla como alguien común que se tornaba diferente cuando tocaba las puertas de mi cabeza y de mi corazón cada vez que teníamos algún tipo de interacción. Empecé a entender que todas las personas tenían caprichos y que yo estaba dispuesto a convivir con los suyos, y que eso yo lo entendía como amor.

Mi soledad había alcanzado el punto en el cual soñar con las personas que llamaban mi atención me hacía sentir mejor. Por eso esa noche, luego de verla, y luego de mis absurdos intentos de compartir con el Camarada aquello que no podía ser contado, no tuve esa necesidad, ni ese planeamiento mental mientras buscaba las frazadas para armar la cama. No me sentía solo en mis sentimientos, al menos había realizado el esfuerzo de hacerlo partícipe a él, y sobre todas las cosas, habíamos montado un nuevo acto con Ella, esos actos de los cuales siempre él era espectador de lujo.

Ya estábamos en la habitación del Camarada, acostados en para dormir a pocos metros de distancia, cada uno en su cama, cada uno con sus percepciones de nuestro probablemente futil debate. Hacía frío, pero estaba agradable, había sido una buena noche. Cerré los ojos. En primera instancia mi preocupación mayor era poder conciliar el sueño. En mi cama dormía y descansaba, en las demás con dormir me resultaba suficiente. Entonces se presentó Ella. La veía con mis ojos cerrados, ahí, con el Camarada tan cerca nuestro. Olí su perfume a especial, mi frecuencia cardíaca se elevó como cuando la veo con los ojos abiertos, como cuando la escucho con mis oídos atentos. Estaba recostada al lado mío, dormitando, respirando el mismo aire que yo, y mis manos acariciaban su pelo. Ella se quejaba como un nene cuando la madre lo despierta para ir al colegio, aunque con un abrazo volvía a su tranquilidad anterior.

Decidí ir por un vaso de agua porque aquella noche no estaba pautado que la sueñe nuevamente. No correspondía lo que estaba pasando. Me levanté, en silencio, y tratando de no tropezar en la oscuridad de la madrugada, y me dirigí hacia la puerta. Con la mano en el picaporte escuche un quejido detrás de mí. Me di vuelta, y ahí estaba ella, tan blanca, en el mismo lugar que reposaba yo hasta hacía instantes, acostada en mi misma cama con una paz que nunca hasta entonces había notado en su silueta. Confundido, termine de abrir la puerta. Y ahí estaba, el Camarada, en la puerta de su habitación, mirándome fijo a los ojos, esperando para que de una vez por todas podamos descansar.

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