viernes, 1 de mayo de 2020

Kilómetro 67


Entre Sourigues y Bosques el nene lanzó el avión de papel por la ventana, de una hoja de carpeta, número 3, de una marca no de las malas pero no la mejor, sin escrituras, ni ningún otro aditivo que modificase la naturaleza con la cual había sido extraida de su envoltorio, acompañada de sus 85 hermanas gemelas.
Los silencios del 1ero de Mayo son muy silenciosos. Son días que al menos la mitad de las veces, en mi caso, puedo recordar lo que hice. En general el invierno se avecina, los primeros fríos otoñales ya no son tan primerizos, y el sol a veces suele dar pelea, permitiéndonos en ocasiones, despedirnos de sus últimas caricias.
Nos ponemos, me pongo, me hago cargo, reflexivo, un poco de más, los 1eros de Mayo. Quizá sea un día donde la mayoría de la población pueda y se de el lujo de buscar en ese ladino sol las caricias que el resto del año no propinó. Probablemente sean fechas donde se completan algunos álbum de figuritas, algunas colecciones de juegos, y se empiecen otros (más en años de mundial).
La parrilla empieza a despedirse del carbon en la terraza por un tiempo.
Los trenes marchan a paso cansado los 1ero de Mayo sin que les hayan preguntado cual de ellos tenía ganas de trabajar.
El Día del Trabajador probablemente sea esa fecha donde aceptamos, finalmente, el año en el que vivimos, ya empezó.
Se cierran los primeros bimestres y los adolescentes empiezan a tener fechas de examen con mayor asiduidad, cuando asoma el final del primer trimestre.
Los contadores empiezan a asumir que estan en la vorágine con los incipientes vencimientos de declaraciones juradas.
Que decir de las vacaciones, donde hasta el más jubilado de los ahorradores ya las mira con cierta nostalgia, alla lejos, marzinas. La semana santa fue el último descanso.
El 1ero de Mayo nos renueva, nos invita a bancar la parada, a decir que nos dejemos de joder.
Por eso necesitamos este silencio, porque los universitarios empiezan a caer en la cuenta que los parciales estan a la vuelta de la esquina, los pediatras reciben sus primeras bronquiolitis.
Es el día donde todos los proyectos que teníamos para este año pasan por su primera evaluación; y luego de ella concluimos que esto si, que esto quizá, que esto no.
El 14 de febrero ya no les alcanza a los enamorados para renovar sus votos, pasaron 75 días. Cuando todos y cada uno de nosotros somos conscientes que quizá sea el último asado antes de pasar al locro, al puchero. El ventilador entro en sus vacaciones definitivas.
El 1ero de Mayo empezamos a contar el mango, hacemos números y vemos si ellos, los que deciden nuestro futuro, nos aflojaron un poco la soga en paritarias.
El 1ero de mayo empieza a relojearse el precio de la garrafa para que el invierno sea menos invierno.
El 1ero de Mayo en las ciudades turísticas sacan cuentas si la temporada los salvó, si semana santa compensó.
El 1ero de mayo no te vayas a quedar afuera de tu casa con la cerradura adentro, no corresponde.
El 1ero de mayo el que se tomo el fin de semana largo en semana santa paga las deudas con sus compañeros, y si hay algún patrón con algo de humanidad quizás quede para otra ocasión.
Probablemente por eso, hoy, 1ero de Mayo, fui a comprar algo al supermercado para mentirle un gusto al bagre, y las persianas yacían bajas. Sonreí.
Los autos van a 40, los pájaros silban bajito y los grillos se toman franco; nadie se apura un 1ero de Mayo, y es que queremos que sea eterno.
El día de los saldos, de las cuentas, de la reflexión, de los desafíos.
El día de los sueños.
El día en que los nenes tiran avioncitos de papel por la ventana de un tren cansado.


lunes, 23 de marzo de 2020

Apostillas del Enviado Oriental.



Hay un grupo de personas, que por dentro, un poco, solamente un poco, estamos sonriendo por dentro. Estos días nos sentimos mejor, estamos bien, nosotros, mientras el resto de la sociedad se encuentra aislada, inconexa, gritandole a un conjunto de bits las mismas miserias que usualmente se digieren con una pinta de cerveza y unas papas en cualquier cervecería palermitana.

Nosotros en cambio no. Lo único que perdimos, en estos días, es la posibilidad de zafar la necesidad de pensar que comer que usualmente evitamos gracias a alguna hamburguesa con nombre cool en un encuentro con amigos.

La soledad, tanto externa, pero sobre todo interior, es una respuesta adaptativa a una sociedad que te empuja a la constante necesidad de convivir, de compartir todo aquello que pasa por tu cabeza, que te ofrece medios y medios de comunicación para que no te guardes nada, para que lo des todo pero siempre y cuando respondas a ciertos parámetros estipulados como la normalidad. Lo que más compra esta sociedad de consumo infame es la necesidad de compartir.

Nosotros somos solitarios por elección, somos lo que elegimos no consumir esa necesidad de compartir y sobre todo, de trascender. Aprendemos a vivir día a día con nuestra intrascendencia la cual abrazamos con hidalguía.
Nosotros somos escépticos y nos callamos por adaptación y por respeto, preferimos no opinar, no hablar, no decir nada, para no expresar que no queremos comprar eso que tantos compran.
Es así como la soledad se vuelve elección y respuesta, dos caras de una misma moneda, la elegimos porque nos sentimos bien aca llorando mirando recuerdos que solamente nosotros sabemos que existen mientras bajamos un jugo bajo en calorías (solo 42 por vaso, increible!) y unas papitas de la propaganda del subte; pero a la vez es nuestra respuesta, nuestra respuesta ante tanta necesidad de compartir y de sugerir, nuestra solución a la pregunta de cuál carajo será la fórmula de la felicidad.
Es que en realidad no sabemos como mierda vivir, pero la diferencia es que de alguna manera convivimos con ello y ya no queremos encontrar la respuesta, simplemente, vivimos. Hacemos lo que podemos.
Otra lectura pasible de hacer es que es la respuesta que tenemos ante el miedo del fracaso de cualquier atisbo de fórmula activa que pudiésemos idear. Sea ese o no su origen, de alguna manera funciona bastante bien.
En ese camino donde todos buscan y nadie encuentra, nosotros encontramos que el encuentro es no buscar.

Lo que nos caracteriza es una persecución, un delirio paranoide, un miedo, como decía antes a ser juzgado por ese montón de ojos mirandonos, pendientes, atentos, con el dedo listo para ser levantado indicar comentarios y/o sugerencias al pie de la hoja. Quizá, como decía, este radicado en un miedo a poder hacerlo mejor, en la inseguridad de darle demasiada pelota al qué mierda dirán, pero es en este punto donde me brota la ira y me pregunto: ¿Quién esta en lo incorrecto, nosotros pensando en el qué dirán, o toda esa caterva de indignos que siempre tiene la necesidad de decir algo? Vivimos hinchados las pelotas de las sugerencias esbozadas por consejeros tan impredecibles como desconocidos.

Nos molesta la publicidad, nos molesta el marketing, no creemos en encontrar fórmulas de la felicidad; denunciamos estimulación constante, venta fraudulenta, envenenamiento silencioso. Cobramos dos contaminaciones, la ejercida directamente sobre nosotros y la otra, la que hace que los demás sean tan pelotudos que creen que tienen la fórmula de la felicidad, y para colmo de males, te la quieren dar.

Nuestra respuesta máxima, el punto más alto de nuestro modo de vivir, es el esceptisismo. Nuestro epitafio por antonomasia es el “solo sé que no se nada”. Preferimos no decir, no hacer, no opinar, nuevamente, no compartir. No sabemos que nos puede gustar mañana, vivimos en Corea del Centro, respetamos demasiado la vida y sus idas y vueltas como para creer tener la respuesta a algo, por eso procesamos, pensamos, nos ahogamos en cervezas, en atardeceres, parques, canciones viejas, llegamos a entender que sabemos poco, que terminamos queriendo poco. Nos apartamos, no queremos querer más de lo poco queremos, finalmente.

Somos escépticos, tan escépticos somos que hasta con nosotros mismos nos ponemos así, en revisión constante, ante nuestros propios ojos, y con esa mirada y evaluación interior nos alcanza, y es por eso que nos termina de fatigar, de alcanzar hasta lo más profundo de nuestras visceras la mirada ajena, porque ya tenemos la nuestra que bastante impiadosa suele ser.

Podemos jugar el juego, pero no nos interesa en realidad jugarlo con las reglas ajenas, ni con 3, ni con 5 ni con 10 gb por mes. No vinimos al mundo para discutir la subjetividad de las pasiones ajenas, y tampoco tenemos ganas ni creemos que valga la pena discutir la misma subjetividad que originan las nuestras.

Es de esperar que a veces nos entreguemos un poco, de alguna manera necesitamos descargar esas reflexiones y simular que nos adaptamos a este nuevo modo del compartir constantemente cosas que solamente nosotros podemos y sabemos sentir, demasiado personales para ser vividas en conjunto. Nos reímos de cosas que no nos causan gracia, celebramos triunfos ajenos que no compartimos, con un esbozo de sonrisa falsa, nunca con una risa verdadera, de esas que salen de adentro. También descargamos un rato todo eso que vinimos procesando durante días y horas, para poder tener lugar para volver a sacar conclusiones, algunas ya conocidas, y también para poder descubrir otras emociones que en la vorágine diaria habíamos olvidado que tenemos. Vaciamos un poco nuestro altillo.

Algunas veces, nos mandamos, porque estamos cansados, porque somos solitarios pero no podemos vivir tan solos, nos entregamos en cuerpo pero muchas más veces en alma porque es la única manera en que sabemos hacerlo, y ese balde de agua fría es lo que nos indica que no tenemos ídea como carajo vivir. Profecía autocumplida, volvemos a nuestra no respuesta, que es la mejor de todas.

Volvemos a nuestra pasividad y nos regalamos nuevamente nuestros momentos, nos sentamos a escribir, a hacer música, a escucharla, a leer, a ver una película, a correr, sin dar explicaciones; emocionamos nuestras desvergüenzas, cantamos fuerte, saltamos, miramos eso que a nadie le contaríamos que miramos.

Quizás estos días se trate de eso, del socialismo sentimental, donde nadie sabe a quien carajo mirar, donde todos miren a todos lados y a ningún lado al mismo tiempo, como siempre, como nunca, solo que ahora más desnudos sin trabajo para excusar, sexo para olvidar, taxis para escapar. Hoy seguramente estemos jugando de local.

Simplemente por eso sacamos ventaja los taciturnos, que nos sentimos igual de siempre, observados, evaluados constantemente, pero esta vez sentimos que los demás no tienen tantas ganas de levantar el dedo y que nosotros, tenemos, y por un momento pensamos que quizá siempre tuvimos, y la respuesta correcta. Y también quizá, siempre la quisimos tener. Al menos, por unos días.

lunes, 16 de marzo de 2020

Una tarde en el parque


Decidió cruzar la avenida en la esquina del hospital. El parque se ubicaba en la siguiente cuadra, y era más complicado el cruce dada la confluencia de avenidas, los colectivos doblando, etc. Era un domingo nublado, casi otoñal, el último del verano, de hecho. El sol se insinuaba de a ratos, la temperatura agradable. Su cabeza seguía evocando otros domingos, otras nubes, otro sol. Otro espacio verde. De a ratos, le daba respiro. Por momentos los recuerdos lo agobiaban, y trataba de escapar lo más rápido posible de esos recovecos, de sus cuentas pendientes, en fin, de si mismo.
Los últimos días, como nunca, constantemente se sentía estimulado a escribir. Las ideas afloraban todo el tiempo en su cabeza, percibía que en estos momentos podía generar algo que en cuanto lo releyera, le resultase digno de terceros. No se animaba. Las ultimas veces, o por su incoformismo con los resultados, o más frecuentemente, por la angustia que lo que sus dedos emanaban le generaba, las consecuencias no eran agradables. Se sentía mal. Lagrimeaba muchas veces, incluso.
Vivir con nostalgia no es facil, pensó, cuando ya restaban recorrer los ultimos metros hacia el parque. La melancolía era su compañera más presente, ocupaba en su vida un lugar que nada ni nadie había ocupado en los últimos meses. No era la primera vez que le pasaba, era la segunda. Esa redención otoñal había sido tan efectiva como efímera, y el olvido, más largo que el amor. Evaluaba todo esto en su cabeza, de alguna manera ya se estaba preescribiendo algo que en algun momento, en cuánto tomase el valor de asumirse dolido, se vería traducido en una hoja.
Fracaso es una palabra que no suele utilizar en su vida diaria, pero para consigo mismo, para con las relaciones personales, era la única que sentía se acercaba a describirlo de una manera. Por algún motivo u otro, sentía que siempre le faltaban cinco para el peso.
Este domingo, un pequeño triunfo – aquí cabría otro sinónimo que fue el primero que surgió en su cabeza pero prefiere desechar esa alternrativa - decia, consideraba un pequeño triunfo ese impetu de preparar el termo con agua caliente, cargar los libros, llevar el mate y pasar un rato, otro rato, al aire libre. Consigo mismo, en el único lugar donde encontraba con un sosiego, en las hojas de algún relato.
Le gustaban los personajes incomprendidos. Se identificaba con ellos, o al menos lo intentaba, buscaba los puntos en común en búsqueda de un autoconvencimiento que en su interior no terminaba de consolidarse. Sentirse incomprendido, de alguna manera, lo hacía sentirse menos fracasado, menos sólo, se sentía acompañado de esos personajes, de sus autores. Si el entrara en esa categoría, podría adjudicar su melancolía, su angustia constante a la incomprensión por parte de terceros, de alguna manera se libraría de sus cargos y responsabilidades. Fomaría parte de un conjunto, no fracasaría o en su defecto, no fracasaría solo
Se confundía, mientras cruzaba la calle. Estos entretejidos de responsabilidades e incomprensiones eran moneda frecuente en sus pensamientos, lo empujaban a un abismo, a una maraña de culpas y desengaños que se cancelaban entre si y le quitaban la posibilidad de expresarse, y el ánimo para hacerlo. Incluso, quizá ahí radicaba su incapacidad, de cambiar, de sanar, de salir, de crecer.
En el fondo se sentía un fracasado, no un incomprendido. Y un fracasado solo, el único.
O quizá se autopercibía un tipo con mala suerte, no un fracasado. La maraña otra vez.
O en realidad, no sabía ya lo que sentía, ni podía tampoco concebir donde mierda estaba el origen de esa tristeza contsante, de esa melancolía, que lo empujaba a crearse numerosos mundos a los cuales aferrarse. Hitos, metas, objetivos, pociones mágicas que explicarían el sentido de su existencia y lo harían sentir mejor de la noche a la mañana.
Suponía que estar caminando este domingo de fin de verano en el sendero principal del parque, con el termo en la mano, los bizcochos en la mochila, era un progreso socialmente aceptable, suponía que esto era en términos psicoanalíticos estar mejor. Quería suponer eso porque sino, sino realmente estaba cagado. Estaba hasta las manos. Esto probablemente se acercase más a su realidad...

Buscó un lugar en el pasto apropiado, lo suficientemente seco de la lluvia de los últimos días como para que su ropa no sufriera consecuencias. Fantaseaba, mientras tanto. Desde la salida de su casa, desde que el plan se empezó a tejer en su cabeza, fantaseaba con esa mierda de Hollywood donde una chica linda, paseando al perro, se le acercaría por alguna casualidad del destino y le preguntaría que estaba leyendo, le sacaría charla, y al menos por los próximos dos años (porque parte de su planificación incluyen los eventuales finales) sería su hombro y su boca, su oido y su regazo.
En esa fantasía andaba perdido, cuando una pelota chocó contra su espalda, justo cuando estaba por cebar el primer mate.

  • Ay, perdón – dijo una Rubia, no tendría más de veinticinco años. El color de su piel
combinaba demasiado bien con sus ojos, con el blanco de su remera, con su fantasía. - Franco, veni, vamos a jugar para allá, disculpame vos.

Ya no tenía diecisiete años, sabía lo que tenías que hacer. Le alcanzó la pelota al nene, devolvió una sonrisa y dijo:

  • No hay problema, tomá Fran.

Cruzaron miradas, creía estar en un sueño pero era real, como decía el protagonista de su película favorita, palabras más palabras menos, “esto es lo más real que te está pasando, pelotudo.”

  • ¿Cuántos años tenés? - le preguntó al nene, que miraba con una sonrisa, pero no entendía mucho, evidentemente.
  • Dale, decile Fran, con la mano – insistió ella.
  • ¿Tres? - insistió haciendo el gesto con los dedos.

La Rubia soltó una carcajada:

  • ¡Dale, Fran, ahora te venís a hacer el tímido! - decía ella mientras regalaba una sonrisa complice – Tres, tiene sí, perdoná que interrumpimos el mate.
  • No pasa nada, ¿querés uno? - subió la apuesta – Tomo amargo, eso sí.

Ella retrucó:
  • ¡Amargo o no lo tomo sino!

Feliz coincidencia, se dijo. La Rubia siguió:

  • ¿Qué estabas leyendo?
  • Bueno, ahora estaba leyendo a Osvaldo Bayer... tengo acá también una novela de Barón Biza, no se si lo ubicás...
  • A Bayer si, al otro no.

Pasaron los minutos, la tarde. Tomaron algunos mates. Ella le contó que el nene era su sobrino, que lo estaba cuidando por el Domingo porque la hermana tenía un compromiso laboral y aprovechaba para pasar tiempo con el. También le comentó que estudiaba psicología, que se recibía este año; que vivía cerca y que Franco, además de ser su sobrino, era su debilidad.
Le llegó el turno de averiguar a ella. Le preguntó si era de la zona, si vivir ese instante en soledad era una elección, si le gustaba pasar el tiempo así, si solía hacerlo. Desbordó y tiró el centro, ahí fue cuando él se percató de que necesitaba eso, que lo desborden, que le tiren el centro y si era posible, que también hagan el gol. La energía había empezado a disiparse. A la Rubia le había llamado la atención, le comentó, todo su ritual con el mate, con los dos libros, solo, que parecía desconectado de lo que pasaba alrededor, con mucha paz.
  • Hasta el pelotazo de Fran – se disculpó nuevamente, esbozando una sonrisa.

Pasó la tarde, el se definió como un tipo en cierto modo taciturno, le confesó que leía para sentirse menos solo.
“ Te fuiste al ataque como loco otra vez, dejaste al lateral solo en mitad de cancha por si venía la contra, al lateral gordo al borde del retiro solo contra los pibitos delanteros de tu rival en mitad de cancha”, se dijo para sus adentros, mientras evaluaba que quizás ahí radiacaba una respuesta a su angustia. “ ¿Por qué rival?” se volvió a preguntar para si mismo, no sin descartar en el momento profundizar más en el asunto. Meditó por algún momento sobre la validez de las analogías futboleras pero concluyó que le nacía ese modo para expresar lo que le pasaba y que con eso era suficiente.
Siguió entregandose, le contó que era médico, que le gustaba leer y que intentaba escribir, que quería estudiar historia... que le gustaba el periodismo pero no la profesión, que le gustaba la medicina pero no la profesión... que le hubiera gustado vivir de recomendar libros y contar las historías detrás de las historias; que estaba enganchado con Conti, con Walsh, con Dal Masetto, con Saccomanno, con Forn. Que Eco y Tabucchi eran los más grosos del mundo y que soñaba con escribir como Mairal. Definió como su momento de mayor plenitud perderse entre los puestos del parque buscando libros, descubriendo titulos, historias, incomprendidos.

Corrió la tarde, corrió Fran detrás de la pelota, las sonrisas, las miradas, se lavó el mate. Se acabaron los bizcochitos. Empezó a hacer frío, llegó el momento de la despedida. Osado como nunca, como siempre ultimamente, él le pidió el celular, argumentó que no usaba redes sociales, la invitó a tomar algo en la semana, ella le dijo que, si, que dale, obvio, que iban hablando y arreglaban. Se saludaron.

Él siguió su camino, perdido en los puestos de libros usados como siempre, pero esta vez, otra vez, su cabeza no estaba conectada ahí, estaba en estado de alerta constante y excitación, ilusionado nuevamente, su alma estaba entregado a la Rubia. Ni siquiera compró nada, no valía la pena, la compra de libros ya no tenía angustias que canalizar.

Volvió a su casa, cocinó, nervioso, ansioso, programando los proximos movimientos, planificando la próxima jugada.
Había perdido mucho el último tiempo, y entre todo lo que había perdido era su amor por el futbol, por sus colores. Que su equipo salga campeón mientras aprendía a querer, y hasta quizás a amar, no fue la mejor combinación, la asociación de ideas y vivencias había hecho estragos en su cabeza y la revancha de ver a su equipo campeón se alineó con su revancha social, amorosa. Cuando se cayó un castillo de arena automaticamente en el mundo paralelo se cayó el otro, y mientras reflexionaba en esto se preguntaba por qué mierda el castillo tenía que ser de arena, por qué no lo podía construir de cemento alguna vez.
En fin, se encontró mirando el partido de su club, no a expensas de la Rubia, sino que lo hacía porque evidentemente parte de su rehabilitación implicaba que de a poco, iba requiriendo, si bien ya pericibía que quizá irreversiblemente sin la misma emoción, seguir los resultados de su cuadro.
Comió y se encontró mirando sin gritar un gol en el último minuto. Vaya paradoja, tanto sentía que las cosas se relacionaban y que, como alguien había dicho una vez, nada era causalidad, que destacaba para sus adentros que ahora estaban ganando en el último segundo con un técnico en el banco que la campaña anterior lo había hecho sufrir dirigiendo al gran competidor, que también, como ellos hoy, ganaba todos los partidos sobre la hora. Enriedos.
Todo se daba vuelta, no solo el resultado, en esa cancha, esa ciudad que miraba en la tele, que tanto representaba para él, en el recuerdo vivido y también en lo observado. Otra ilusión, otro amor también florecían con el otoño. Recordó a su club venciendo allí, del rival haciendo lo propio, de como había vivido esa tensión de las ultimas semanas, recordó que también se estaba rehabilitando de un golpe, que también tenía otros problemas y que también se iba reponiendo. Asimismo percibió que en aquel, ya lejano, momento, el fútbol había oficiado de salvavidas, pero solo en parte, que su salvación, que su redención mejor dicho, tan definitiva en ese instante como parcial en su ontogenia, había emergido de otro lugar.
Tantas cosas rememoró mientras terminaba de cenar y veía el resumen de ese triunfo agónico, que recién en ese instante fue cuando se encontró escribiendo las últimas líneas de este cuento, se percató que había avanzado tres capitulos leyendo el libro a la tarde en el parque, vio su billetera y entendió que si, que había comprado tres libros en la feria, y cayó en la cuenta que no le había pegado en ningún momento ninguna pelota en la espalda, y que no había ninguna Rubia agendada en sus contactos.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Cura asintótica


Primer acto:

Hay dos grandes momentos en los cuales me “inspiro” para escribir este tipo de barbaridades. Uno es en la ducha. Otro es en el colectivo. De corta o de larga distancia.
No me pregunte por qué, porque simplemente no lo sé, pero juntos podremos, en una de esas, llegar a una conclusión más acabada.
Y es que, lejos de cuando era chico, bañarme me gusta. En climas gélidos como estos, o cuando me cago de calor, para refrescarme. Me dispara. Me incita a salir del baño y cruzarme a la máquina a escribir. Me concluye. Me reúne. Gracias por el hiato, señor diptongo. N, S o vocal. Estábamos bien.
El bondi me aporta ideas. Ideas inconclusas muchas veces.
Muy buena, una chica linda entra a las 8 de la mañana a una obra en construcción. Imaginarán, de mi mente no salen tales manjares. Solo los observo.
Pero el colectivo conlleva consigo un problema. En general aquel capaz de inspirar es el colectivo de ida, donde uno tiene más fuerzas y, no siempre, entusiasmo, por la jornada que se dispone a llevar adelante. Enfrentar es una mala palabra para usar, y vivir una demasiado idealista. Con tanta furia suelta, tanto grito y esa cantidad de monóxido de carbono flotando en el aire la palabra vivir es un modismo. No me quiero ir de la idea, volviendo a lo anterior, netamente me inspiro en un colectivo cuando voy. Y cuando llego, naturalmente, mis obligaciones e irresponsabilidades me lo impiden hacer. Cuando vuelvo y podría plasmarlo, este aparato ya no tiene batería.
Ve doctor, ahí vamos llegando a una primera conclusión, es como le decía licenciado, juntos lo íbamos a ir armando este asunto. En el colectivo me viene la idea, pero tiene un problema: no me permite concluirla. No puedo terminar el trabajo.
En la ducha.
En la ducha retomo esa idea, a veces. Otras no. No la menospreciemos, tiene su propio potencial inspirador la ducha. O se piensa que todas estas líneas están aportadas por la simple descarga de una SUBE? Aporta su propia cuota la ducha. Y en general, pero siempre en las duchas inspiradoras, luego puedo presentarme en el teclado y escupir.
Que estamos por esta sesión? Que pena maestro, intento que la próxima sigamos lo suficientemente inspirados para abarcar esto de la mejor manera.

Bis:

Dificultoso esto de retomar.
Mar del Plata – Montevideo en 20 minutos, doc.
Como le comentaba, evidentemente la ducha es lo que liquida la cuestión. Lo que me permite finiquitarlo. Como si el grifo me dijese “hazlo”, así, en español neutro. Y en general son duchas en mi estática, duchas en las que cuando salgo me pongo colonia y no perfume. Duchas donde me pongo el pijama y no la ropa que uso para salir a realizar mi vida allá afuera.
Concluyendo, y a riesgo de considerárseme repetitivo, la ducha tiene su pócima inspiradora, pero su fuerte es la capacidad de completar lo que falta e impulsarme a escribirlo.
Espere, espere que tenía una idea dando vueltas que la perdí, ay.
Ya me va a venir. Siguiendo con el tema, no necesariamente tiene que ser un bondi, puede ser un micro de larga distancia también. Usted comprenderá las dificultades que eso conlleva para culminar una idea. Un sentimiento, escribo sentires, no ideales. Imaginará que lo que sentí, pensé, en Dolores en Coronel Vidal ya fue. Pasó a mejor vida. Es por eso que en la ducha radica mi arte fundamental. En ella, encuentro el colectivo justo para camuflarme. 113, cartel rojo.
Será que me gusta ducharme porque me libera los poros. En realidad, también, tampoco me gusta por eso. Me saca las “cascaritas”. Soy yo con todas mis miserias, mis realidades, mis entusiasmos, mis alegrías, y ser uno, a veces, no siempre, duele. Entonces el mundo, el smog, construye esas crostas que solo una ducha es capaz de liberar. Y uno no sabe en que colectivo puede llegar a cruzársele una idea que necesite un camuflaje en otro, por caso, el 269 es un buen ejemplo.
Verá que estoy mas duro ahora. Es que venir acá, para mí, es como escribir.
Lo espontáneo, doblemente bueno. Y encontré en la ducha la respuesta. Lo espontáneo siempre sale mejor, como lo sentido en un colectivo e impuesto en una ducha. Pero cuando a lo que sentí en el colectivo, no le agrego la ducha, sale mal. Tosco. Tosco como me habrá escuchado alguna vez que vine acá en algún subte colapsado sin lugar ni para los sentimientos ni para las ideas.
Lo espontáneo, es mejor, amigo, capo, lo espontáneo resulta mejor en un ideal, justamente porque cuando lo planeamos no sale del mismo modo, justamente por esa falta de capacidad de planearlo que tenemos. Cuando queremos que algo salga como espontáneo, sale como el orto. Cuando escribimos lo que pensamos en un colectivo sin tener una ducha previa, queda feo, queda mal. No refleja lo sentido al momento de ser sentido.
Lo espontáneo nos atrae del mismo modo en que nos atraen muchas (no soy tan tremendista, ni me creo quien para afirmar que todas) cosas: porque no lo podemos tener. Lo tenemos solo cuando surge, cuando aparece, cuando se da. ¿Cómo es eso de que queremos lo que no podemos tener?
Mire que buena conclusión saque, licenciado. Debe ser porque hoy vine en un colectivo con aires curativos, de ducha. No por ser hora pico estaba lleno. Estaba vacío. Viaje sentado. Del lado de la ventana. Cortinas color bordo, y la brisa de la primer mañana primaveral golpeándome la vista. Como aislado del mundo. Sin tráfico en plena metrópolis, sin bocina en un panal de autos. Una flor en un pantano. Onda verde por la avenida.
Y cuando baje lo sentí.
Y cuando salí de la ducha, lo concluí.
Cuándo le toque el timbre, hoy, lo entendí: doctor, estoy curado.


Igualmente, por las dudas, vio, la semana que viene lo seguimos charlando.

sábado, 24 de febrero de 2018

Dos locos


Le cambió la vida a Danielito. Cuando entro la Rubia a comprar cigarrillos, le voló el bocho, diríamos en el barrio. Sus ojos verdes. Su sonrisa inocente. Se olvidaba de cobrarle ya. Y no es porque por aquellos lados no abundaran bellezas de ese estilo. Todos los días, en su jornada laboral atendiendo el kiosco frente a la facultad, desfilaban por esos 3 metros de largo por 1 metro de ancho mujeres – chicas – de todo tipo. Rubias, morochas. Altas, bajas. De barrio, chicas bien. Platudas, y de las que contaban las monedas. Nuestro muchacho, ante semejante tentación ni se inmutaba. Un tipo apuesto, Danielito. No un modelo, pero tenía lo suyo. Y tenía su novia, feliz noviazgo que llevaba más de un año, con una joven que había sido hasta hace unos meses, su compañera en el secundario. Primer año de la facultad para ambos, él se ganaba unos mangos atendiendo el negocio de un amigo de los viejos hasta la tarde, y a la noche cursaba.  En fin, no quería irme por las ramas, solo darles un pantallazo de situación. Ese día, como les contaba, Danielito – así lo llamaban en el barrio los mas añosos – ese día ya no estuvo en si mismo. Se perdió. Divagó en los pensamientos, recorrió tantas veces como pudo la cara de la rubia que había ido a comprar puchos. No era lo más recomendable para un asmático como el, pero sus pulmones necesitaban de ese aire. Recorrió su sonrisa y la soñó despierto. Estuvo perdido, dicen algunos que dio mal algunos vueltos, que la caja cerró con más diferencia de la aceptable, dicen otros que su chica lo notó cuando fueron al cine aquella noche; cuentan que estuvo en piloto automático ese día, que ese efecto perduró algún tiempo y se fue desvaneciendo con el paso de las horas. Cuenta la lámpara de su velador que esas noches le dio más trabajo que nunca, cuenta su almohada que no se quedaba quieto un segundo. Como todo – al menos hasta ahora – el efecto se fue con los últimos días cálidos que traía consigo ese Marzo tardío.

La Flaca seguía llorando cuando se disponía a subir el puente. Era Mayo, y ya no daba abasto. Se había prometido que el mismo recorrido de todos los días desde su casa hasta la facultad – puente mediante – esa tarde la iba a sanar. Le iba a permitir tomar las decisiones que debiera con más claridad, tragar saliva y afrontar lo que debiera. A saber: peleada con su mejor amiga y conviviente, la necesidad de vivir ya sola, sin ella, y los apuros económicos que eso le conllevaría. No obstante sentía ganas de arreglar las cosas, también mantenía el mismo orgullo que la había arrojado allí. En otro orden de cosas, tres parciales desaprobados en dos semanas, un trabajo que en teoría le iba a servir para su desarrollo profesional a futuro y en el cual se sentía simplemente usada, la familia en su Daireaux natal, suficientemente lejos como para no poder buscar refugio en ella, pero suficientemente cerca como para que noten que algo no andaba bien. Rendida a que sus planes no saliesen como lo pensaba, se dispuso a encender el último cigarrillo del paquete mientras culminaba la escalinata.

Danielito salió más tarde del kiosco ese jueves frío y lluvioso. Mucho trabajo, época de parciales y fotocopias para los estudiantes de la facultad. No menos representaba para él ese Mayo. Esa misma tarde debía rendir examen. Caminaba hacia su casa. Merienda rápida, ducha, repaso final y a la parada del bondi. Bueno, siendo la hora que se había hecho, ya no habría tiempo para repaso final. Ducha con suerte, y barra de cereal en el camino. Comía o merendaba algo antes de rendir por simple cábala. Finalizaba el tramo alto del puente, ya llegando a los escalones para bajarlo, como todas las tardes, cuando la vio. Otra vez la rubia. La Rubia. Cigarrillo en mano. Era ella. Chau parcial. Chau bocho. Acababa de sellarse su pasaporte al infierno en lo que a su vida académica de esa tarde refería. La ansiedad que le producían este tipo de situaciones o de ideas en su cabeza no eran de lo más oportunas. Supuso que llevaba los mismos aros que aquella vez. Lo que tampoco había cambiado era su mirada. Eso si, esta vez en vez de mostrarse sonriente y despreocupada su rostro estaba decorado por un poco de maquillaje corrido. Lágrimas.

¿Quién era aquel morochito esmirriado que la miraba con tanta atención? ¿Por qué tanto detenimiento? ¿Qué tenía él que automáticamente se había aislado completamente de los problemas que la estaban haciendo lagrimear hasta hace un instante? Lo conocía. Lo había visto alguna vez. ¿Dónde? ¿Por qué no se había acordaba de dónde? ¿Aquella otra vez - si es que había habido - le había producido lo mismo? ¿Por qué si? ¿Por qué no? La Flaca se encontró haciéndose todas esas preguntas al chocarse con una pareja de adolescentes bajando las escaleras del otro lado del puente. Pidió las disculpas del caso. Siguió caminando. Y ya no pudo dejar de pensar en él.

En blanco. Entregó en blanco Danielito. Bloqueado completamente. En otro lado. Ustedes dirán, llegó, vio que no salía nada y entregó la hoja tal como se la habían dado. No señores. Cien minutos que duraba el examen explotados segundo a segundo intentando pensar en esas preguntas, intentando concentrarse y no hubo caso. No se pudo sacar a la Rubia llorando de la cabeza.

Siempre había sido una mujer de armas tomar, pero en esta ocasión ya era tarde. Cuando decidió que tenía que hablar con él, saber quién era, pedirle ayuda para responder todas esas preguntas que carcomían su mente habían pasado ya sus buenas cuadras, ya había entrado a comprar cigarrillos al kiosco en frente a la facultad – trataba de evitar comprar ahí dados los no módicos precios, pero se había quedado sin stock, era su último recurso – ya había dado el presente en la clase incluso. A los quince minutos se volvió a la casa. Ese día no estaba presentándose lo suficientemente silvestre como para asistir a una clase de estadística. Se ducho. Intentó comer, no pudo. Intentó una siesta, no logró conciliar el sueño. Silvana, su compañera, amiga y conviviente, a pesar de su pelea, le preguntó si iba a cenar. Dijo que no. Que iba a irse a acostar directamente, que había tenido un mal día.  A intentar dormir. En vano.

La madre lo notó raro. Asumió que la jornada de examen no había sido exitosa. La novia lo fue a visitar, tal como habían acordado. También notó lo mismo. Si no hubiera sido jornada de parcial, no sabemos a que le habrían atribuido la ausencia de espíritu que mostró Danielito aquella noche. A él le vino bien la excusa del examen. Se fue a dormir más temprano de lo habitual.  Se quedó pensando en que debiera encontrar a la rubia. Cómo lo haría. Una sola respuesta: el kiosco. Algún día debiera volver a ir, los clientes solían ser de la facultad, o del barrio. No era un lugar de paso.

Necesitaba encontrarlo. Sí o sí. Y solo habría un lugar dónde podría hacerlo. El puente. Si lo había subido esa tarde, lo subiría otra vez. Los que no lo conocían, por temor, por mitos, por lo que sea, no lo subían a pie. Si él estaba subiendo el puente a pie, implicaba que lo solía hacer. O al menos que lo conocía. Con lo cual, decidió que de ahora en más sus recorridos a la facultad serían a pie y solamente a pie. Algún día lo cruzaría. Mientras, la vida seguiría. Eso suponía.

Empezó a ir al kiosco con un entusiasmo innato para un trabajo tan poco retribuyente a su autoestima. Tan ingrato. Algún comentario de fútbol con algún conocido y no mucho más. Era el único que atendía en su horario, con lo cual no podía cruzar a la facultad a ver si la encontraba. Además, él simplemente intuía que ella estudiaba allí, premisa que podía ser cierta o falsa. No, lo más seguro era esperar en el kiosco. Tampoco podía asomar mucho, y la entrada al edificio de la universidad no le quedaba en su campo visual. Sería cuestión de esperar un tiempo. O dos.

Aprovechó la flexibilidad de horarios de ciertas clases teóricas y las acomodó de tal modo que podía pasar por el puente casi todos los días en el mismo horario en el cual lo había visto aquella tarde lluviosa. Su vida prosiguió como antes: sin respuestas, sin soluciones. Todo había pasado a un segundo plano. Ahora tenía en mente un objetivo claro. Algo por lo cual esperar.

Ya no se concentraba en las clases. Ya se olvidaba de cobrar cada vez más. Su relación con su novia consitía cada vez más en peleas, más reproches de ella sin respuestas. Decidió que la carrera tendría la culpa, otra vez buen salvavidas para excusarlo de su comportamiento, y explicó en su casa que decidiría probar con otra vocación el siguiente cuatrimestre. Ya venía con dudas respecto al asunto, y todo este tema lo terminó de decidir. No fue una decisión recibida con el mayor entusiasmo de parte de sus padres, pero al menos estaba haciendo "algo", se decían. Trabajaba. Y últimamente se lo notaba realmente mal, así que le dieron su apoyo. Él, en cambio, interiormente reconocía que simplemente estaba tomando un poco de aire. Asumía el trasfondo de la cuestión. Cada día con más ansiedad llegaba y abría el kiosco. Propuso al dueño trabajar tiempo completo esos meses. Al dueño le convenía dado que era un pibe bueno, de confianza, y los distintos empleados de la tarde no habían sido de lo más eficientes. Y fue así como empezo a atenderlo tiempo completo.

Descubrió que el supermercado del otro lado del puente tenía mejores precios. Descubrió que el bar del otro lado del puente presentaba un lugar más óptimo para estudiar. Descubrió que el colectivo que la dejaba del otro lado del puente al volver de trabajar a la noche tardaba menos en venir. En fin, descubrió cuanta excusa adolescente exista para cruzar el puente. Lo llegaba a cruzar cinco o seis veces por día.

Empezó a abrir el local antes de lo pactado. Empezó a cerrarlo más tarde de lo planificado. Era una sombra en su casa. Sus amigos estaban desconcertados. No aparecía nunca en las reuniones. Pasaba la mayor parte de su tiempo en el negocio. Ya no iba caminando a trabajar – eran diez cuadras contando el puente – iba en colectivo siempre. Quería aprovechar cada segundo en ese lugar. Agrandar la brecha. Su novia se cansó. Se terminó la relación. El aducía que el trabajo le demandaba mucho pero que en ese momento era lo que le hacía bien, lo que necesitaba; y que de ese modo lograría juntar unos mangos que le permitirían solventarse los primeros meses el siguiente cuatrimestre sin la necesidad de trabajar. Así fue piloteándola, con excusas de difícil comprensión por parte de los suyos.

Invierno frío, y ella proponía ir a tomar mates a cuanto amigo o amiga le proponía verse, arriba del puente. Sí, leyeron bien, tomar mates arriba del puente. Los más fieles la siguieron al principio, pero imaginarán que tamaña locura no podía durar mucho. Menos con las temperaturas bajas que se manejaba por esos meses. En cada uno de sus cruces por el puente aminoraba la marcha. Los extendía al máximo. Iba a estudiar al puente. Decía que el paisaje y el ruido del tren que por debajo pasaba la calmaban. Ella sabía que no era así. Que simplemente, lo estaba buscando. Esperando.

Viajaba en taxi ida y vuelta al kiosco. Aducía olvidos a horas ridículas de la noche para volver a abrirlo por unos segundos. Me olvidé los lentes. El celular. Las llaves. Un libro. Lo necesito ya. Medianoche y el kiosco volvía a abrir sus puertas. Hasta que se empezó a quedar a dormir allí.

Discutió duramente con su amiga y conviviente. Decía que ya no la toleraba. Que ya no podía compartir nada con ella. Ni la comida. Ni el desayuno. Compraba algo hecho. Del otro lado del puente. Y lo iba a comer. Al puente.

No pasó mucho tiempo hasta que el dueño del kiosco habló con él para pedirle que reviera su actitud, que no sabía en que andaba le dijo, que esperaba que no fuera nada raro porque era un buen pibe, que lo conocía de chiquito. Que los vecinos le decían que a veces veían prendidas las luces a las tres de la mañana. Que el no iba a decirle nada a los viejos, que no era botón. Pero que se cuide, y que podía confiar en el. No hubo caso. Recuperó uno o dos días un ritmo más adecuado – no habitual – pero no hubo caso.

Hasta que una noche, se peleó definitivamente con su amiga, armó un bolso, y se fue a dormir a un hotel. Cerca del puente. Y cuando los números no daban, pasaba alguna noche allí arriba.

Hasta que los viejos hablaron con Tito, el propietario del comercio, y de común acuerdo decidieron que deje de trabajar allí. No rendido, empezó a caminar la cuadra de su ahora ex empleo, de esquina a esquina, todos los días.

Dormir a la intemperie en invierno no es lo más recomendable.  El puente nunca lo cuidó nadie. No era raro ver gente pernoctar allí. Dejó de ir a trabajar. Dejó de ir a la facultad. Día y noche los pasaba allá arriba. Iba a buscar los insumos indispensables para sobrevivir a las tinieblas de la llanura, y volvía a subir.

La familia de Danielito decidió pedir ayuda. Psicológica primero, y después de algunas sesiones, preguntas raras, palabrerío que solo profundizaba lo desesperante de la situación, los profesionales decidieron que su comportamiento requería intervención psiquiátrica.

Su amiga llamó a la familia. La hermana mayor y el padre vinieron personalmente dejando sus obligaciones en Daireaux, se instalaron en un departamento temporario y la intentaron llevar consigo a su ciudad natal. A vivir con ellos. No había lo qué hacer. Iba dos horas, y en cada oportunidad en que la perdían de vista, como a una nena pequeña, ella se escapaba. Siempre la encontraban en el mismo lugar. Les recomendaron que consultaran con expertos.

Se escapó de la casa varias veces, durante el día, durante la noche, desaparecía antes de ir al médico, a la psicóloga, y siempre aparecía rondando el kiosco. Los policías de la cuadra ya estaban advertidos.

No quiero aburrirlos con diagnósticos, terapias conductuales, pastillas que llegaron a su vida. A ella no le importaba tomarlas o no, en tanto pudiera irse al puente lo antes posible. Cayó enferma. El equipo que la trataba recomendó internarla, dado que su comportamiento era riesgoso para si misma, aducían. La familia era un desconcierto constante, se resignaron y lo intentaron. Se dijeron que era por un tiempo. Hasta que se estabilice. Con no se que diagnóstico psiquiátrico fue a parar la Flaca allá, no me preguntes, no entiendo mucho de eso viste. Quedaba por ahí cerca el lugar.

La familia de Danielito en cambio se había mostrado más reticente a aceptar la internación. Incluso a aceptar los nuevos fármacos que decían “daba muy buen resultado en estos casos”. Hasta que se agarró a trompadas con el nuevo empleado del kiosco. Hasta que se le hizo el loco al policía de la cuadra. Así, no pasó mucho tiempo para que se convirtiese en el nuevo interno del neuropsiquiátrico municipal que quedaba en el mismo barrio, a unas pocas calles.

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Fabián es enfermero por vocación. Empezó trabajando en la sala de internación de un hospital de agudos pero veinte años del día a día lo habían consumido. Decidió pasar a trabajar solo en la guardia de la sala. Los fines de semana. Por problemas con un compañero, y gracias a un contacto en el gremio, le habían dado el pase a la guardia del “loquero” como lo llamaba él, hacia fines del año pasado. “Puede ser que estén locos, pero están mas cuerdos en su locura que nosotros en nuestra cordura”, era su respuesta ante las clásicas preguntas que el morbo generaba en su entorno personal.

La última semana habían ingresado varios nuevos pacientes a internación y la sala estaba bastante llena. Este sábado había tenido bastante trabajo, y se disponía a cruzar el parque del hospital para ir a comprar unas golosinas. Se había antojado su compañera, y su caballerosidad lo había arrojado a la calle en busca de los placeres envasados que culminarían con los antojos de su colega.

En cuanto salió al parque, notó que no estaba solo. El rocío y las luces prendidas le impedían ver con claridad en la noche. Tardó en adaptarse al nuevo nivel de iluminación. Se tuvo que refregar los ojos para dar crédito a lo que estaba viendo. Dos de los locos nuevos, una rubia y un esmirriadito abrazados, llorando, gimiendo, esbozando palabras sobre puentes y kioscos.

lunes, 19 de febrero de 2018

Profesor Cloaca


No te quiero a vos
Viejo cuervo
Fósil andante
Profesor de alumnos sin ganas
Te desprecian
Pero no del mismo modo en que yo lo hago
Y yo
Yo los desprecio a ellos también
No sos el único privilegiado, viejo cuervo

No me muestres tus victorias
No me enseñes de tus derrotas
No las pongas en la repisa
Hay sufrimiento ahí, viejo cuervo

No te vanaglories en el dolor ajeno
No nos interesa
No me interesa
Somos distintos
Usalas vos
Digerilas, pensá en ellas
Y enseñá anónimos, viejo cuervo

No me vengas con que sos imprescindible
No me vengas con que somos mejores
Que el pasado era vasto
Que el futuro que viene es otro tanto
Pensá en hoy viejo cuervo
Qué mierda hacemos
Con tanta cosa que tenemos
Con tanta bosta que comemos

Foca sedienta, no te quiero escuchar a vos tampoco
No me innoves, no me intentes encandilar
No me interesa
No les sirve
Sos el futuro viejo cuervo
Hace ciencia
Regocijate
Sentite importante por un momento
Que ya en alma sos un viejo cuervo
Que ya solo te falta el cuerpo

Exponentes de música clásica grabada en CD trucho
Vendida al por mayor
Pierde la magia
No la queremos
Y si la queremos, la vamos a buscar al Colón
Empilchados
Bien empilchados
Pero por sobre todo
Necesitados

Denme la cumbia
Denme la cumbia bien hecha
Denme un rock a diario
Pero no se excedan
Que de ahí también nacen calvarios

Que no todos son cumbieros
Que no todos son rockeros
Que por hacer cualquier cosa
Terminan siendo, de otra especie
Pero al fin y al cabo
Viejos cuervos

sábado, 17 de febrero de 2018

Recién me picó un mosquito, era viejo


Cerraron veinte locutorios en las Antillas Holandesas. Punto. Enter, espacio.
Voy a contarte algunas cosas que pasaron este tiempo.
Cerraron veinte locutorios en las Antillas Holandesas. Leímos las segundas partes de todos los libros que alguna vez compramos sin mucha expectativa.
Mataron cien pacientes. Salvaron diez. Operaron mil. Ganaron, perdieron.
Fue el pase más caro de la historia por quince minutos. Después vino la oferta más grande de la historia.
Me lesioné y me recuperé. Me resentí de la misma lesión y también dejó una marca en mí, tampoco volví a ser el mismo.
Estás más linda, pero ella también está cambiada. Te empujan y te sacan todo lo que no sabés que no necesitás. No andes más por ahí.
Madrugaste muchas veces, y otras no volviste, de eso estamos seguros. En cambio para mí siguió siendo de día. Te estás tomando unos mates mientras lees esto. Seguro. Me pregunto que mentira andarás cebando por ahí.
Reeditamos viejos consuelos. Volvimos a grabar.
Ladran unos perros afuera, ahora mientras suenan los dedos en mi teclado.
Me puse un parripollo, lo fundí. Fui yo, no fueron ellos. Me puse un kiosco, una panchería e importé algunos teléfonos usados (como los subtes, ¿viste?) de las Antillas. No era compatible la ficha.
Secreteamos varias noches. Me enteré de muchas cosas.
Grité llorando y lloré gritando. Me emocioné y me conmoví sin motivos ni explicaciones.
Cada vez más complicado se pone. Cada vez más enroscado, cada vez más menos accesible.
Se fueron los amigos del puesto. Vino otro, lo partió.
A la esquina si le fue bien. Está llena de vida. Las luces dicen que te quieren ver aunque no te conozcan.
Instalé diez programas en el celular, en la computadora. Desinstalé doce. Los volví a instalar.
Arrastramos situaciones que no pensábamos alguna vez iríamos a arrastrar. Me reconcilié con los que ya no tengo ganas de reconciliarme.
Titubeé pensando en lo que confiaba.
Me tomé el palo varias veces, no volví todavía. El vuelo se demoró otras tantas.
Perder el último atisbo de vida exterior que aún conservo. Directo y sin revisión. Y estoy dispuesto. Quedamos nosotros. Somos los que estamos, estamos los que somos. Siempre fiel a lo que siento, no va a ser la excepción. 
Siempre el celeste y blanco del cielo va a ayudar. Siempre el paraíso me abre sus puertas, aunque se cierren otras.
Hacerla bien. Eso falta. 
Este texto ya tuvo demasiados puntos finales. No sé cuántos más tendrá, no tengo ese dato para confirmártelo en este momento. Con tilde y acento, diría el profesor.
Maestro de pocos alumnos, guía de muchos, tedio de otros. Plomero gasista matriculado, tengo tiroides y emociones. Electricista cocinero gourmet, chef taxista. Taxi driver, ¿Are you talking to me? Reparador de celulares, instalador de cartuchos, diamante en bruto, bruto demente. 
Escritor frustrado, hablo cinco idiomas y manejo solo el chino mandarín. Cuento los días y rezó que no haya obstáculos, hacer la fila, esperar. Una luz. Te dije que iba a estar. Gracias por tanto.
No fluye, no agrega. Especialista en no especializarme, master en insomnio, salvate pibe, andate a Harvard. Omití la bosta. La pelota siempre al 10, pero mirame el numero amigo, tengo la 5 y a lo sumo buen primer pase. Hasta el final del círculo central juego yo, más no.
Se rompieron setescientos sesenta y tres molinetes, se quedaron catorce ascensores, el corrector me corrigió mal doscientas veintisiete palabras. Se cortó el video cuarenta y cuatro veces.
Ciento noventa y seis minutos de espera de colectivos dedicadas a encontrarle un sentido a este yogur sin sabor, pero el 53 no me deja en Once. Entonces me dedico a disfrutar la espera.
Experiencia laboral escasamente escasa, viajé a los juegos olímpicos, comí chocolates varios, sigo debiendo apuestas y promesas. Caminé veinte cuadras, entré en una estación de servicio, el aire me hizo compañía. Le hablé a un cabello lacio que reposaba sobre una espalda. Me diste tu número de CUIT y ni siquiera era el tuyo. 
Camina el texto, sin coherencia ni cohesión. Como nosotros.
Cierro el sobre. 
Remitente: especulador nato, fotógrafo profesional con alma de mozo, administrador de tareas, solucionador de problemas.
Destinatario: 


Asterisco, punto y coma, el que no se escondió se embroma.