Mucho se ha
escrito sobre las miradas, es cierto. Pero sobre una mirada así, no creo. En
realidad, será una más de tantas, pero hoy le toca.
Y le toca
porque es una mirada que trasciende el tiempo, y las fotos. Es una mirada que
aparece cuando no tiene que aparecer. Que sigue transmitiendo la misma
transparencia que el primer día, tanto es así que tiene la capacidad de
modificarse en una misma imagen. Porque en este preciso instante, transmitís
aquello que sentís ahora, y no aquello que sentiste en ese momento en que el
tiempo se detuvo. Ese destello de versatilidad que te asignó el destino será lo
que te vuelve tan especial.
No, no está quedando claro. Muchas miradas tienen la capacidad de decir cosas. De transmitir
sentimientos, cualidades, pensamientos. Pero todas aquellas son cosas que se
dicen, o usualmente se pueden decir por este maravilloso método que es fijar la
vista. Pero lo que decías, mirada amiga, es todo aquello que no se puede decir
por ese medio, un mensaje que nunca nadie decodificó de una de tu tipo. Iba más
allá. Corrijo, va más allá, tanto más allá que hoy trascendés la distancia y el
hastío.
Entonces me
toca preguntarme si el asunto es la mirada o el mirado.
Fallaste,
mirada, porque siempre estuviste ahí, y nunca fuiste identificada.
Fallaste,
mirada, porque sin mirado no hay mirada.
Fallaste,
mirada, llegaste inoportuna, llegaste tarde.
Pero lo que
te hacía tan diferente, mirada, era mirar y ser mirada. En definitiva, eras una
mirada receptora de otra mirada. De otra de esas raras, como la tuya,
probablemente, que comunica aquello que no suele ser comunicado de este modo.
De otra
mirada, que falló, porque siempre supiste que ahí estaba, pero no la identificabas.
Que falló,
porque sin mirado no hay mirada.
Que falló,
que llegó inoportuna, que llegó tarde.
Y llegó un día en el cual se cansaron y esas miradas se empezaron a apagar.
Y es así
que fallaron, porque ambas sabían que ahí estaba la otra mirada, pero no hacían
más que verse reflejadas a si mismas sin reconocer en la otra un ente ajeno,
externo.
Y es así
que no hubo mirados.
Y que
llegaron inoportunas, tardes, recién cuando se empezaron a apagar las luces que
irradiaban y en ese desvanecerse de la encandilación recíproca, lograron darse
cuenta que ahí no había un espejo, sino que había otra mirada, tan parecida, y
tan real como si misma.
Y así es
que atraviesan toda las barreras y siguen actualizando minuto a minuto las
sensaciones y sentimientos que experimentan, porque de tan parecidas e
indistinguibles que eran asumimos que la oscuridad de este lado es la misma que
la de aquel.
Y es que en
definitiva, hoy, en plena oscuridad, mirada, te volvés apreciable y llegas a
destino, aunque tan solo como un recuerdo de aquello que fuiste, porque ya no
estás ahí, porque ya no sos mirada ni mirada.
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