miércoles, 30 de mayo de 2018

Cura asintótica


Primer acto:

Hay dos grandes momentos en los cuales me “inspiro” para escribir este tipo de barbaridades. Uno es en la ducha. Otro es en el colectivo. De corta o de larga distancia.
No me pregunte por qué, porque simplemente no lo sé, pero juntos podremos, en una de esas, llegar a una conclusión más acabada.
Y es que, lejos de cuando era chico, bañarme me gusta. En climas gélidos como estos, o cuando me cago de calor, para refrescarme. Me dispara. Me incita a salir del baño y cruzarme a la máquina a escribir. Me concluye. Me reúne. Gracias por el hiato, señor diptongo. N, S o vocal. Estábamos bien.
El bondi me aporta ideas. Ideas inconclusas muchas veces.
Muy buena, una chica linda entra a las 8 de la mañana a una obra en construcción. Imaginarán, de mi mente no salen tales manjares. Solo los observo.
Pero el colectivo conlleva consigo un problema. En general aquel capaz de inspirar es el colectivo de ida, donde uno tiene más fuerzas y, no siempre, entusiasmo, por la jornada que se dispone a llevar adelante. Enfrentar es una mala palabra para usar, y vivir una demasiado idealista. Con tanta furia suelta, tanto grito y esa cantidad de monóxido de carbono flotando en el aire la palabra vivir es un modismo. No me quiero ir de la idea, volviendo a lo anterior, netamente me inspiro en un colectivo cuando voy. Y cuando llego, naturalmente, mis obligaciones e irresponsabilidades me lo impiden hacer. Cuando vuelvo y podría plasmarlo, este aparato ya no tiene batería.
Ve doctor, ahí vamos llegando a una primera conclusión, es como le decía licenciado, juntos lo íbamos a ir armando este asunto. En el colectivo me viene la idea, pero tiene un problema: no me permite concluirla. No puedo terminar el trabajo.
En la ducha.
En la ducha retomo esa idea, a veces. Otras no. No la menospreciemos, tiene su propio potencial inspirador la ducha. O se piensa que todas estas líneas están aportadas por la simple descarga de una SUBE? Aporta su propia cuota la ducha. Y en general, pero siempre en las duchas inspiradoras, luego puedo presentarme en el teclado y escupir.
Que estamos por esta sesión? Que pena maestro, intento que la próxima sigamos lo suficientemente inspirados para abarcar esto de la mejor manera.

Bis:

Dificultoso esto de retomar.
Mar del Plata – Montevideo en 20 minutos, doc.
Como le comentaba, evidentemente la ducha es lo que liquida la cuestión. Lo que me permite finiquitarlo. Como si el grifo me dijese “hazlo”, así, en español neutro. Y en general son duchas en mi estática, duchas en las que cuando salgo me pongo colonia y no perfume. Duchas donde me pongo el pijama y no la ropa que uso para salir a realizar mi vida allá afuera.
Concluyendo, y a riesgo de considerárseme repetitivo, la ducha tiene su pócima inspiradora, pero su fuerte es la capacidad de completar lo que falta e impulsarme a escribirlo.
Espere, espere que tenía una idea dando vueltas que la perdí, ay.
Ya me va a venir. Siguiendo con el tema, no necesariamente tiene que ser un bondi, puede ser un micro de larga distancia también. Usted comprenderá las dificultades que eso conlleva para culminar una idea. Un sentimiento, escribo sentires, no ideales. Imaginará que lo que sentí, pensé, en Dolores en Coronel Vidal ya fue. Pasó a mejor vida. Es por eso que en la ducha radica mi arte fundamental. En ella, encuentro el colectivo justo para camuflarme. 113, cartel rojo.
Será que me gusta ducharme porque me libera los poros. En realidad, también, tampoco me gusta por eso. Me saca las “cascaritas”. Soy yo con todas mis miserias, mis realidades, mis entusiasmos, mis alegrías, y ser uno, a veces, no siempre, duele. Entonces el mundo, el smog, construye esas crostas que solo una ducha es capaz de liberar. Y uno no sabe en que colectivo puede llegar a cruzársele una idea que necesite un camuflaje en otro, por caso, el 269 es un buen ejemplo.
Verá que estoy mas duro ahora. Es que venir acá, para mí, es como escribir.
Lo espontáneo, doblemente bueno. Y encontré en la ducha la respuesta. Lo espontáneo siempre sale mejor, como lo sentido en un colectivo e impuesto en una ducha. Pero cuando a lo que sentí en el colectivo, no le agrego la ducha, sale mal. Tosco. Tosco como me habrá escuchado alguna vez que vine acá en algún subte colapsado sin lugar ni para los sentimientos ni para las ideas.
Lo espontáneo, es mejor, amigo, capo, lo espontáneo resulta mejor en un ideal, justamente porque cuando lo planeamos no sale del mismo modo, justamente por esa falta de capacidad de planearlo que tenemos. Cuando queremos que algo salga como espontáneo, sale como el orto. Cuando escribimos lo que pensamos en un colectivo sin tener una ducha previa, queda feo, queda mal. No refleja lo sentido al momento de ser sentido.
Lo espontáneo nos atrae del mismo modo en que nos atraen muchas (no soy tan tremendista, ni me creo quien para afirmar que todas) cosas: porque no lo podemos tener. Lo tenemos solo cuando surge, cuando aparece, cuando se da. ¿Cómo es eso de que queremos lo que no podemos tener?
Mire que buena conclusión saque, licenciado. Debe ser porque hoy vine en un colectivo con aires curativos, de ducha. No por ser hora pico estaba lleno. Estaba vacío. Viaje sentado. Del lado de la ventana. Cortinas color bordo, y la brisa de la primer mañana primaveral golpeándome la vista. Como aislado del mundo. Sin tráfico en plena metrópolis, sin bocina en un panal de autos. Una flor en un pantano. Onda verde por la avenida.
Y cuando baje lo sentí.
Y cuando salí de la ducha, lo concluí.
Cuándo le toque el timbre, hoy, lo entendí: doctor, estoy curado.


Igualmente, por las dudas, vio, la semana que viene lo seguimos charlando.