lunes, 7 de agosto de 2017

Lucha Armada

Cuchara, cuchara, tenedor, cucharita, tenedor, cucharita, espátula-tenedor-cuchara. ¿Qué hace el abrelatas ahí? ¿Dónde están los cuchillos?
Se pone nervioso Juan. Empieza a revolver el cajón con su mano a un ritmo similar al que un nene hurga en los restos de una piñata alguna golosina desprovista de dueño. No encuentra lo que busca Juan. No está. Se gana algún pinchazo de un tenedor Juan. Esto tiene filo, podría ser. Cuchilla de carnicería. Casi lo mismo, pero no, es demasiado grande, no sirve para untar mermelada. Siente una gota recorrer su frente Juan. Se le nubla la vista. Respira hondo. Se queda mirando fijamente un fósforo quemado del mismo modo en el cual se había quedado mirando la pantufla un rato antes al despertarse. No lo puede concebir Juan. Escucha la voz de Lola:

-          ¡Dale gordo, para hoy te lo pedí!

Dale gordo. Para hoy. Que le pasa, piensa Juan. Gordo. Ese apodo de snob que usa su novia en el entrecasa y no puede tolerar. Piensa que no le molestaría que le dijese amor, cuchi cuchi, bichito. Pero gordo. Es imposible no imaginarse el gordo sin la papa en la boca, piensa Juan. La ama, siente Juan, pero no puede ser que le ponga presión hasta en esto. Porque a ella nunca le pasó esto, seguramente. Nunca vivió esta tragedia que esta soportando él en carne propia. Nunca intentó algo tan fácil y predecible y resultó siendo un cometido tan difícil de lograr, dice Juan. Lanza un insulto al aire, Juan. Ahí voy, se dice para adentro.
Otra gota le cae por la frente. Las axilas le recuerdan que ya es diciembre. Se tiene que bañar Juan. Se tiene que ir al acto de la hermanita de fin de año. Pero a este ritmo no llega. Es una cuestión estadística. Si en treinta segundos, encontré cero cuchillos, en diez horas voy a encontrar cero. Cero multiplicado por lo que sea, da cero. Regla de tres simple, calcula Juan.
Finalmente encuentra el bendito coso (aún no sabe como se le llama) parecido a un cuchillo pero sin filo para untar. ¿Untador?, se pregunta Juan. No importa. Lo tira en el mar de tenedores. Ahora es personal, fue a buscar un cuchillo y va a salir de la cocina con ese bendito cuchillo en la mano, victorioso y con mirada sobradora fija en los ojos de su novia. Porque no lo ayuda ella, ni siquiera en esto. Siente que le toma examen todo el tiempo. Está feliz con su relación pero la convivencia es otra cosa, es otra cosa duda Juan.
Y nadie quiere pensar en él, un pobre indefenso frente a ese ejército de utensilios de acero poco inoxidable que resguardan los benditos cuchillos al mejor estilo griego. Siente que tiene nueve años otra vez y se ve recorriendo un montón de librerías con su madre para conseguir el color de cartulina que necesitaba para el trabajo práctico de plástica. Se siente en ese final de su carrera donde la elección múltiple no ofrecía ninguna opción apetecible para su conocimiento adquirido después de dos semanas de encierro que le habían otorgado cierta seguridad al momento de ir a rendir. A propósito, no se acuerda cómo fue que llego a estudiar derecho. Se lo pregunta y repregunta y parece adivinar que nunca fue lo que quiso. Siente que el no tiene que estar ahí, el tiene que estar cumpliendo su sueño de dedicarse a recorrer escuelas rurales enseñando a hablar el lenguaje mudo por todo el país, y no encerrado en las cuatro paredes de un buffet de abogados del microcentro. Siente que el único buffet que reconoce como propio es el de All Boys, el club de su barrio, de sus amores, y que su futuro tiene más futuro allí y no en la corte. Que la suprema que mas le gusta es la napolitana que hace su tía Betty. Siente que esa mermelada dietética con gusto a mierda que esta por untar – si el destino y el arsenal de cucharas que tiene frente a sus ojos se lo permite – no es la que más le gusta, que el higo no es sabor favorito, que quiere la de frutilla y nada de bajas calorías.  Bien engrodante para él. Tiene ganas de mandar a la mierda a su viejo Juan, por haberle roto tanto las pelotas para que compre ese departamento en la zona más ruidosa de la ciudad porque era redituable “a nivel inmobiliario” y alquilarse ese hermoso PH en Versalles. Tiene ganas de tirar la cama matrimonial por la ventana Juan. Eso, de tirarla, de comprarse una de una plaza porque en su vida hay lugar para él sólo, y más en su cama. Tiene ganas de dejar a Lola, Juan.  Piensa en Florencia, tiene ganas de volver corriendo a buscarla.
Calmate, se intenta tranquilizar Juan. Ya va a haber tiempo para replantearse algunas cuestiones, hoy es momento de compartir la alegría de Mili, su hermanita, que egresa del jardín. Y además mejor estar de buen genio que después vamos a almorzar todos juntos. A un restaurant en Puerto Madero, se vuelve a enfurecer Juan. ¿Quién eligió ese lugar? Inconcebible. Una nena de 5 años no disfruta ahí. Eso es para los grandes, y no para todos. Tiene ganas de agarrar a su hermanita a upa y llevarsela a comer una cajita feliz al Mc Donald’s más cercano que encuentre. Y tiene ganas de no regalarle la tablet que le compró para la inminente navidad. Tiene ganas de regalarle el elástico que el sentía que le iba a gustar y no darle bola a opiniones ajenas. Aunque no le guste, murmura, y se le cae otra gota por la frente a Juan. Rojo de ira y de impotencia, siente la voz de su novia en la oreja, que pasando un brazo por al lado suyo en dirección al cajón y sacando un cuchillo del mismo le dice:

-          Acá hay uno, gordo. ¿Vamos a desayunar?


Entropía, bendita entropía, todo vuelve a la normalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario