Cuchara,
cuchara, tenedor, cucharita, tenedor, cucharita, espátula-tenedor-cuchara. ¿Qué
hace el abrelatas ahí? ¿Dónde están los cuchillos?
Se pone
nervioso Juan. Empieza a revolver el cajón con su mano a un ritmo similar al
que un nene hurga en los restos de una piñata alguna golosina desprovista de
dueño. No encuentra lo que busca Juan. No está. Se gana algún pinchazo de un
tenedor Juan. Esto tiene filo, podría ser. Cuchilla de carnicería. Casi lo
mismo, pero no, es demasiado grande, no sirve para untar mermelada. Siente una
gota recorrer su frente Juan. Se le nubla la vista. Respira hondo. Se queda
mirando fijamente un fósforo quemado del mismo modo en el cual se había quedado
mirando la pantufla un rato antes al despertarse. No lo puede concebir Juan. Escucha
la voz de Lola:
-
¡Dale
gordo, para hoy te lo pedí!
Dale gordo.
Para hoy. Que le pasa, piensa Juan. Gordo. Ese apodo de snob que usa su novia
en el entrecasa y no puede tolerar. Piensa que no le molestaría que le dijese
amor, cuchi cuchi, bichito. Pero gordo. Es imposible no imaginarse el gordo sin
la papa en la boca, piensa Juan. La ama, siente Juan, pero no puede ser que le
ponga presión hasta en esto. Porque a ella nunca le pasó esto, seguramente.
Nunca vivió esta tragedia que esta soportando él en carne propia. Nunca intentó
algo tan fácil y predecible y resultó siendo un cometido tan difícil de lograr,
dice Juan. Lanza un insulto al aire, Juan. Ahí voy, se dice para adentro.
Otra gota le
cae por la frente. Las axilas le recuerdan que ya es diciembre. Se tiene que
bañar Juan. Se tiene que ir al acto de la hermanita de fin de año. Pero a este
ritmo no llega. Es una cuestión estadística. Si en treinta segundos, encontré cero
cuchillos, en diez horas voy a encontrar cero. Cero multiplicado por lo que sea,
da cero. Regla de tres simple, calcula Juan.
Finalmente
encuentra el bendito coso (aún no sabe como se le llama) parecido a un cuchillo
pero sin filo para untar. ¿Untador?, se pregunta Juan. No importa. Lo tira en
el mar de tenedores. Ahora es personal, fue a buscar un cuchillo y va a salir
de la cocina con ese bendito cuchillo en la mano, victorioso y con mirada
sobradora fija en los ojos de su novia. Porque no lo ayuda ella, ni siquiera en
esto. Siente que le toma examen todo el tiempo. Está feliz con su relación pero
la convivencia es otra cosa, es otra cosa duda Juan.
Y nadie
quiere pensar en él, un pobre indefenso frente a ese ejército de utensilios de
acero poco inoxidable que resguardan los benditos cuchillos al mejor estilo
griego. Siente que tiene nueve años otra vez y se ve recorriendo un montón de
librerías con su madre para conseguir el color de cartulina que necesitaba para
el trabajo práctico de plástica. Se siente en ese final de su carrera donde la
elección múltiple no ofrecía ninguna opción apetecible para su conocimiento
adquirido después de dos semanas de encierro que le habían otorgado cierta
seguridad al momento de ir a rendir. A propósito, no se acuerda cómo fue que llego a estudiar derecho. Se lo pregunta y repregunta y parece adivinar que nunca fue lo que quiso. Siente que el no tiene que estar ahí, el
tiene que estar cumpliendo su sueño de dedicarse a recorrer escuelas rurales
enseñando a hablar el lenguaje mudo por todo el país, y no encerrado en las
cuatro paredes de un buffet de abogados del microcentro. Siente que el único
buffet que reconoce como propio es el de All Boys, el club de su barrio, de sus
amores, y que su futuro tiene más futuro allí y no en la corte. Que la suprema
que mas le gusta es la napolitana que hace su tía Betty. Siente que esa
mermelada dietética con gusto a mierda que esta por untar – si el destino y el
arsenal de cucharas que tiene frente a sus ojos se lo permite – no es la que más
le gusta, que el higo no es sabor favorito, que quiere la de frutilla y nada de
bajas calorías. Bien engrodante para él.
Tiene ganas de mandar a la mierda a su viejo Juan, por haberle roto tanto las
pelotas para que compre ese departamento en la zona más ruidosa de la ciudad
porque era redituable “a nivel inmobiliario” y alquilarse ese hermoso PH en
Versalles. Tiene ganas de tirar la cama matrimonial por la ventana Juan. Eso,
de tirarla, de comprarse una de una plaza porque en su vida hay lugar para él
sólo, y más en su cama. Tiene ganas de dejar a Lola, Juan. Piensa en Florencia, tiene ganas de volver
corriendo a buscarla.
Calmate, se intenta tranquilizar Juan. Ya va a haber tiempo para replantearse algunas cuestiones, hoy es
momento de compartir la alegría de Mili, su hermanita, que egresa del jardín. Y
además mejor estar de buen genio que después vamos a almorzar todos juntos. A
un restaurant en Puerto Madero, se vuelve a enfurecer Juan. ¿Quién eligió ese
lugar? Inconcebible. Una nena de 5 años no disfruta ahí. Eso es para los
grandes, y no para todos. Tiene ganas de agarrar a su hermanita a upa y
llevarsela a comer una cajita feliz al Mc Donald’s más cercano que encuentre. Y
tiene ganas de no regalarle la tablet que le compró para la inminente navidad.
Tiene ganas de regalarle el elástico que el sentía que le iba a gustar y no
darle bola a opiniones ajenas. Aunque no le guste, murmura, y se le cae otra
gota por la frente a Juan. Rojo de ira y de impotencia, siente la voz de su
novia en la oreja, que pasando un brazo por al lado suyo en dirección al cajón
y sacando un cuchillo del mismo le dice:
-
Acá
hay uno, gordo. ¿Vamos a desayunar?
Entropía,
bendita entropía, todo vuelve a la normalidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario