Le cambió la vida a Danielito. Cuando entro la
Rubia a comprar cigarrillos, le voló el bocho, diríamos en el
barrio. Sus ojos verdes. Su sonrisa inocente. Se olvidaba de cobrarle ya. Y no
es porque por aquellos lados no abundaran bellezas de ese estilo. Todos los
días, en su jornada laboral atendiendo el kiosco frente a la facultad,
desfilaban por esos 3
metros de largo por 1 metro de ancho mujeres –
chicas – de todo tipo. Rubias, morochas. Altas, bajas. De barrio, chicas bien.
Platudas, y de las que contaban las monedas. Nuestro muchacho, ante semejante
tentación ni se inmutaba. Un tipo apuesto, Danielito. No un modelo, pero tenía
lo suyo. Y tenía su novia, feliz noviazgo que llevaba más de un año, con una
joven que había sido hasta hace unos meses, su compañera en el secundario.
Primer año de la facultad para ambos, él se ganaba unos mangos atendiendo el
negocio de un amigo de los viejos hasta la tarde, y a la noche cursaba. En fin, no quería irme por las ramas, solo
darles un pantallazo de situación. Ese día, como les contaba, Danielito – así
lo llamaban en el barrio los mas añosos – ese día ya no estuvo en si mismo. Se
perdió. Divagó en los pensamientos, recorrió tantas veces como pudo la cara de
la rubia que había ido a comprar puchos. No era lo más recomendable para un
asmático como el, pero sus pulmones necesitaban de ese aire. Recorrió su
sonrisa y la soñó despierto. Estuvo perdido, dicen algunos que dio mal algunos
vueltos, que la caja cerró con más diferencia de la aceptable, dicen otros que su
chica lo notó cuando fueron al cine aquella noche; cuentan que estuvo en piloto
automático ese día, que ese efecto perduró algún tiempo y se fue desvaneciendo
con el paso de las horas. Cuenta la lámpara de su velador que esas noches le dio
más trabajo que nunca, cuenta su almohada que no se quedaba quieto un segundo.
Como todo – al menos hasta ahora – el efecto se fue con los últimos días
cálidos que traía consigo ese Marzo tardío.
Danielito
salió más tarde del kiosco ese jueves frío y lluvioso. Mucho trabajo, época de
parciales y fotocopias para los estudiantes de la facultad. No menos
representaba para él ese Mayo. Esa misma tarde debía rendir examen. Caminaba
hacia su casa. Merienda rápida, ducha, repaso final y a la parada del bondi.
Bueno, siendo la hora que se había hecho, ya no habría tiempo para repaso
final. Ducha con suerte, y barra de cereal en el camino. Comía o merendaba algo
antes de rendir por simple cábala. Finalizaba el tramo alto del puente, ya
llegando a los escalones para bajarlo, como todas las tardes,
cuando la vio. Otra vez la rubia. La Rubia. Cigarrillo en mano. Era ella. Chau parcial.
Chau bocho. Acababa de sellarse su pasaporte al infierno en lo que a su vida
académica de esa tarde refería. La ansiedad que le producían este tipo de
situaciones o de ideas en su cabeza no eran de lo más oportunas. Supuso que
llevaba los mismos aros que aquella vez. Lo que tampoco había cambiado era su
mirada. Eso si, esta vez en vez de mostrarse sonriente y despreocupada su rostro estaba
decorado por un poco de maquillaje corrido. Lágrimas.
¿Quién era
aquel morochito esmirriado que la miraba con tanta atención? ¿Por qué tanto
detenimiento? ¿Qué tenía él que automáticamente se había aislado completamente
de los problemas que la estaban haciendo lagrimear hasta hace un instante? Lo
conocía. Lo había visto alguna vez. ¿Dónde? ¿Por qué no se había acordaba de
dónde? ¿Aquella otra vez - si es que había habido - le había producido lo mismo? ¿Por qué si? ¿Por qué no? La Flaca
se encontró haciéndose todas esas preguntas al chocarse con una pareja de
adolescentes bajando las escaleras del otro lado del puente. Pidió las
disculpas del caso. Siguió caminando. Y ya no pudo dejar de pensar en él.
En blanco.
Entregó en blanco Danielito. Bloqueado completamente. En otro lado. Ustedes dirán,
llegó, vio que no salía nada y entregó la hoja tal como se la habían dado.
No señores. Cien minutos que duraba el examen explotados segundo a segundo intentando pensar en esas
preguntas, intentando concentrarse y no hubo caso. No se pudo sacar a la Rubia
llorando de la cabeza.
Siempre
había sido una mujer de armas tomar, pero en esta ocasión ya era tarde. Cuando
decidió que tenía que hablar con él, saber quién era, pedirle ayuda para
responder todas esas preguntas que carcomían su mente habían pasado ya sus
buenas cuadras, ya había entrado a comprar cigarrillos al kiosco en frente a la
facultad – trataba de evitar comprar ahí dados los no módicos precios, pero se
había quedado sin stock, era su último recurso – ya había dado el presente en la clase incluso. A los
quince minutos se volvió a la casa. Ese día no estaba presentándose lo
suficientemente silvestre como para asistir a una clase de estadística. Se
ducho. Intentó comer, no pudo. Intentó una siesta, no logró conciliar el sueño.
Silvana, su compañera, amiga y conviviente, a pesar de su pelea, le preguntó si
iba a cenar. Dijo que no. Que iba a irse a acostar directamente, que había
tenido un mal día. A intentar dormir. En
vano.
La madre lo
notó raro. Asumió que la jornada de examen no había sido exitosa. La novia lo
fue a visitar, tal como habían acordado. También notó lo mismo. Si no hubiera sido jornada de parcial, no sabemos a que le habrían atribuido la ausencia de espíritu
que mostró Danielito aquella noche. A él le vino bien la excusa del examen. Se fue a
dormir más temprano de lo habitual. Se
quedó pensando en que debiera encontrar a la rubia. Cómo lo haría. Una sola
respuesta: el kiosco. Algún día debiera volver a ir, los clientes solían ser de la facultad, o del barrio. No era un lugar de paso.
Necesitaba
encontrarlo. Sí o sí. Y solo habría un lugar dónde podría hacerlo. El puente.
Si lo había subido esa tarde, lo subiría otra vez. Los que no lo conocían, por
temor, por mitos, por lo que sea, no lo subían a pie. Si él estaba subiendo el
puente a pie, implicaba que lo solía hacer. O al menos que lo conocía. Con lo
cual, decidió que de ahora en más sus recorridos a la facultad serían a pie y
solamente a pie. Algún día lo cruzaría. Mientras, la vida seguiría. Eso
suponía.
Empezó a ir
al kiosco con un entusiasmo innato para un trabajo tan poco retribuyente a su
autoestima. Tan ingrato. Algún comentario de fútbol con algún conocido y no
mucho más. Era el único que atendía en su horario, con lo cual no podía cruzar
a la facultad a ver si la encontraba. Además, él simplemente intuía que ella
estudiaba allí, premisa que podía ser cierta o falsa. No, lo más seguro era
esperar en el kiosco. Tampoco podía asomar mucho, y la entrada al edificio de
la universidad no le quedaba en su campo visual. Sería cuestión de esperar un
tiempo. O dos.
Aprovechó
la flexibilidad de horarios de ciertas clases teóricas y las acomodó de tal
modo que podía pasar por el puente casi todos los días en el mismo horario en
el cual lo había visto aquella tarde lluviosa. Su vida prosiguió como antes:
sin respuestas, sin soluciones. Todo había pasado a un segundo plano. Ahora tenía en mente un objetivo claro. Algo por lo cual esperar.
Ya no se
concentraba en las clases. Ya se olvidaba de cobrar cada vez más. Su relación
con su novia consitía cada vez más en peleas, más reproches de ella sin respuestas. Decidió
que la carrera tendría la culpa, otra vez buen salvavidas para excusarlo de su comportamiento, y explicó en su casa
que decidiría probar con otra vocación el siguiente cuatrimestre. Ya venía con dudas respecto al asunto, y todo este tema lo terminó de decidir. No fue una
decisión recibida con el mayor entusiasmo de parte de sus padres, pero al menos
estaba haciendo "algo", se decían. Trabajaba. Y últimamente se lo notaba realmente mal, así que le
dieron su apoyo. Él, en cambio, interiormente reconocía que simplemente estaba tomando un poco de aire.
Asumía el trasfondo de la cuestión. Cada día con más ansiedad llegaba y abría
el kiosco. Propuso al dueño trabajar tiempo completo esos meses. Al dueño le
convenía dado que era un pibe bueno, de confianza, y los distintos empleados de
la tarde no habían sido de lo más eficientes. Y fue así como empezo a atenderlo tiempo completo.
Descubrió
que el supermercado del otro lado del puente tenía mejores precios. Descubrió
que el bar del otro lado del puente presentaba un lugar más óptimo para
estudiar. Descubrió que el colectivo que la dejaba del otro lado del puente al
volver de trabajar a la noche tardaba menos en venir. En fin, descubrió cuanta
excusa adolescente exista para cruzar el puente. Lo llegaba a cruzar cinco o seis
veces por día.
Empezó a
abrir el local antes de lo pactado. Empezó a cerrarlo más tarde de lo
planificado. Era una sombra en su casa. Sus amigos estaban desconcertados. No aparecía nunca en las reuniones. Pasaba la mayor parte de su tiempo en el negocio. Ya no iba caminando a trabajar – eran diez cuadras
contando el puente – iba en colectivo siempre. Quería aprovechar cada segundo
en ese lugar. Agrandar la brecha. Su novia se cansó. Se terminó la relación. El
aducía que el trabajo le demandaba mucho pero que en ese momento era lo que le hacía bien, lo que necesitaba; y
que de ese modo lograría juntar unos mangos que le permitirían solventarse los
primeros meses el siguiente cuatrimestre sin la necesidad de trabajar. Así fue piloteándola, con excusas de difícil comprensión por parte de los suyos.
Invierno
frío, y ella proponía ir a tomar mates a cuanto amigo o amiga le proponía verse, arriba del puente. Sí, leyeron bien, tomar mates arriba del puente. Los más fieles la siguieron al principio, pero imaginarán
que tamaña locura no podía durar mucho. Menos con las temperaturas bajas que se manejaba por esos meses. En cada uno de sus cruces por el puente
aminoraba la marcha. Los extendía al máximo. Iba a estudiar al puente. Decía
que el paisaje y el ruido del tren que por debajo pasaba la calmaban. Ella sabía que no era así. Que simplemente, lo estaba buscando. Esperando.
Viajaba en
taxi ida y vuelta al kiosco. Aducía olvidos a horas ridículas de la noche para
volver a abrirlo por unos segundos. Me olvidé los lentes. El celular. Las
llaves. Un libro. Lo necesito ya. Medianoche y el kiosco volvía a abrir sus
puertas. Hasta que se empezó a quedar a dormir allí.
Discutió duramente con su amiga y conviviente. Decía que ya no la toleraba. Que ya no podía compartir nada con ella. Ni la comida. Ni el desayuno. Compraba algo hecho. Del otro lado del puente. Y lo iba a comer. Al puente.
No pasó
mucho tiempo hasta que el dueño del kiosco habló con él para pedirle que
reviera su actitud, que no sabía en que andaba le dijo, que esperaba que no
fuera nada raro porque era un buen pibe, que lo conocía de chiquito. Que los
vecinos le decían que a veces veían prendidas las luces a las tres de la
mañana. Que el no iba a decirle nada a los viejos, que no era botón. Pero que
se cuide, y que podía confiar en el. No hubo caso. Recuperó uno o dos días un
ritmo más adecuado – no habitual – pero no hubo caso.
Hasta que
una noche, se peleó definitivamente con su amiga, armó un bolso, y se fue a dormir a un
hotel. Cerca del puente. Y cuando los números no daban, pasaba alguna noche
allí arriba.
Hasta que
los viejos hablaron con Tito, el propietario del comercio, y de común acuerdo
decidieron que deje de trabajar allí. No rendido, empezó a caminar la cuadra de su ahora ex empleo, de esquina a esquina, todos los días.
Dormir a la
intemperie en invierno no es lo más recomendable. El puente nunca lo cuidó nadie. No era raro
ver gente pernoctar allí. Dejó de ir a trabajar. Dejó de ir a la facultad. Día
y noche los pasaba allá arriba. Iba a buscar los insumos indispensables para
sobrevivir a las tinieblas de la llanura, y volvía a subir.
La familia
de Danielito decidió pedir ayuda. Psicológica primero, y después de algunas
sesiones, preguntas raras, palabrerío que solo profundizaba lo desesperante de
la situación, los profesionales decidieron que su comportamiento requería intervención
psiquiátrica.
Su amiga
llamó a la familia. La hermana mayor y el padre vinieron personalmente dejando
sus obligaciones en Daireaux, se instalaron en un departamento temporario y la
intentaron llevar consigo a su ciudad natal. A vivir con ellos. No había lo qué hacer. Iba dos horas, y en cada oportunidad en que la perdían de vista, como a una nena pequeña, ella se escapaba. Siempre la encontraban en el mismo lugar. Les recomendaron que
consultaran con expertos.
Se escapó
de la casa varias veces, durante el día, durante la noche, desaparecía antes de
ir al médico, a la psicóloga, y siempre aparecía rondando el kiosco. Los
policías de la cuadra ya estaban advertidos.
No quiero
aburrirlos con diagnósticos, terapias conductuales, pastillas que llegaron a su
vida. A ella no le importaba tomarlas o no, en tanto pudiera irse al puente lo
antes posible. Cayó enferma. El equipo que la trataba recomendó internarla,
dado que su comportamiento era riesgoso para si misma, aducían. La familia era
un desconcierto constante, se resignaron y lo intentaron. Se dijeron que era
por un tiempo. Hasta que se estabilice. Con no se que diagnóstico psiquiátrico
fue a parar la Flaca
allá, no me preguntes, no entiendo mucho de eso viste. Quedaba por ahí cerca el
lugar.
La familia
de Danielito en cambio se había mostrado más reticente a aceptar la
internación. Incluso a aceptar los nuevos fármacos que decían “daba muy buen
resultado en estos casos”. Hasta que se agarró a trompadas con el nuevo
empleado del kiosco. Hasta que se le hizo el loco al policía de la cuadra. Así,
no pasó mucho tiempo para que se convirtiese en el nuevo interno del
neuropsiquiátrico municipal que quedaba en el mismo barrio, a unas pocas calles.
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Fabián es
enfermero por vocación. Empezó trabajando en la sala de internación de un
hospital de agudos pero veinte años del día a día lo habían consumido. Decidió
pasar a trabajar solo en la guardia de la sala. Los fines de semana. Por
problemas con un compañero, y gracias a un contacto en el gremio, le habían
dado el pase a la guardia del “loquero” como lo llamaba él, hacia fines del año
pasado. “Puede ser que estén locos, pero están mas cuerdos en su locura que
nosotros en nuestra cordura”, era su respuesta ante las clásicas preguntas que
el morbo generaba en su entorno personal.
La última
semana habían ingresado varios nuevos pacientes a internación y la sala estaba
bastante llena. Este sábado había tenido bastante trabajo, y se disponía a
cruzar el parque del hospital para ir a comprar unas golosinas. Se
había antojado su compañera, y su caballerosidad lo había arrojado a la calle en busca de los placeres envasados que culminarían con los antojos de su colega.
En cuanto
salió al parque, notó que no estaba solo. El rocío y las luces prendidas le
impedían ver con claridad en la noche. Tardó en adaptarse al nuevo nivel de iluminación. Se tuvo que refregar los ojos para dar
crédito a lo que estaba viendo. Dos de los locos nuevos, una rubia y
un esmirriadito abrazados, llorando, gimiendo, esbozando palabras sobre puentes y kioscos.