Decidió cruzar la avenida en la
esquina del hospital. El parque se ubicaba en la siguiente cuadra, y
era más complicado el cruce dada la confluencia de avenidas, los
colectivos doblando, etc. Era un domingo nublado, casi otoñal, el
último del verano, de hecho. El sol se insinuaba de a ratos, la
temperatura agradable. Su cabeza seguía evocando otros domingos,
otras nubes, otro sol. Otro espacio verde. De a ratos, le daba
respiro. Por momentos los recuerdos lo agobiaban, y trataba de
escapar lo más rápido posible de esos recovecos, de sus cuentas
pendientes, en fin, de si mismo.
Los últimos días, como nunca,
constantemente se sentía estimulado a escribir. Las ideas afloraban
todo el tiempo en su cabeza, percibía que en estos momentos podía
generar algo que en cuanto lo releyera, le resultase digno de
terceros. No se animaba. Las ultimas veces, o por su incoformismo con
los resultados, o más frecuentemente, por la angustia que lo que sus
dedos emanaban le generaba, las consecuencias no eran agradables. Se
sentía mal. Lagrimeaba muchas veces, incluso.
Vivir con nostalgia no es facil, pensó,
cuando ya restaban recorrer los ultimos metros hacia el parque. La
melancolía era su compañera más presente, ocupaba en su vida un
lugar que nada ni nadie había ocupado en los últimos meses. No era
la primera vez que le pasaba, era la segunda. Esa redención otoñal
había sido tan efectiva como efímera, y el olvido, más largo que
el amor. Evaluaba todo esto en su cabeza, de alguna manera ya se
estaba preescribiendo algo que en algun momento, en cuánto tomase el
valor de asumirse dolido, se vería traducido en una hoja.
Fracaso es una palabra que no suele
utilizar en su vida diaria, pero para consigo mismo, para con las
relaciones personales, era la única que sentía se acercaba a
describirlo de una manera. Por algún motivo u otro, sentía que
siempre le faltaban cinco para el peso.
Este domingo, un pequeño triunfo –
aquí cabría otro sinónimo que fue el primero que surgió en su
cabeza pero prefiere desechar esa alternrativa - decia, consideraba
un pequeño triunfo ese impetu de preparar el termo con agua
caliente, cargar los libros, llevar el mate y pasar un rato, otro
rato, al aire libre. Consigo mismo, en el único lugar donde
encontraba con un sosiego, en las hojas de algún relato.
Le gustaban los personajes
incomprendidos. Se identificaba con ellos, o al menos lo intentaba,
buscaba los puntos en común en búsqueda de un autoconvencimiento
que en su interior no terminaba de consolidarse. Sentirse
incomprendido, de alguna manera, lo hacía sentirse menos fracasado,
menos sólo, se sentía acompañado de esos personajes, de sus
autores. Si el entrara en esa categoría, podría adjudicar su
melancolía, su angustia constante a la incomprensión por parte de
terceros, de alguna manera se libraría de sus cargos y
responsabilidades. Fomaría parte de un conjunto, no fracasaría o en
su defecto, no fracasaría solo
Se confundía, mientras cruzaba la
calle. Estos entretejidos de responsabilidades e incomprensiones eran
moneda frecuente en sus pensamientos, lo empujaban a un abismo, a una
maraña de culpas y desengaños que se cancelaban entre si y le
quitaban la posibilidad de expresarse, y el ánimo para hacerlo.
Incluso, quizá ahí radicaba su incapacidad, de cambiar, de sanar,
de salir, de crecer.
En el fondo se sentía un fracasado, no
un incomprendido. Y un fracasado solo, el único.
O quizá se autopercibía un tipo con
mala suerte, no un fracasado. La maraña otra vez.
O en realidad, no sabía ya lo que
sentía, ni podía tampoco concebir donde mierda estaba el origen de
esa tristeza contsante, de esa melancolía, que lo empujaba a crearse
numerosos mundos a los cuales aferrarse. Hitos, metas, objetivos,
pociones mágicas que explicarían el sentido de su existencia y lo
harían sentir mejor de la noche a la mañana.
Suponía que estar caminando este
domingo de fin de verano en el sendero principal del parque, con el
termo en la mano, los bizcochos en la mochila, era un progreso
socialmente aceptable, suponía que esto era en términos
psicoanalíticos estar mejor. Quería suponer eso porque sino, sino
realmente estaba cagado. Estaba hasta las manos. Esto probablemente
se acercase más a su realidad...
Buscó un lugar
en el pasto apropiado, lo suficientemente seco de la lluvia de los
últimos días como para que su ropa no sufriera consecuencias.
Fantaseaba, mientras tanto. Desde la salida de su casa, desde que el
plan se empezó a tejer en su cabeza, fantaseaba con esa mierda de
Hollywood donde una chica linda, paseando al perro, se le acercaría
por alguna casualidad del destino y le preguntaría que estaba
leyendo, le sacaría charla, y al menos por los próximos dos años
(porque parte de su planificación incluyen los eventuales finales)
sería su hombro y su boca, su oido y su regazo.
En esa fantasía andaba perdido, cuando
una pelota chocó contra su espalda, justo cuando estaba por cebar el
primer mate.
combinaba demasiado bien con sus ojos,
con el blanco de su remera, con su fantasía. - Franco, veni, vamos a
jugar para allá, disculpame vos.
Ya no tenía diecisiete años, sabía
lo que tenías que hacer. Le alcanzó la pelota al nene, devolvió
una sonrisa y dijo:
Cruzaron miradas, creía estar en un
sueño pero era real, como decía el protagonista de su película
favorita, palabras más palabras menos, “esto es lo más real que
te está pasando, pelotudo.”
¿Cuántos años tenés? - le
preguntó al nene, que miraba con una sonrisa, pero no entendía
mucho, evidentemente.
Dale, decile Fran, con la mano –
insistió ella.
¿Tres? - insistió haciendo el
gesto con los dedos.
La Rubia soltó una carcajada:
¡Dale, Fran, ahora te venís a
hacer el tímido! - decía ella mientras regalaba una sonrisa
complice – Tres, tiene sí, perdoná que interrumpimos el mate.
No pasa nada, ¿querés uno? -
subió la apuesta – Tomo amargo, eso sí.
Ella retrucó:
Feliz coincidencia, se dijo. La Rubia
siguió:
Pasaron los minutos, la tarde. Tomaron
algunos mates. Ella le contó que el nene era su sobrino, que lo
estaba cuidando por el Domingo porque la hermana tenía un compromiso
laboral y aprovechaba para pasar tiempo con el. También le comentó
que estudiaba psicología, que se recibía este año; que vivía
cerca y que Franco, además de ser su sobrino, era su debilidad.
Le llegó el turno de averiguar a ella.
Le preguntó si era de la zona, si vivir ese instante en soledad era
una elección, si le gustaba pasar el tiempo así, si solía hacerlo.
Desbordó y tiró el centro, ahí fue cuando él se percató de que
necesitaba eso, que lo desborden, que le tiren el centro y si era
posible, que también hagan el gol. La energía había empezado a
disiparse. A la Rubia le había llamado la atención, le comentó,
todo su ritual con el mate, con los dos libros, solo, que parecía
desconectado de lo que pasaba alrededor, con mucha paz.
Pasó la tarde, el se definió como un
tipo en cierto modo taciturno, le confesó que leía para sentirse
menos solo.
“ Te fuiste al ataque como loco otra
vez, dejaste al lateral solo en mitad de cancha por si venía la
contra, al lateral gordo al borde del retiro solo contra los pibitos
delanteros de tu rival en mitad de cancha”, se dijo para sus
adentros, mientras evaluaba que quizás ahí radiacaba una respuesta
a su angustia. “ ¿Por qué rival?” se volvió a preguntar para
si mismo, no sin descartar en el momento profundizar más en el
asunto. Meditó por algún momento sobre la validez de las analogías
futboleras pero concluyó que le nacía ese modo para expresar lo que
le pasaba y que con eso era suficiente.
Siguió entregandose, le contó que era
médico, que le gustaba leer y que intentaba escribir, que quería
estudiar historia... que le gustaba el periodismo pero no la
profesión, que le gustaba la medicina pero no la profesión... que
le hubiera gustado vivir de recomendar libros y contar las historías
detrás de las historias; que estaba enganchado con Conti, con Walsh,
con Dal Masetto, con Saccomanno, con Forn. Que Eco y Tabucchi eran
los más grosos del mundo y que soñaba con escribir como Mairal.
Definió como su momento de mayor plenitud perderse entre los
puestos del parque buscando libros, descubriendo titulos, historias,
incomprendidos.
Corrió la tarde, corrió Fran detrás
de la pelota, las sonrisas, las miradas, se lavó el mate. Se
acabaron los bizcochitos. Empezó a hacer frío, llegó el momento de
la despedida. Osado como nunca, como siempre ultimamente, él le
pidió el celular, argumentó que no usaba redes sociales, la invitó
a tomar algo en la semana, ella le dijo que, si, que dale, obvio, que
iban hablando y arreglaban. Se saludaron.
Él siguió su camino, perdido en los
puestos de libros usados como siempre, pero esta vez, otra vez, su
cabeza no estaba conectada ahí, estaba en estado de alerta constante
y excitación, ilusionado nuevamente, su alma estaba entregado a la
Rubia. Ni siquiera compró nada, no valía la pena, la compra de
libros ya no tenía angustias que canalizar.
Volvió a su casa, cocinó, nervioso,
ansioso, programando los proximos movimientos, planificando la
próxima jugada.
Había perdido mucho el último tiempo,
y entre todo lo que había perdido era su amor por el futbol, por sus
colores. Que su equipo salga campeón mientras aprendía a querer, y
hasta quizás a amar, no fue la mejor combinación, la asociación de
ideas y vivencias había hecho estragos en su cabeza y la revancha de
ver a su equipo campeón se alineó con su revancha social, amorosa.
Cuando se cayó un castillo de arena automaticamente en el mundo
paralelo se cayó el otro, y mientras reflexionaba en esto se
preguntaba por qué mierda el castillo tenía que ser de arena, por
qué no lo podía construir de cemento alguna vez.
En fin, se encontró mirando el partido
de su club, no a expensas de la Rubia, sino que lo hacía porque
evidentemente parte de su rehabilitación implicaba que de a poco,
iba requiriendo, si bien ya pericibía que quizá irreversiblemente
sin la misma emoción, seguir los resultados de su cuadro.
Comió y se encontró mirando sin
gritar un gol en el último minuto. Vaya paradoja, tanto sentía que
las cosas se relacionaban y que, como alguien había dicho una vez,
nada era causalidad, que destacaba para sus adentros que ahora
estaban ganando en el último segundo con un técnico en el banco que
la campaña anterior lo había hecho sufrir dirigiendo al gran
competidor, que también, como ellos hoy, ganaba todos los partidos
sobre la hora. Enriedos.
Todo se daba vuelta, no solo el
resultado, en esa cancha, esa ciudad que miraba en la tele, que tanto
representaba para él, en el recuerdo vivido y también en lo
observado. Otra ilusión, otro amor también florecían con el otoño.
Recordó a su club venciendo allí, del rival haciendo lo propio, de
como había vivido esa tensión de las ultimas semanas, recordó que
también se estaba rehabilitando de un golpe, que también tenía
otros problemas y que también se iba reponiendo. Asimismo percibió
que en aquel, ya lejano, momento, el fútbol había oficiado de
salvavidas, pero solo en parte, que su salvación, que su redención
mejor dicho, tan definitiva en ese instante como parcial en su
ontogenia, había emergido de otro lugar.
Tantas cosas rememoró mientras
terminaba de cenar y veía el resumen de ese triunfo agónico, que
recién en ese instante fue cuando se encontró escribiendo las
últimas líneas de este cuento, se percató que había avanzado tres
capitulos leyendo el libro a la tarde en el parque, vio su billetera
y entendió que si, que había comprado tres libros en la feria, y
cayó en la cuenta que no le había pegado en ningún momento ninguna
pelota en la espalda, y que no había ninguna Rubia agendada en sus
contactos.