viernes, 1 de mayo de 2020

Kilómetro 67


Entre Sourigues y Bosques el nene lanzó el avión de papel por la ventana, de una hoja de carpeta, número 3, de una marca no de las malas pero no la mejor, sin escrituras, ni ningún otro aditivo que modificase la naturaleza con la cual había sido extraida de su envoltorio, acompañada de sus 85 hermanas gemelas.
Los silencios del 1ero de Mayo son muy silenciosos. Son días que al menos la mitad de las veces, en mi caso, puedo recordar lo que hice. En general el invierno se avecina, los primeros fríos otoñales ya no son tan primerizos, y el sol a veces suele dar pelea, permitiéndonos en ocasiones, despedirnos de sus últimas caricias.
Nos ponemos, me pongo, me hago cargo, reflexivo, un poco de más, los 1eros de Mayo. Quizá sea un día donde la mayoría de la población pueda y se de el lujo de buscar en ese ladino sol las caricias que el resto del año no propinó. Probablemente sean fechas donde se completan algunos álbum de figuritas, algunas colecciones de juegos, y se empiecen otros (más en años de mundial).
La parrilla empieza a despedirse del carbon en la terraza por un tiempo.
Los trenes marchan a paso cansado los 1ero de Mayo sin que les hayan preguntado cual de ellos tenía ganas de trabajar.
El Día del Trabajador probablemente sea esa fecha donde aceptamos, finalmente, el año en el que vivimos, ya empezó.
Se cierran los primeros bimestres y los adolescentes empiezan a tener fechas de examen con mayor asiduidad, cuando asoma el final del primer trimestre.
Los contadores empiezan a asumir que estan en la vorágine con los incipientes vencimientos de declaraciones juradas.
Que decir de las vacaciones, donde hasta el más jubilado de los ahorradores ya las mira con cierta nostalgia, alla lejos, marzinas. La semana santa fue el último descanso.
El 1ero de Mayo nos renueva, nos invita a bancar la parada, a decir que nos dejemos de joder.
Por eso necesitamos este silencio, porque los universitarios empiezan a caer en la cuenta que los parciales estan a la vuelta de la esquina, los pediatras reciben sus primeras bronquiolitis.
Es el día donde todos los proyectos que teníamos para este año pasan por su primera evaluación; y luego de ella concluimos que esto si, que esto quizá, que esto no.
El 14 de febrero ya no les alcanza a los enamorados para renovar sus votos, pasaron 75 días. Cuando todos y cada uno de nosotros somos conscientes que quizá sea el último asado antes de pasar al locro, al puchero. El ventilador entro en sus vacaciones definitivas.
El 1ero de Mayo empezamos a contar el mango, hacemos números y vemos si ellos, los que deciden nuestro futuro, nos aflojaron un poco la soga en paritarias.
El 1ero de mayo empieza a relojearse el precio de la garrafa para que el invierno sea menos invierno.
El 1ero de Mayo en las ciudades turísticas sacan cuentas si la temporada los salvó, si semana santa compensó.
El 1ero de mayo no te vayas a quedar afuera de tu casa con la cerradura adentro, no corresponde.
El 1ero de mayo el que se tomo el fin de semana largo en semana santa paga las deudas con sus compañeros, y si hay algún patrón con algo de humanidad quizás quede para otra ocasión.
Probablemente por eso, hoy, 1ero de Mayo, fui a comprar algo al supermercado para mentirle un gusto al bagre, y las persianas yacían bajas. Sonreí.
Los autos van a 40, los pájaros silban bajito y los grillos se toman franco; nadie se apura un 1ero de Mayo, y es que queremos que sea eterno.
El día de los saldos, de las cuentas, de la reflexión, de los desafíos.
El día de los sueños.
El día en que los nenes tiran avioncitos de papel por la ventana de un tren cansado.


lunes, 23 de marzo de 2020

Apostillas del Enviado Oriental.



Hay un grupo de personas, que por dentro, un poco, solamente un poco, estamos sonriendo por dentro. Estos días nos sentimos mejor, estamos bien, nosotros, mientras el resto de la sociedad se encuentra aislada, inconexa, gritandole a un conjunto de bits las mismas miserias que usualmente se digieren con una pinta de cerveza y unas papas en cualquier cervecería palermitana.

Nosotros en cambio no. Lo único que perdimos, en estos días, es la posibilidad de zafar la necesidad de pensar que comer que usualmente evitamos gracias a alguna hamburguesa con nombre cool en un encuentro con amigos.

La soledad, tanto externa, pero sobre todo interior, es una respuesta adaptativa a una sociedad que te empuja a la constante necesidad de convivir, de compartir todo aquello que pasa por tu cabeza, que te ofrece medios y medios de comunicación para que no te guardes nada, para que lo des todo pero siempre y cuando respondas a ciertos parámetros estipulados como la normalidad. Lo que más compra esta sociedad de consumo infame es la necesidad de compartir.

Nosotros somos solitarios por elección, somos lo que elegimos no consumir esa necesidad de compartir y sobre todo, de trascender. Aprendemos a vivir día a día con nuestra intrascendencia la cual abrazamos con hidalguía.
Nosotros somos escépticos y nos callamos por adaptación y por respeto, preferimos no opinar, no hablar, no decir nada, para no expresar que no queremos comprar eso que tantos compran.
Es así como la soledad se vuelve elección y respuesta, dos caras de una misma moneda, la elegimos porque nos sentimos bien aca llorando mirando recuerdos que solamente nosotros sabemos que existen mientras bajamos un jugo bajo en calorías (solo 42 por vaso, increible!) y unas papitas de la propaganda del subte; pero a la vez es nuestra respuesta, nuestra respuesta ante tanta necesidad de compartir y de sugerir, nuestra solución a la pregunta de cuál carajo será la fórmula de la felicidad.
Es que en realidad no sabemos como mierda vivir, pero la diferencia es que de alguna manera convivimos con ello y ya no queremos encontrar la respuesta, simplemente, vivimos. Hacemos lo que podemos.
Otra lectura pasible de hacer es que es la respuesta que tenemos ante el miedo del fracaso de cualquier atisbo de fórmula activa que pudiésemos idear. Sea ese o no su origen, de alguna manera funciona bastante bien.
En ese camino donde todos buscan y nadie encuentra, nosotros encontramos que el encuentro es no buscar.

Lo que nos caracteriza es una persecución, un delirio paranoide, un miedo, como decía antes a ser juzgado por ese montón de ojos mirandonos, pendientes, atentos, con el dedo listo para ser levantado indicar comentarios y/o sugerencias al pie de la hoja. Quizá, como decía, este radicado en un miedo a poder hacerlo mejor, en la inseguridad de darle demasiada pelota al qué mierda dirán, pero es en este punto donde me brota la ira y me pregunto: ¿Quién esta en lo incorrecto, nosotros pensando en el qué dirán, o toda esa caterva de indignos que siempre tiene la necesidad de decir algo? Vivimos hinchados las pelotas de las sugerencias esbozadas por consejeros tan impredecibles como desconocidos.

Nos molesta la publicidad, nos molesta el marketing, no creemos en encontrar fórmulas de la felicidad; denunciamos estimulación constante, venta fraudulenta, envenenamiento silencioso. Cobramos dos contaminaciones, la ejercida directamente sobre nosotros y la otra, la que hace que los demás sean tan pelotudos que creen que tienen la fórmula de la felicidad, y para colmo de males, te la quieren dar.

Nuestra respuesta máxima, el punto más alto de nuestro modo de vivir, es el esceptisismo. Nuestro epitafio por antonomasia es el “solo sé que no se nada”. Preferimos no decir, no hacer, no opinar, nuevamente, no compartir. No sabemos que nos puede gustar mañana, vivimos en Corea del Centro, respetamos demasiado la vida y sus idas y vueltas como para creer tener la respuesta a algo, por eso procesamos, pensamos, nos ahogamos en cervezas, en atardeceres, parques, canciones viejas, llegamos a entender que sabemos poco, que terminamos queriendo poco. Nos apartamos, no queremos querer más de lo poco queremos, finalmente.

Somos escépticos, tan escépticos somos que hasta con nosotros mismos nos ponemos así, en revisión constante, ante nuestros propios ojos, y con esa mirada y evaluación interior nos alcanza, y es por eso que nos termina de fatigar, de alcanzar hasta lo más profundo de nuestras visceras la mirada ajena, porque ya tenemos la nuestra que bastante impiadosa suele ser.

Podemos jugar el juego, pero no nos interesa en realidad jugarlo con las reglas ajenas, ni con 3, ni con 5 ni con 10 gb por mes. No vinimos al mundo para discutir la subjetividad de las pasiones ajenas, y tampoco tenemos ganas ni creemos que valga la pena discutir la misma subjetividad que originan las nuestras.

Es de esperar que a veces nos entreguemos un poco, de alguna manera necesitamos descargar esas reflexiones y simular que nos adaptamos a este nuevo modo del compartir constantemente cosas que solamente nosotros podemos y sabemos sentir, demasiado personales para ser vividas en conjunto. Nos reímos de cosas que no nos causan gracia, celebramos triunfos ajenos que no compartimos, con un esbozo de sonrisa falsa, nunca con una risa verdadera, de esas que salen de adentro. También descargamos un rato todo eso que vinimos procesando durante días y horas, para poder tener lugar para volver a sacar conclusiones, algunas ya conocidas, y también para poder descubrir otras emociones que en la vorágine diaria habíamos olvidado que tenemos. Vaciamos un poco nuestro altillo.

Algunas veces, nos mandamos, porque estamos cansados, porque somos solitarios pero no podemos vivir tan solos, nos entregamos en cuerpo pero muchas más veces en alma porque es la única manera en que sabemos hacerlo, y ese balde de agua fría es lo que nos indica que no tenemos ídea como carajo vivir. Profecía autocumplida, volvemos a nuestra no respuesta, que es la mejor de todas.

Volvemos a nuestra pasividad y nos regalamos nuevamente nuestros momentos, nos sentamos a escribir, a hacer música, a escucharla, a leer, a ver una película, a correr, sin dar explicaciones; emocionamos nuestras desvergüenzas, cantamos fuerte, saltamos, miramos eso que a nadie le contaríamos que miramos.

Quizás estos días se trate de eso, del socialismo sentimental, donde nadie sabe a quien carajo mirar, donde todos miren a todos lados y a ningún lado al mismo tiempo, como siempre, como nunca, solo que ahora más desnudos sin trabajo para excusar, sexo para olvidar, taxis para escapar. Hoy seguramente estemos jugando de local.

Simplemente por eso sacamos ventaja los taciturnos, que nos sentimos igual de siempre, observados, evaluados constantemente, pero esta vez sentimos que los demás no tienen tantas ganas de levantar el dedo y que nosotros, tenemos, y por un momento pensamos que quizá siempre tuvimos, y la respuesta correcta. Y también quizá, siempre la quisimos tener. Al menos, por unos días.

lunes, 16 de marzo de 2020

Una tarde en el parque


Decidió cruzar la avenida en la esquina del hospital. El parque se ubicaba en la siguiente cuadra, y era más complicado el cruce dada la confluencia de avenidas, los colectivos doblando, etc. Era un domingo nublado, casi otoñal, el último del verano, de hecho. El sol se insinuaba de a ratos, la temperatura agradable. Su cabeza seguía evocando otros domingos, otras nubes, otro sol. Otro espacio verde. De a ratos, le daba respiro. Por momentos los recuerdos lo agobiaban, y trataba de escapar lo más rápido posible de esos recovecos, de sus cuentas pendientes, en fin, de si mismo.
Los últimos días, como nunca, constantemente se sentía estimulado a escribir. Las ideas afloraban todo el tiempo en su cabeza, percibía que en estos momentos podía generar algo que en cuanto lo releyera, le resultase digno de terceros. No se animaba. Las ultimas veces, o por su incoformismo con los resultados, o más frecuentemente, por la angustia que lo que sus dedos emanaban le generaba, las consecuencias no eran agradables. Se sentía mal. Lagrimeaba muchas veces, incluso.
Vivir con nostalgia no es facil, pensó, cuando ya restaban recorrer los ultimos metros hacia el parque. La melancolía era su compañera más presente, ocupaba en su vida un lugar que nada ni nadie había ocupado en los últimos meses. No era la primera vez que le pasaba, era la segunda. Esa redención otoñal había sido tan efectiva como efímera, y el olvido, más largo que el amor. Evaluaba todo esto en su cabeza, de alguna manera ya se estaba preescribiendo algo que en algun momento, en cuánto tomase el valor de asumirse dolido, se vería traducido en una hoja.
Fracaso es una palabra que no suele utilizar en su vida diaria, pero para consigo mismo, para con las relaciones personales, era la única que sentía se acercaba a describirlo de una manera. Por algún motivo u otro, sentía que siempre le faltaban cinco para el peso.
Este domingo, un pequeño triunfo – aquí cabría otro sinónimo que fue el primero que surgió en su cabeza pero prefiere desechar esa alternrativa - decia, consideraba un pequeño triunfo ese impetu de preparar el termo con agua caliente, cargar los libros, llevar el mate y pasar un rato, otro rato, al aire libre. Consigo mismo, en el único lugar donde encontraba con un sosiego, en las hojas de algún relato.
Le gustaban los personajes incomprendidos. Se identificaba con ellos, o al menos lo intentaba, buscaba los puntos en común en búsqueda de un autoconvencimiento que en su interior no terminaba de consolidarse. Sentirse incomprendido, de alguna manera, lo hacía sentirse menos fracasado, menos sólo, se sentía acompañado de esos personajes, de sus autores. Si el entrara en esa categoría, podría adjudicar su melancolía, su angustia constante a la incomprensión por parte de terceros, de alguna manera se libraría de sus cargos y responsabilidades. Fomaría parte de un conjunto, no fracasaría o en su defecto, no fracasaría solo
Se confundía, mientras cruzaba la calle. Estos entretejidos de responsabilidades e incomprensiones eran moneda frecuente en sus pensamientos, lo empujaban a un abismo, a una maraña de culpas y desengaños que se cancelaban entre si y le quitaban la posibilidad de expresarse, y el ánimo para hacerlo. Incluso, quizá ahí radicaba su incapacidad, de cambiar, de sanar, de salir, de crecer.
En el fondo se sentía un fracasado, no un incomprendido. Y un fracasado solo, el único.
O quizá se autopercibía un tipo con mala suerte, no un fracasado. La maraña otra vez.
O en realidad, no sabía ya lo que sentía, ni podía tampoco concebir donde mierda estaba el origen de esa tristeza contsante, de esa melancolía, que lo empujaba a crearse numerosos mundos a los cuales aferrarse. Hitos, metas, objetivos, pociones mágicas que explicarían el sentido de su existencia y lo harían sentir mejor de la noche a la mañana.
Suponía que estar caminando este domingo de fin de verano en el sendero principal del parque, con el termo en la mano, los bizcochos en la mochila, era un progreso socialmente aceptable, suponía que esto era en términos psicoanalíticos estar mejor. Quería suponer eso porque sino, sino realmente estaba cagado. Estaba hasta las manos. Esto probablemente se acercase más a su realidad...

Buscó un lugar en el pasto apropiado, lo suficientemente seco de la lluvia de los últimos días como para que su ropa no sufriera consecuencias. Fantaseaba, mientras tanto. Desde la salida de su casa, desde que el plan se empezó a tejer en su cabeza, fantaseaba con esa mierda de Hollywood donde una chica linda, paseando al perro, se le acercaría por alguna casualidad del destino y le preguntaría que estaba leyendo, le sacaría charla, y al menos por los próximos dos años (porque parte de su planificación incluyen los eventuales finales) sería su hombro y su boca, su oido y su regazo.
En esa fantasía andaba perdido, cuando una pelota chocó contra su espalda, justo cuando estaba por cebar el primer mate.

  • Ay, perdón – dijo una Rubia, no tendría más de veinticinco años. El color de su piel
combinaba demasiado bien con sus ojos, con el blanco de su remera, con su fantasía. - Franco, veni, vamos a jugar para allá, disculpame vos.

Ya no tenía diecisiete años, sabía lo que tenías que hacer. Le alcanzó la pelota al nene, devolvió una sonrisa y dijo:

  • No hay problema, tomá Fran.

Cruzaron miradas, creía estar en un sueño pero era real, como decía el protagonista de su película favorita, palabras más palabras menos, “esto es lo más real que te está pasando, pelotudo.”

  • ¿Cuántos años tenés? - le preguntó al nene, que miraba con una sonrisa, pero no entendía mucho, evidentemente.
  • Dale, decile Fran, con la mano – insistió ella.
  • ¿Tres? - insistió haciendo el gesto con los dedos.

La Rubia soltó una carcajada:

  • ¡Dale, Fran, ahora te venís a hacer el tímido! - decía ella mientras regalaba una sonrisa complice – Tres, tiene sí, perdoná que interrumpimos el mate.
  • No pasa nada, ¿querés uno? - subió la apuesta – Tomo amargo, eso sí.

Ella retrucó:
  • ¡Amargo o no lo tomo sino!

Feliz coincidencia, se dijo. La Rubia siguió:

  • ¿Qué estabas leyendo?
  • Bueno, ahora estaba leyendo a Osvaldo Bayer... tengo acá también una novela de Barón Biza, no se si lo ubicás...
  • A Bayer si, al otro no.

Pasaron los minutos, la tarde. Tomaron algunos mates. Ella le contó que el nene era su sobrino, que lo estaba cuidando por el Domingo porque la hermana tenía un compromiso laboral y aprovechaba para pasar tiempo con el. También le comentó que estudiaba psicología, que se recibía este año; que vivía cerca y que Franco, además de ser su sobrino, era su debilidad.
Le llegó el turno de averiguar a ella. Le preguntó si era de la zona, si vivir ese instante en soledad era una elección, si le gustaba pasar el tiempo así, si solía hacerlo. Desbordó y tiró el centro, ahí fue cuando él se percató de que necesitaba eso, que lo desborden, que le tiren el centro y si era posible, que también hagan el gol. La energía había empezado a disiparse. A la Rubia le había llamado la atención, le comentó, todo su ritual con el mate, con los dos libros, solo, que parecía desconectado de lo que pasaba alrededor, con mucha paz.
  • Hasta el pelotazo de Fran – se disculpó nuevamente, esbozando una sonrisa.

Pasó la tarde, el se definió como un tipo en cierto modo taciturno, le confesó que leía para sentirse menos solo.
“ Te fuiste al ataque como loco otra vez, dejaste al lateral solo en mitad de cancha por si venía la contra, al lateral gordo al borde del retiro solo contra los pibitos delanteros de tu rival en mitad de cancha”, se dijo para sus adentros, mientras evaluaba que quizás ahí radiacaba una respuesta a su angustia. “ ¿Por qué rival?” se volvió a preguntar para si mismo, no sin descartar en el momento profundizar más en el asunto. Meditó por algún momento sobre la validez de las analogías futboleras pero concluyó que le nacía ese modo para expresar lo que le pasaba y que con eso era suficiente.
Siguió entregandose, le contó que era médico, que le gustaba leer y que intentaba escribir, que quería estudiar historia... que le gustaba el periodismo pero no la profesión, que le gustaba la medicina pero no la profesión... que le hubiera gustado vivir de recomendar libros y contar las historías detrás de las historias; que estaba enganchado con Conti, con Walsh, con Dal Masetto, con Saccomanno, con Forn. Que Eco y Tabucchi eran los más grosos del mundo y que soñaba con escribir como Mairal. Definió como su momento de mayor plenitud perderse entre los puestos del parque buscando libros, descubriendo titulos, historias, incomprendidos.

Corrió la tarde, corrió Fran detrás de la pelota, las sonrisas, las miradas, se lavó el mate. Se acabaron los bizcochitos. Empezó a hacer frío, llegó el momento de la despedida. Osado como nunca, como siempre ultimamente, él le pidió el celular, argumentó que no usaba redes sociales, la invitó a tomar algo en la semana, ella le dijo que, si, que dale, obvio, que iban hablando y arreglaban. Se saludaron.

Él siguió su camino, perdido en los puestos de libros usados como siempre, pero esta vez, otra vez, su cabeza no estaba conectada ahí, estaba en estado de alerta constante y excitación, ilusionado nuevamente, su alma estaba entregado a la Rubia. Ni siquiera compró nada, no valía la pena, la compra de libros ya no tenía angustias que canalizar.

Volvió a su casa, cocinó, nervioso, ansioso, programando los proximos movimientos, planificando la próxima jugada.
Había perdido mucho el último tiempo, y entre todo lo que había perdido era su amor por el futbol, por sus colores. Que su equipo salga campeón mientras aprendía a querer, y hasta quizás a amar, no fue la mejor combinación, la asociación de ideas y vivencias había hecho estragos en su cabeza y la revancha de ver a su equipo campeón se alineó con su revancha social, amorosa. Cuando se cayó un castillo de arena automaticamente en el mundo paralelo se cayó el otro, y mientras reflexionaba en esto se preguntaba por qué mierda el castillo tenía que ser de arena, por qué no lo podía construir de cemento alguna vez.
En fin, se encontró mirando el partido de su club, no a expensas de la Rubia, sino que lo hacía porque evidentemente parte de su rehabilitación implicaba que de a poco, iba requiriendo, si bien ya pericibía que quizá irreversiblemente sin la misma emoción, seguir los resultados de su cuadro.
Comió y se encontró mirando sin gritar un gol en el último minuto. Vaya paradoja, tanto sentía que las cosas se relacionaban y que, como alguien había dicho una vez, nada era causalidad, que destacaba para sus adentros que ahora estaban ganando en el último segundo con un técnico en el banco que la campaña anterior lo había hecho sufrir dirigiendo al gran competidor, que también, como ellos hoy, ganaba todos los partidos sobre la hora. Enriedos.
Todo se daba vuelta, no solo el resultado, en esa cancha, esa ciudad que miraba en la tele, que tanto representaba para él, en el recuerdo vivido y también en lo observado. Otra ilusión, otro amor también florecían con el otoño. Recordó a su club venciendo allí, del rival haciendo lo propio, de como había vivido esa tensión de las ultimas semanas, recordó que también se estaba rehabilitando de un golpe, que también tenía otros problemas y que también se iba reponiendo. Asimismo percibió que en aquel, ya lejano, momento, el fútbol había oficiado de salvavidas, pero solo en parte, que su salvación, que su redención mejor dicho, tan definitiva en ese instante como parcial en su ontogenia, había emergido de otro lugar.
Tantas cosas rememoró mientras terminaba de cenar y veía el resumen de ese triunfo agónico, que recién en ese instante fue cuando se encontró escribiendo las últimas líneas de este cuento, se percató que había avanzado tres capitulos leyendo el libro a la tarde en el parque, vio su billetera y entendió que si, que había comprado tres libros en la feria, y cayó en la cuenta que no le había pegado en ningún momento ninguna pelota en la espalda, y que no había ninguna Rubia agendada en sus contactos.