martes, 30 de mayo de 2017

Simetría Invisible

Mucho se ha escrito sobre las miradas, es cierto. Pero sobre una mirada así, no creo. En realidad, será una más de tantas, pero hoy le toca.
Y le toca porque es una mirada que trasciende el tiempo, y las fotos. Es una mirada que aparece cuando no tiene que aparecer. Que sigue transmitiendo la misma transparencia que el primer día, tanto es así que tiene la capacidad de modificarse en una misma imagen. Porque en este preciso instante, transmitís aquello que sentís ahora, y no aquello que sentiste en ese momento en que el tiempo se detuvo. Ese destello de versatilidad que te asignó el destino será lo que te vuelve tan especial.
No, no está quedando claro. Muchas miradas tienen la capacidad de decir cosas. De transmitir sentimientos, cualidades, pensamientos. Pero todas aquellas son cosas que se dicen, o usualmente se pueden decir por este maravilloso método que es fijar la vista. Pero lo que decías, mirada amiga, es todo aquello que no se puede decir por ese medio, un mensaje que nunca nadie decodificó de una de tu tipo. Iba más allá. Corrijo, va más allá, tanto más allá que hoy trascendés la distancia y el hastío.
Entonces me toca preguntarme si el asunto es la mirada o el mirado.
Fallaste, mirada, porque siempre estuviste ahí, y nunca fuiste identificada.
Fallaste, mirada, porque sin mirado no hay mirada.
Fallaste, mirada, llegaste inoportuna, llegaste tarde.
Pero lo que te hacía tan diferente, mirada, era mirar y ser mirada. En definitiva, eras una mirada receptora de otra mirada. De otra de esas raras, como la tuya, probablemente, que comunica aquello que no suele ser comunicado de este modo.
De otra mirada, que falló, porque siempre supiste que ahí estaba, pero no la identificabas.
Que falló, porque sin mirado no hay mirada.
Que falló, que llegó inoportuna, que llegó tarde.
Y llegó un día en el cual se cansaron y esas miradas se empezaron a apagar.
Y es así que fallaron, porque ambas sabían que ahí estaba la otra mirada, pero no hacían más que verse reflejadas a si mismas sin reconocer en la otra un ente ajeno, externo.
Y es así que no hubo mirados.
Y que llegaron inoportunas, tardes, recién cuando se empezaron a apagar las luces que irradiaban y en ese desvanecerse de la encandilación recíproca, lograron darse cuenta que ahí no había un espejo, sino que había otra mirada, tan parecida, y tan real como si misma.
Y así es que atraviesan toda las barreras y siguen actualizando minuto a minuto las sensaciones y sentimientos que experimentan, porque de tan parecidas e indistinguibles que eran asumimos que la oscuridad de este lado es la misma que la de aquel.
Y es que en definitiva, hoy, en plena oscuridad, mirada, te volvés apreciable y llegas a destino, aunque tan solo como un recuerdo de aquello que fuiste, porque ya no estás ahí, porque ya no sos mirada ni mirada.

domingo, 28 de mayo de 2017

Ella y Camarada.

Armábamos la cama, y fue la primera de las noches en esas últimas semanas dónde no me propuse soñar con Ella. Habrá sido el encanto del vivo y directo, habrá sido que lo sentía una traición hacia mi Camarada que mientras tanto me ayudaba con los preparativos para el pernocte. No me lo propuse, no lo necesitaba, y probablemente no lo quería. Esa noche no.

Las últimas dos horas nos habíamos pasado filosofando con el Camarada acerca de increíbles supuestos. El sujeto tácito más tácito que nunca, y yo que no podía explicitar mis sentimientos por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, necesitaba su ayuda. No solo su aprobación, su visto bueno. Lo mas molesto de la situación era no poder contar con su consejo. Porque, ustedes comprenderán, todos tenemos esa persona con la cual compartimos más que un mate, una anécdota, una amistad. Mi persona era el Camarada, teníamos una conexión especial y nos sentíamos unidos por sentimientos y experiencias similares en muchas situaciones, sobre todo en aquellas en cuanto al amor se refieren.

Y mi principal traición era no poder compartirlos con él.

El asunto me estaba costando una traición. Una traición a mi mismo, una traición al Camarada. No había nada de traición en el amor, en el alce de la frecuencia cardíaca cada vez que tenía noticias de Ella, cada vez que la mencionaban. No tiene nada de malo. No recurro a esa palabra, porque realmente no me creo un traidor. Para nosotros el Amor no era cosa de todos los días. Transitábamos nuestro vuelo a través de nuestra juventud con mucho paisaje, por lo demás tranquilo en cuanto a turbulencias, y alguna que otra escala importante. Pero las bellezas que nos ofrecía el cielo no nos llamaban mucho la atención, y más de una de nuestras charlas de compañeros de asiento con el Camarada, trataban de explicar eso, de encontrar un paisaje que amerite nuestro detenimiento.

Es por ello que hablo de traición, yo me había detenido, había encontrado un horizonte en el cual consideraba que en primera instancia valía la pena enfocarse, y no lo podía compartir. En ello radicaba mi traición, insisto. No volveré a usar esa palabra en el resto de mi relato.

Ni los consejos ni las palabras del Camarada eran indispensables. Simplemente me hacían sentir menos solo en el viaje. En ese punto es donde se volvían importantes. No creo en las cosas indispensables, por eso digo que no lo eran. Porque en realidad, eran algo bastante cercano a eso, si se quiere. Fue por eso que aquella noche, luego de despedirla, cuando Ella decidió que se bajaba el telón de otra de nuestras (nuestras) funciones, intenté hallar el consejo, las palabras, intenté compartir mi situación con el Camarada. Claro que ponerle nombre a la cuestión no era una opción, pero mi incontinencia no me permitía no compartir nada con el. Tenía que hacerlo. Se lo merecía, nos lo merecíamos. Fueron dos horas en las cuales intenté ser explícito lo más implícitamente posible. No se si habrá llegado mi mensaje, tuve la teoría que él se hallaba en una etapa de hibernación parecida a aquella en la cual descansé los meses anteriores, a esas horas donde finalmente concluí que había encontrado un paisaje que valía la pena. Hibernación entendida como negación.

Ella. Ella era alguien completamente común y especial a la vez. Ya había aceptado yo que las personas especiales no existían, luego de bastante andar. Lo que la hacía especial era que yo la aceptaba como alguien común. Había madurado de modo tal que ya comprendía que lo distinto radicaba en el que experimenta el sentimiento y no en el sujeto destinatario del mismo. Hay una canción que dice que cuando nos enamoramos de otra persona en realidad nos estamos enamorando de nosotros mismos. Bueno, algo así era la conclusión a la cual había llegado. Yo entendía que Ella tenía un Estilo, una Impronta, un Sello Propio, pero probablemente eso era pura percepción mía y era una más de tantas mujeres. Eso la volvía especial, mi actitud de aceptarla y entenderla como alguien común que se tornaba diferente cuando tocaba las puertas de mi cabeza y de mi corazón cada vez que teníamos algún tipo de interacción. Empecé a entender que todas las personas tenían caprichos y que yo estaba dispuesto a convivir con los suyos, y que eso yo lo entendía como amor.

Mi soledad había alcanzado el punto en el cual soñar con las personas que llamaban mi atención me hacía sentir mejor. Por eso esa noche, luego de verla, y luego de mis absurdos intentos de compartir con el Camarada aquello que no podía ser contado, no tuve esa necesidad, ni ese planeamiento mental mientras buscaba las frazadas para armar la cama. No me sentía solo en mis sentimientos, al menos había realizado el esfuerzo de hacerlo partícipe a él, y sobre todas las cosas, habíamos montado un nuevo acto con Ella, esos actos de los cuales siempre él era espectador de lujo.

Ya estábamos en la habitación del Camarada, acostados en para dormir a pocos metros de distancia, cada uno en su cama, cada uno con sus percepciones de nuestro probablemente futil debate. Hacía frío, pero estaba agradable, había sido una buena noche. Cerré los ojos. En primera instancia mi preocupación mayor era poder conciliar el sueño. En mi cama dormía y descansaba, en las demás con dormir me resultaba suficiente. Entonces se presentó Ella. La veía con mis ojos cerrados, ahí, con el Camarada tan cerca nuestro. Olí su perfume a especial, mi frecuencia cardíaca se elevó como cuando la veo con los ojos abiertos, como cuando la escucho con mis oídos atentos. Estaba recostada al lado mío, dormitando, respirando el mismo aire que yo, y mis manos acariciaban su pelo. Ella se quejaba como un nene cuando la madre lo despierta para ir al colegio, aunque con un abrazo volvía a su tranquilidad anterior.

Decidí ir por un vaso de agua porque aquella noche no estaba pautado que la sueñe nuevamente. No correspondía lo que estaba pasando. Me levanté, en silencio, y tratando de no tropezar en la oscuridad de la madrugada, y me dirigí hacia la puerta. Con la mano en el picaporte escuche un quejido detrás de mí. Me di vuelta, y ahí estaba ella, tan blanca, en el mismo lugar que reposaba yo hasta hacía instantes, acostada en mi misma cama con una paz que nunca hasta entonces había notado en su silueta. Confundido, termine de abrir la puerta. Y ahí estaba, el Camarada, en la puerta de su habitación, mirándome fijo a los ojos, esperando para que de una vez por todas podamos descansar.