lunes, 8 de enero de 2018

Confesiones disociadas

Zuviría, Asamblea, Avelino Díaz, Santander, Balbastro, Saraza, Castañares. El escriba imagina. Le tomó el gusto durante este último tiempo a esta aventura, sabe que en un tiempo pasará al cajón de las añoranzas. Quiere saborearla y disfrutarla minuto a minuto. Como ha disfrutado de tantas otras. El mismo recorrido tantas veces recorrido, pero que nunca había llegado a ser el diario. Zañartú-Puán-Cobo, ya llegamos. Ya vamos llegando. Mira por la ventana, no logro dilucidar bien que es aquello que mira pero estoy seguro que luce apropiado para un videoclip de mediodía gris de canal de música de cable a principios de siglo. Nada novedoso, muy grisáceo y repetitivo. Relojea la calle, huele el ánimo general, nada nuevo, mucha pseudorrebelión, poca idiosincrasia de la que le gusta sacar pecho.
El escriba piensa, imagina y empieza a relatar en su cabeza. Lamentablemente la época en la cual vive lo hizo acostumbrar a explayarse en bits, pero no reniega de eso. A veces desearía contar con la magia de la pluma o la intimidad de una Olivetti pero no es el caso y lo acepta con hombría. Lo observo, consciente de lo que le está pasando por la cabeza en estos momentos, y poseo la misma incertidumbre que el acerca de hacia dónde lo llevará su imaginación esta mañana. Esta mañana, como pudo haber sido aquella noche o puede ser esta tarde.
Conozco cositas que han empezado a contarse y que nunca llegaron a ningún disco rigido. Me las compartió porque no se contiene, es inevitable eso en él. Así como le viene la inspiración, con ella viene el entusiasmo y la necesidad de compartirlo. Y ahí estoy yo, estamos nosotros, para hacer lo que podemos. En este caso completar sus intentos incompletos. O mejor dicho, destacarlos.
Destacable novela la que tenía como protagonista a Sandra,  que empezaba un Sábado exactamente a las 01:21 hs. en la Estación Lacroze del Urquiza. Noventosa la misma, no existía evidentemente el Whatsapp y los teléfonos públicos andaban en su auge. Creemos que tenía a su padre enfermo y trataría de abordar un 44 para perderse en la noche dado que el tren que la unía a su viejo amor no funcionaba por aquellos horarios. No sabemos hacia dónde hubiera ido exactamente, mi apreciación es que en realidad, como todo lo que el escriba suele pincelar, no presentaría estrictamente un problema, sino que intentaría mostrarnos algo suyo de alguna manera directa o indirecta. Lloraría una frustración, gritaría un gol celeste y blanco. Algo es una palabra algo impersonal. Pero viene bien para no entrar en detalles. Es que hay cosas donde no es preferible ahondar. Es un tipo normal, pero demasiado sensible al estimulo.
El estímulo, su musa, es el escenario mismo de sus historias. Ante ello es endeble. No sabe escribir sino es de lo que no vive, no sabe, no siente. El no escribe de algo. Él escribe donde algo. Su musa lo invita todo el tiempo a contar lo que le pasa. Pase algo, o no. Que en definitiva, es lo mismo. Recorre la musa y nada disfruta más que ello. No da abasto ante tanto estímulo. En cada esquina hay una historia. En cada esquina le pasa algo y de ello es de lo cual nos quiere hablar. Quiere decir. Sencillamente eso. Se toma un subte y aparecen tantas historias como vagones, como estaciones. 
Hermoso y romántico poema en Caseros y Lavarden, como cuesta poner eso en marcha, parece un Siam Di Tella en un día de lluvia (siempre el recuerdo).  No entiendo por qué es un poema, pero así nació, poema. No sé a que amor le cantaría dicho jilguero en épocas en las cuales una ilusión cotizaba en bolsa. No sé, no sabe, no sabemos.
Anduvo todos los edificios a medio derrumbar que le tocó en suerte reconstruyéndolo a base de historias e ilusiones, y no siempre lo pudo plasmar. Maldito vicio tecnológico  que te llevás lo más preciado que existe. Nos arrancás las sensaciones. ¿O acaso la vida no es tan solo un cúmulo de sensaciones? Maldito, maldita terquedad de nuestro escriba amigo que no se resigna ante el trabajo del tiempo y de tal modo ha intentado reconstruirlas con poco éxito. Esto según su propio análisis posterior, en el cual las encontró desdibujadas y no logrando poder recrearlas Él al leer sus líneas, con lo cual tampoco, supongo, transmitirlas a terceros del modo en que hubiera querido.
Se rindió, no pudo con tanto barrio, perdió con tanto estímulo. Hay que hacer algo para empatarle.

Plasmar todo en un profundo lamento, contar lo que no pudo ser contado –o mejor dicho, que algo no pudo ser contado- rendirle un homenaje, ha sido el breve objetivo de estás aburridas líneas y así tratar de reunirlas a todas como una escoba a las migas en el piso del comedor de María en Devoto. Hasta que por fin el viento entro por la ventana y se encargó de desparramarlas nuevamente para nunca volver. Y que sean de todos. De él. De nadie. Como el hijo de María.