Hay un grupo de personas, que por
dentro, un poco, solamente un poco, estamos sonriendo por dentro.
Estos días nos sentimos mejor, estamos bien, nosotros, mientras el
resto de la sociedad se encuentra aislada, inconexa, gritandole a un
conjunto de bits las mismas miserias que usualmente se digieren con
una pinta de cerveza y unas papas en cualquier cervecería
palermitana.
Nosotros en cambio no. Lo único que
perdimos, en estos días, es la posibilidad de zafar la necesidad de
pensar que comer que usualmente evitamos gracias a alguna hamburguesa
con nombre cool en un encuentro con amigos.
La soledad, tanto externa, pero sobre
todo interior, es una respuesta adaptativa a una sociedad que te
empuja a la constante necesidad de convivir, de compartir todo
aquello que pasa por tu cabeza, que te ofrece medios y medios de
comunicación para que no te guardes nada, para que lo des todo pero
siempre y cuando respondas a ciertos parámetros estipulados como la
normalidad. Lo que más compra esta sociedad de consumo infame es la
necesidad de compartir.
Nosotros somos solitarios por elección,
somos lo que elegimos no consumir esa necesidad de compartir y sobre
todo, de trascender. Aprendemos a vivir día a día con nuestra
intrascendencia la cual abrazamos con hidalguía.
Nosotros somos escépticos y nos
callamos por adaptación y por respeto, preferimos no opinar, no
hablar, no decir nada, para no expresar que no queremos comprar eso
que tantos compran.
Es así como la soledad se vuelve
elección y respuesta, dos caras de una misma moneda, la elegimos
porque nos sentimos bien aca llorando mirando recuerdos que solamente
nosotros sabemos que existen mientras bajamos un jugo bajo en
calorías (solo 42 por vaso, increible!) y unas papitas de la
propaganda del subte; pero a la vez es nuestra respuesta, nuestra
respuesta ante tanta necesidad de compartir y de sugerir, nuestra
solución a la pregunta de cuál carajo será la fórmula de la
felicidad.
Es que en realidad no sabemos como
mierda vivir, pero la diferencia es que de alguna manera convivimos
con ello y ya no queremos encontrar la respuesta, simplemente,
vivimos. Hacemos lo que podemos.
Otra lectura pasible de hacer es que es
la respuesta que tenemos ante el miedo del fracaso de cualquier
atisbo de fórmula activa que pudiésemos idear. Sea ese o no
su origen, de alguna manera funciona bastante bien.
En ese camino donde todos buscan y
nadie encuentra, nosotros encontramos que el encuentro es no buscar.
Lo que nos caracteriza es una
persecución, un delirio paranoide, un miedo, como decía antes a ser
juzgado por ese montón de ojos mirandonos, pendientes, atentos, con
el dedo listo para ser levantado indicar comentarios y/o sugerencias
al pie de la hoja.
Quizá, como decía, este radicado en un miedo a poder hacerlo mejor,
en la inseguridad de darle demasiada pelota al qué mierda dirán,
pero es en este punto donde me brota la ira y me pregunto: ¿Quién
esta en lo incorrecto, nosotros pensando en el qué dirán, o toda
esa caterva de indignos que siempre tiene la necesidad de decir algo?
Vivimos hinchados las pelotas de las sugerencias esbozadas
por consejeros tan impredecibles como desconocidos.
Nos molesta la publicidad, nos molesta
el marketing, no creemos en encontrar fórmulas de la felicidad;
denunciamos estimulación constante, venta fraudulenta,
envenenamiento silencioso. Cobramos dos contaminaciones, la ejercida
directamente sobre nosotros y la otra, la que hace que los demás
sean tan pelotudos que creen que tienen la fórmula de la felicidad,
y para colmo de males, te la quieren dar.
Nuestra respuesta máxima, el punto más
alto de nuestro modo de vivir, es el esceptisismo. Nuestro epitafio
por antonomasia es el “solo sé que no se nada”. Preferimos no
decir, no hacer, no opinar, nuevamente, no compartir. No sabemos que
nos puede gustar mañana, vivimos en Corea del Centro, respetamos
demasiado la vida y sus idas y vueltas como para creer tener la
respuesta a algo, por eso procesamos, pensamos, nos ahogamos en
cervezas, en atardeceres, parques, canciones viejas, llegamos a
entender que sabemos poco, que terminamos queriendo poco. Nos
apartamos, no queremos querer más de lo poco queremos, finalmente.
Somos escépticos, tan escépticos
somos que hasta con nosotros mismos nos ponemos así, en revisión
constante, ante nuestros propios ojos, y con esa mirada y evaluación
interior nos alcanza, y es por eso que nos termina de fatigar, de
alcanzar hasta lo más profundo de nuestras visceras la mirada ajena,
porque ya tenemos la nuestra que bastante impiadosa suele ser.
Podemos jugar el juego, pero no nos
interesa en realidad jugarlo con las reglas ajenas, ni con 3, ni con
5 ni con 10 gb por mes. No vinimos al mundo para discutir la
subjetividad de las pasiones ajenas, y tampoco tenemos ganas ni
creemos que valga la pena discutir la misma subjetividad que originan
las nuestras.
Es de esperar que a veces nos
entreguemos un poco, de alguna manera necesitamos descargar esas
reflexiones y simular que nos adaptamos a este nuevo modo del
compartir constantemente cosas que solamente nosotros podemos y
sabemos sentir, demasiado personales para ser vividas en conjunto.
Nos reímos de cosas que no nos causan gracia, celebramos triunfos
ajenos que no compartimos, con un esbozo de sonrisa falsa, nunca con
una risa verdadera, de esas que salen de adentro. También
descargamos un rato todo eso que vinimos procesando durante días y
horas, para poder tener lugar para volver a sacar conclusiones,
algunas ya conocidas, y también para poder descubrir otras emociones
que en la vorágine diaria habíamos olvidado que tenemos. Vaciamos
un poco nuestro altillo.
Algunas veces, nos mandamos, porque
estamos cansados, porque somos solitarios pero no podemos vivir tan
solos, nos entregamos en cuerpo pero muchas más veces en alma porque
es la única manera en que sabemos hacerlo, y ese balde de agua fría
es lo que nos indica que no tenemos ídea como carajo vivir. Profecía
autocumplida, volvemos a nuestra no respuesta, que es la mejor de
todas.
Volvemos a nuestra pasividad y nos
regalamos nuevamente nuestros momentos, nos sentamos a escribir, a
hacer música, a escucharla, a leer, a ver una película, a correr,
sin dar explicaciones; emocionamos nuestras desvergüenzas, cantamos
fuerte, saltamos, miramos eso que a nadie le contaríamos que
miramos.
Quizás estos días se trate de eso,
del socialismo sentimental, donde nadie sabe a quien carajo mirar,
donde todos miren a todos lados y a ningún lado al mismo tiempo,
como siempre, como nunca, solo que ahora más desnudos sin trabajo
para excusar, sexo para olvidar, taxis para escapar. Hoy seguramente
estemos jugando de local.
Simplemente por eso sacamos ventaja los
taciturnos, que nos sentimos igual de siempre, observados, evaluados
constantemente, pero esta vez sentimos que los demás no tienen
tantas ganas de levantar el dedo y que nosotros, tenemos, y por un
momento pensamos que quizá siempre tuvimos, y la respuesta correcta.
Y también quizá, siempre la quisimos tener. Al menos, por unos
días.