lunes, 27 de noviembre de 2017

La Avenida que no Termina en el Mar

Redacción del cuento no escrito, la avenida que no termina en el mar moría en la costanera. Su cartel indicaba la continuación y es así como nuestros dos personajes aquella calurosa mañana de un 8 de enero bajaban la última pendiente antes de finalizar, parcialmente, su recorrido, no obstante no la dejaron de recorrer.
Celeste se reflejaba el cielo en los ojos del protagonista. Dada la similitud de sus colores, el mar se perdía en los ojos de su compañera, entrada en años pero tan adolescente como su acompañante en esos momentos.
Bajaron y tácitamente y sin pensarlo se juraron inmortalizar ese instante y vaya si lo lograron. Joven incrédulo, guapo y derrotado por la sabiduría de su acompañante que de un mismo pincel y en un mismo lienzo había montado varias obras de arte. En primera instancia, la propia, el bajar la avenida y respirar profundo el aire salino que arrojaba el agua. Por otra parte el mismo efecto en el muchacho, la inspiración juvenil de esa brisa que – como nunca habrían sospechado – desde ese entonces, todo lo podría. Por último, la sorpresa que había producido en su compañero. Lo atónito que estaba, lo cual trascendía el mero hecho de la caminata. La dinámica que construyeron en ese momento. El sueño vuelto realidad. La cueva al descubierto. El refugio.
Pues bien los mapas podrán decir, queridos amigos, que la avenida termina en esa cuadra. Pero el cartel no, y por única vez en su historia, según cuentan, estos dos viajeros le hicieron caso a alguna señalización urbana. Se hundieron en cada rincón donde la avenida los podía llevar. Se movieron en todas las direcciones que los autos que la transitaban nunca habrían de moverse. Ellos jamás se animarían a hacerlo.
Reconstruyeron la avenida a partir de esa jornada en cada palabra de modo tal que siga el curso de sus espíritus y la convirtieron en un templo para los mismos. Y es así que años después vemos el cartel que aún señaliza que la avenida continúa en el mar. Adquiere sinuosos trayectos no con otro destino que el de la mera continuación de la ruta misma.
Le pusieron música y color a la avenida que se convirtió en solución y elixir de sus almas. Le pusieron tantos autos como micros podían arribar a la ciudad balnearia un fin de semana largo. Le tejieron tantas redes como la de los chalecos de lana que los abrigaba de pequeños.
La avenida hoy presenta una feria de emociones que no posee nada a la venta y a la cual todos desean acceder.
El resto de las personas no la encuentran o transitan numerosos caminos, porque simplemente no pueden acceder allí. Es que, justamente, la feria arranca en ese tramo de la avenida en el cual los mapas dicen que terminaron.
Vieron muchos autos seguir a fondo en la avenida y tras la rambla de la costanera provocando numerosos accidentes, tratando de encontrar esta parte. Se han contratado profesionales de diversas áreas y publicado numerosos artículos tratando de encontrar el método de llegar a ella pero solo se han conformado con falsas imitaciones. No saben que los dueños de la feria son estos amistosos personajes. No saben que en realidad, este tramo de esta arteria urbana la transitan fisicamente todos los buscas, con un detalle: no la pueden encontrar, porque se concentran simplemente en encontrar esa parte que trasciende los mapas. Y es así como estos dos secuaces pueden cruzarla con el semáforo en rojo para terminar la aventura completamente indemnes. Son y serán inmortales mientras transiten esa avenida.
Señores la avenida no termina en el mar.  El cartel indica bien. Continúa donde ustedes decidan. En el sitio donde ustedes se dispongan a montar la feria.
Señores, la avenida finaliza allí. No busquen más. No hay nada por descubrir.
Está tarde los volvimos ver a los dos locos, caminando, ya mas viejos, con la lluvia, que aunque muy torrencial no los moja, por la avenida.
Miren bien los carteles con el nombre de la avenida, ¿Cómo es que no lo ven? Ya lo saben, sólo es cuestión de identificarlo. Como la feria.



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