Redacción
del cuento no escrito, la avenida que no termina en el mar moría en la
costanera. Su cartel indicaba la continuación y es así como nuestros dos
personajes aquella calurosa mañana de un 8 de enero bajaban la última pendiente
antes de finalizar, parcialmente, su recorrido, no obstante no la dejaron de
recorrer.
Celeste se
reflejaba el cielo en los ojos del protagonista. Dada la similitud de sus
colores, el mar se perdía en los ojos de su compañera, entrada en años pero tan
adolescente como su acompañante en esos momentos.
Bajaron y
tácitamente y sin pensarlo se juraron inmortalizar ese instante y vaya si lo
lograron. Joven incrédulo, guapo y derrotado por la sabiduría de su acompañante
que de un mismo pincel y en un mismo lienzo había montado varias obras de arte.
En primera instancia, la propia, el bajar la avenida y respirar profundo el
aire salino que arrojaba el agua. Por otra parte el mismo efecto en el
muchacho, la inspiración juvenil de esa brisa que – como nunca habrían
sospechado – desde ese entonces, todo lo podría. Por último, la sorpresa que
había producido en su compañero. Lo atónito que estaba, lo cual trascendía el
mero hecho de la caminata. La dinámica que construyeron en ese momento. El
sueño vuelto realidad. La cueva al descubierto. El refugio.
Pues bien
los mapas podrán decir, queridos amigos, que la avenida termina en esa cuadra.
Pero el cartel no, y por única vez en su historia, según cuentan, estos dos
viajeros le hicieron caso a alguna señalización urbana. Se hundieron en cada
rincón donde la avenida los podía llevar. Se movieron en todas las direcciones
que los autos que la transitaban nunca habrían de moverse. Ellos jamás se animarían a
hacerlo.
Reconstruyeron
la avenida a partir de esa jornada en cada palabra de modo tal que siga el
curso de sus espíritus y la convirtieron en un templo para los mismos. Y es así
que años después vemos el cartel que aún señaliza que la avenida continúa en el
mar. Adquiere sinuosos trayectos no con otro destino que el de la mera
continuación de la ruta misma.
Le pusieron
música y color a la avenida que se convirtió en solución y elixir de sus almas.
Le pusieron tantos autos como micros podían arribar a la ciudad balnearia un
fin de semana largo. Le tejieron tantas redes como la de los chalecos de lana
que los abrigaba de pequeños.
La avenida
hoy presenta una feria de emociones que no posee nada a la venta y a la cual
todos desean acceder.
El resto de
las personas no la encuentran o transitan numerosos caminos, porque simplemente
no pueden acceder allí. Es que, justamente, la feria arranca en ese tramo de la
avenida en el cual los mapas dicen que terminaron.
Vieron
muchos autos seguir a fondo en la avenida y tras la rambla de la costanera
provocando numerosos accidentes, tratando de encontrar esta parte. Se han
contratado profesionales de diversas áreas y publicado numerosos artículos
tratando de encontrar el método de llegar a ella pero solo se han conformado
con falsas imitaciones. No saben que los dueños de la feria son estos amistosos
personajes. No saben que en realidad, este tramo de esta arteria urbana la
transitan fisicamente todos los buscas, con un detalle: no la pueden encontrar, porque
se concentran simplemente en encontrar esa parte que trasciende los mapas. Y es
así como estos dos secuaces pueden cruzarla con el semáforo en rojo para terminar la aventura
completamente indemnes. Son y serán inmortales mientras transiten esa avenida.
Señores la
avenida no termina en el mar. El cartel
indica bien. Continúa donde ustedes decidan. En el sitio donde ustedes se
dispongan a montar la feria.
Señores, la
avenida finaliza allí. No busquen más. No hay nada por descubrir.
Está tarde
los volvimos ver a los dos locos, caminando, ya mas viejos, con la lluvia, que aunque muy torrencial no los moja, por la avenida.
Miren bien
los carteles con el nombre de la avenida, ¿Cómo es que no lo ven? Ya lo saben, sólo es cuestión de identificarlo. Como la feria.

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