lunes, 16 de marzo de 2020

Una tarde en el parque


Decidió cruzar la avenida en la esquina del hospital. El parque se ubicaba en la siguiente cuadra, y era más complicado el cruce dada la confluencia de avenidas, los colectivos doblando, etc. Era un domingo nublado, casi otoñal, el último del verano, de hecho. El sol se insinuaba de a ratos, la temperatura agradable. Su cabeza seguía evocando otros domingos, otras nubes, otro sol. Otro espacio verde. De a ratos, le daba respiro. Por momentos los recuerdos lo agobiaban, y trataba de escapar lo más rápido posible de esos recovecos, de sus cuentas pendientes, en fin, de si mismo.
Los últimos días, como nunca, constantemente se sentía estimulado a escribir. Las ideas afloraban todo el tiempo en su cabeza, percibía que en estos momentos podía generar algo que en cuanto lo releyera, le resultase digno de terceros. No se animaba. Las ultimas veces, o por su incoformismo con los resultados, o más frecuentemente, por la angustia que lo que sus dedos emanaban le generaba, las consecuencias no eran agradables. Se sentía mal. Lagrimeaba muchas veces, incluso.
Vivir con nostalgia no es facil, pensó, cuando ya restaban recorrer los ultimos metros hacia el parque. La melancolía era su compañera más presente, ocupaba en su vida un lugar que nada ni nadie había ocupado en los últimos meses. No era la primera vez que le pasaba, era la segunda. Esa redención otoñal había sido tan efectiva como efímera, y el olvido, más largo que el amor. Evaluaba todo esto en su cabeza, de alguna manera ya se estaba preescribiendo algo que en algun momento, en cuánto tomase el valor de asumirse dolido, se vería traducido en una hoja.
Fracaso es una palabra que no suele utilizar en su vida diaria, pero para consigo mismo, para con las relaciones personales, era la única que sentía se acercaba a describirlo de una manera. Por algún motivo u otro, sentía que siempre le faltaban cinco para el peso.
Este domingo, un pequeño triunfo – aquí cabría otro sinónimo que fue el primero que surgió en su cabeza pero prefiere desechar esa alternrativa - decia, consideraba un pequeño triunfo ese impetu de preparar el termo con agua caliente, cargar los libros, llevar el mate y pasar un rato, otro rato, al aire libre. Consigo mismo, en el único lugar donde encontraba con un sosiego, en las hojas de algún relato.
Le gustaban los personajes incomprendidos. Se identificaba con ellos, o al menos lo intentaba, buscaba los puntos en común en búsqueda de un autoconvencimiento que en su interior no terminaba de consolidarse. Sentirse incomprendido, de alguna manera, lo hacía sentirse menos fracasado, menos sólo, se sentía acompañado de esos personajes, de sus autores. Si el entrara en esa categoría, podría adjudicar su melancolía, su angustia constante a la incomprensión por parte de terceros, de alguna manera se libraría de sus cargos y responsabilidades. Fomaría parte de un conjunto, no fracasaría o en su defecto, no fracasaría solo
Se confundía, mientras cruzaba la calle. Estos entretejidos de responsabilidades e incomprensiones eran moneda frecuente en sus pensamientos, lo empujaban a un abismo, a una maraña de culpas y desengaños que se cancelaban entre si y le quitaban la posibilidad de expresarse, y el ánimo para hacerlo. Incluso, quizá ahí radicaba su incapacidad, de cambiar, de sanar, de salir, de crecer.
En el fondo se sentía un fracasado, no un incomprendido. Y un fracasado solo, el único.
O quizá se autopercibía un tipo con mala suerte, no un fracasado. La maraña otra vez.
O en realidad, no sabía ya lo que sentía, ni podía tampoco concebir donde mierda estaba el origen de esa tristeza contsante, de esa melancolía, que lo empujaba a crearse numerosos mundos a los cuales aferrarse. Hitos, metas, objetivos, pociones mágicas que explicarían el sentido de su existencia y lo harían sentir mejor de la noche a la mañana.
Suponía que estar caminando este domingo de fin de verano en el sendero principal del parque, con el termo en la mano, los bizcochos en la mochila, era un progreso socialmente aceptable, suponía que esto era en términos psicoanalíticos estar mejor. Quería suponer eso porque sino, sino realmente estaba cagado. Estaba hasta las manos. Esto probablemente se acercase más a su realidad...

Buscó un lugar en el pasto apropiado, lo suficientemente seco de la lluvia de los últimos días como para que su ropa no sufriera consecuencias. Fantaseaba, mientras tanto. Desde la salida de su casa, desde que el plan se empezó a tejer en su cabeza, fantaseaba con esa mierda de Hollywood donde una chica linda, paseando al perro, se le acercaría por alguna casualidad del destino y le preguntaría que estaba leyendo, le sacaría charla, y al menos por los próximos dos años (porque parte de su planificación incluyen los eventuales finales) sería su hombro y su boca, su oido y su regazo.
En esa fantasía andaba perdido, cuando una pelota chocó contra su espalda, justo cuando estaba por cebar el primer mate.

  • Ay, perdón – dijo una Rubia, no tendría más de veinticinco años. El color de su piel
combinaba demasiado bien con sus ojos, con el blanco de su remera, con su fantasía. - Franco, veni, vamos a jugar para allá, disculpame vos.

Ya no tenía diecisiete años, sabía lo que tenías que hacer. Le alcanzó la pelota al nene, devolvió una sonrisa y dijo:

  • No hay problema, tomá Fran.

Cruzaron miradas, creía estar en un sueño pero era real, como decía el protagonista de su película favorita, palabras más palabras menos, “esto es lo más real que te está pasando, pelotudo.”

  • ¿Cuántos años tenés? - le preguntó al nene, que miraba con una sonrisa, pero no entendía mucho, evidentemente.
  • Dale, decile Fran, con la mano – insistió ella.
  • ¿Tres? - insistió haciendo el gesto con los dedos.

La Rubia soltó una carcajada:

  • ¡Dale, Fran, ahora te venís a hacer el tímido! - decía ella mientras regalaba una sonrisa complice – Tres, tiene sí, perdoná que interrumpimos el mate.
  • No pasa nada, ¿querés uno? - subió la apuesta – Tomo amargo, eso sí.

Ella retrucó:
  • ¡Amargo o no lo tomo sino!

Feliz coincidencia, se dijo. La Rubia siguió:

  • ¿Qué estabas leyendo?
  • Bueno, ahora estaba leyendo a Osvaldo Bayer... tengo acá también una novela de Barón Biza, no se si lo ubicás...
  • A Bayer si, al otro no.

Pasaron los minutos, la tarde. Tomaron algunos mates. Ella le contó que el nene era su sobrino, que lo estaba cuidando por el Domingo porque la hermana tenía un compromiso laboral y aprovechaba para pasar tiempo con el. También le comentó que estudiaba psicología, que se recibía este año; que vivía cerca y que Franco, además de ser su sobrino, era su debilidad.
Le llegó el turno de averiguar a ella. Le preguntó si era de la zona, si vivir ese instante en soledad era una elección, si le gustaba pasar el tiempo así, si solía hacerlo. Desbordó y tiró el centro, ahí fue cuando él se percató de que necesitaba eso, que lo desborden, que le tiren el centro y si era posible, que también hagan el gol. La energía había empezado a disiparse. A la Rubia le había llamado la atención, le comentó, todo su ritual con el mate, con los dos libros, solo, que parecía desconectado de lo que pasaba alrededor, con mucha paz.
  • Hasta el pelotazo de Fran – se disculpó nuevamente, esbozando una sonrisa.

Pasó la tarde, el se definió como un tipo en cierto modo taciturno, le confesó que leía para sentirse menos solo.
“ Te fuiste al ataque como loco otra vez, dejaste al lateral solo en mitad de cancha por si venía la contra, al lateral gordo al borde del retiro solo contra los pibitos delanteros de tu rival en mitad de cancha”, se dijo para sus adentros, mientras evaluaba que quizás ahí radiacaba una respuesta a su angustia. “ ¿Por qué rival?” se volvió a preguntar para si mismo, no sin descartar en el momento profundizar más en el asunto. Meditó por algún momento sobre la validez de las analogías futboleras pero concluyó que le nacía ese modo para expresar lo que le pasaba y que con eso era suficiente.
Siguió entregandose, le contó que era médico, que le gustaba leer y que intentaba escribir, que quería estudiar historia... que le gustaba el periodismo pero no la profesión, que le gustaba la medicina pero no la profesión... que le hubiera gustado vivir de recomendar libros y contar las historías detrás de las historias; que estaba enganchado con Conti, con Walsh, con Dal Masetto, con Saccomanno, con Forn. Que Eco y Tabucchi eran los más grosos del mundo y que soñaba con escribir como Mairal. Definió como su momento de mayor plenitud perderse entre los puestos del parque buscando libros, descubriendo titulos, historias, incomprendidos.

Corrió la tarde, corrió Fran detrás de la pelota, las sonrisas, las miradas, se lavó el mate. Se acabaron los bizcochitos. Empezó a hacer frío, llegó el momento de la despedida. Osado como nunca, como siempre ultimamente, él le pidió el celular, argumentó que no usaba redes sociales, la invitó a tomar algo en la semana, ella le dijo que, si, que dale, obvio, que iban hablando y arreglaban. Se saludaron.

Él siguió su camino, perdido en los puestos de libros usados como siempre, pero esta vez, otra vez, su cabeza no estaba conectada ahí, estaba en estado de alerta constante y excitación, ilusionado nuevamente, su alma estaba entregado a la Rubia. Ni siquiera compró nada, no valía la pena, la compra de libros ya no tenía angustias que canalizar.

Volvió a su casa, cocinó, nervioso, ansioso, programando los proximos movimientos, planificando la próxima jugada.
Había perdido mucho el último tiempo, y entre todo lo que había perdido era su amor por el futbol, por sus colores. Que su equipo salga campeón mientras aprendía a querer, y hasta quizás a amar, no fue la mejor combinación, la asociación de ideas y vivencias había hecho estragos en su cabeza y la revancha de ver a su equipo campeón se alineó con su revancha social, amorosa. Cuando se cayó un castillo de arena automaticamente en el mundo paralelo se cayó el otro, y mientras reflexionaba en esto se preguntaba por qué mierda el castillo tenía que ser de arena, por qué no lo podía construir de cemento alguna vez.
En fin, se encontró mirando el partido de su club, no a expensas de la Rubia, sino que lo hacía porque evidentemente parte de su rehabilitación implicaba que de a poco, iba requiriendo, si bien ya pericibía que quizá irreversiblemente sin la misma emoción, seguir los resultados de su cuadro.
Comió y se encontró mirando sin gritar un gol en el último minuto. Vaya paradoja, tanto sentía que las cosas se relacionaban y que, como alguien había dicho una vez, nada era causalidad, que destacaba para sus adentros que ahora estaban ganando en el último segundo con un técnico en el banco que la campaña anterior lo había hecho sufrir dirigiendo al gran competidor, que también, como ellos hoy, ganaba todos los partidos sobre la hora. Enriedos.
Todo se daba vuelta, no solo el resultado, en esa cancha, esa ciudad que miraba en la tele, que tanto representaba para él, en el recuerdo vivido y también en lo observado. Otra ilusión, otro amor también florecían con el otoño. Recordó a su club venciendo allí, del rival haciendo lo propio, de como había vivido esa tensión de las ultimas semanas, recordó que también se estaba rehabilitando de un golpe, que también tenía otros problemas y que también se iba reponiendo. Asimismo percibió que en aquel, ya lejano, momento, el fútbol había oficiado de salvavidas, pero solo en parte, que su salvación, que su redención mejor dicho, tan definitiva en ese instante como parcial en su ontogenia, había emergido de otro lugar.
Tantas cosas rememoró mientras terminaba de cenar y veía el resumen de ese triunfo agónico, que recién en ese instante fue cuando se encontró escribiendo las últimas líneas de este cuento, se percató que había avanzado tres capitulos leyendo el libro a la tarde en el parque, vio su billetera y entendió que si, que había comprado tres libros en la feria, y cayó en la cuenta que no le había pegado en ningún momento ninguna pelota en la espalda, y que no había ninguna Rubia agendada en sus contactos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario