lunes, 23 de marzo de 2020

Apostillas del Enviado Oriental.



Hay un grupo de personas, que por dentro, un poco, solamente un poco, estamos sonriendo por dentro. Estos días nos sentimos mejor, estamos bien, nosotros, mientras el resto de la sociedad se encuentra aislada, inconexa, gritandole a un conjunto de bits las mismas miserias que usualmente se digieren con una pinta de cerveza y unas papas en cualquier cervecería palermitana.

Nosotros en cambio no. Lo único que perdimos, en estos días, es la posibilidad de zafar la necesidad de pensar que comer que usualmente evitamos gracias a alguna hamburguesa con nombre cool en un encuentro con amigos.

La soledad, tanto externa, pero sobre todo interior, es una respuesta adaptativa a una sociedad que te empuja a la constante necesidad de convivir, de compartir todo aquello que pasa por tu cabeza, que te ofrece medios y medios de comunicación para que no te guardes nada, para que lo des todo pero siempre y cuando respondas a ciertos parámetros estipulados como la normalidad. Lo que más compra esta sociedad de consumo infame es la necesidad de compartir.

Nosotros somos solitarios por elección, somos lo que elegimos no consumir esa necesidad de compartir y sobre todo, de trascender. Aprendemos a vivir día a día con nuestra intrascendencia la cual abrazamos con hidalguía.
Nosotros somos escépticos y nos callamos por adaptación y por respeto, preferimos no opinar, no hablar, no decir nada, para no expresar que no queremos comprar eso que tantos compran.
Es así como la soledad se vuelve elección y respuesta, dos caras de una misma moneda, la elegimos porque nos sentimos bien aca llorando mirando recuerdos que solamente nosotros sabemos que existen mientras bajamos un jugo bajo en calorías (solo 42 por vaso, increible!) y unas papitas de la propaganda del subte; pero a la vez es nuestra respuesta, nuestra respuesta ante tanta necesidad de compartir y de sugerir, nuestra solución a la pregunta de cuál carajo será la fórmula de la felicidad.
Es que en realidad no sabemos como mierda vivir, pero la diferencia es que de alguna manera convivimos con ello y ya no queremos encontrar la respuesta, simplemente, vivimos. Hacemos lo que podemos.
Otra lectura pasible de hacer es que es la respuesta que tenemos ante el miedo del fracaso de cualquier atisbo de fórmula activa que pudiésemos idear. Sea ese o no su origen, de alguna manera funciona bastante bien.
En ese camino donde todos buscan y nadie encuentra, nosotros encontramos que el encuentro es no buscar.

Lo que nos caracteriza es una persecución, un delirio paranoide, un miedo, como decía antes a ser juzgado por ese montón de ojos mirandonos, pendientes, atentos, con el dedo listo para ser levantado indicar comentarios y/o sugerencias al pie de la hoja. Quizá, como decía, este radicado en un miedo a poder hacerlo mejor, en la inseguridad de darle demasiada pelota al qué mierda dirán, pero es en este punto donde me brota la ira y me pregunto: ¿Quién esta en lo incorrecto, nosotros pensando en el qué dirán, o toda esa caterva de indignos que siempre tiene la necesidad de decir algo? Vivimos hinchados las pelotas de las sugerencias esbozadas por consejeros tan impredecibles como desconocidos.

Nos molesta la publicidad, nos molesta el marketing, no creemos en encontrar fórmulas de la felicidad; denunciamos estimulación constante, venta fraudulenta, envenenamiento silencioso. Cobramos dos contaminaciones, la ejercida directamente sobre nosotros y la otra, la que hace que los demás sean tan pelotudos que creen que tienen la fórmula de la felicidad, y para colmo de males, te la quieren dar.

Nuestra respuesta máxima, el punto más alto de nuestro modo de vivir, es el esceptisismo. Nuestro epitafio por antonomasia es el “solo sé que no se nada”. Preferimos no decir, no hacer, no opinar, nuevamente, no compartir. No sabemos que nos puede gustar mañana, vivimos en Corea del Centro, respetamos demasiado la vida y sus idas y vueltas como para creer tener la respuesta a algo, por eso procesamos, pensamos, nos ahogamos en cervezas, en atardeceres, parques, canciones viejas, llegamos a entender que sabemos poco, que terminamos queriendo poco. Nos apartamos, no queremos querer más de lo poco queremos, finalmente.

Somos escépticos, tan escépticos somos que hasta con nosotros mismos nos ponemos así, en revisión constante, ante nuestros propios ojos, y con esa mirada y evaluación interior nos alcanza, y es por eso que nos termina de fatigar, de alcanzar hasta lo más profundo de nuestras visceras la mirada ajena, porque ya tenemos la nuestra que bastante impiadosa suele ser.

Podemos jugar el juego, pero no nos interesa en realidad jugarlo con las reglas ajenas, ni con 3, ni con 5 ni con 10 gb por mes. No vinimos al mundo para discutir la subjetividad de las pasiones ajenas, y tampoco tenemos ganas ni creemos que valga la pena discutir la misma subjetividad que originan las nuestras.

Es de esperar que a veces nos entreguemos un poco, de alguna manera necesitamos descargar esas reflexiones y simular que nos adaptamos a este nuevo modo del compartir constantemente cosas que solamente nosotros podemos y sabemos sentir, demasiado personales para ser vividas en conjunto. Nos reímos de cosas que no nos causan gracia, celebramos triunfos ajenos que no compartimos, con un esbozo de sonrisa falsa, nunca con una risa verdadera, de esas que salen de adentro. También descargamos un rato todo eso que vinimos procesando durante días y horas, para poder tener lugar para volver a sacar conclusiones, algunas ya conocidas, y también para poder descubrir otras emociones que en la vorágine diaria habíamos olvidado que tenemos. Vaciamos un poco nuestro altillo.

Algunas veces, nos mandamos, porque estamos cansados, porque somos solitarios pero no podemos vivir tan solos, nos entregamos en cuerpo pero muchas más veces en alma porque es la única manera en que sabemos hacerlo, y ese balde de agua fría es lo que nos indica que no tenemos ídea como carajo vivir. Profecía autocumplida, volvemos a nuestra no respuesta, que es la mejor de todas.

Volvemos a nuestra pasividad y nos regalamos nuevamente nuestros momentos, nos sentamos a escribir, a hacer música, a escucharla, a leer, a ver una película, a correr, sin dar explicaciones; emocionamos nuestras desvergüenzas, cantamos fuerte, saltamos, miramos eso que a nadie le contaríamos que miramos.

Quizás estos días se trate de eso, del socialismo sentimental, donde nadie sabe a quien carajo mirar, donde todos miren a todos lados y a ningún lado al mismo tiempo, como siempre, como nunca, solo que ahora más desnudos sin trabajo para excusar, sexo para olvidar, taxis para escapar. Hoy seguramente estemos jugando de local.

Simplemente por eso sacamos ventaja los taciturnos, que nos sentimos igual de siempre, observados, evaluados constantemente, pero esta vez sentimos que los demás no tienen tantas ganas de levantar el dedo y que nosotros, tenemos, y por un momento pensamos que quizá siempre tuvimos, y la respuesta correcta. Y también quizá, siempre la quisimos tener. Al menos, por unos días.

No hay comentarios:

Publicar un comentario