Primer
acto:
Hay dos
grandes momentos en los cuales me “inspiro” para escribir este tipo de
barbaridades. Uno es en la ducha. Otro es en el colectivo. De corta o de larga
distancia.
No me
pregunte por qué, porque simplemente no lo sé, pero juntos podremos, en una de
esas, llegar a una conclusión más acabada.
Y es que,
lejos de cuando era chico, bañarme me gusta. En climas gélidos como estos, o
cuando me cago de calor, para refrescarme. Me dispara. Me incita a salir del
baño y cruzarme a la máquina a escribir. Me concluye. Me reúne. Gracias por el
hiato, señor diptongo. N, S o vocal. Estábamos bien.
El bondi me
aporta ideas. Ideas inconclusas muchas veces.
Muy buena,
una chica linda entra a las 8 de la mañana a una obra en construcción.
Imaginarán, de mi mente no salen tales manjares. Solo los observo.
Pero el
colectivo conlleva consigo un problema. En general aquel capaz de inspirar es
el colectivo de ida, donde uno tiene más fuerzas y, no siempre, entusiasmo, por
la jornada que se dispone a llevar adelante. Enfrentar es una mala palabra para
usar, y vivir una demasiado idealista. Con tanta furia suelta, tanto grito y
esa cantidad de monóxido de carbono flotando en el aire la palabra vivir es un
modismo. No me quiero ir de la idea, volviendo a lo anterior, netamente me
inspiro en un colectivo cuando voy. Y
cuando llego, naturalmente, mis obligaciones e irresponsabilidades me lo
impiden hacer. Cuando vuelvo y podría plasmarlo, este aparato ya no tiene
batería.
Ve doctor,
ahí vamos llegando a una primera conclusión, es como le decía licenciado,
juntos lo íbamos a ir armando este asunto. En el colectivo me viene la idea,
pero tiene un problema: no me permite concluirla. No puedo terminar el trabajo.
En la
ducha.
En la ducha
retomo esa idea, a veces. Otras no. No la menospreciemos, tiene su propio
potencial inspirador la ducha. O se piensa que todas estas líneas están
aportadas por la simple descarga de una SUBE? Aporta su propia cuota la ducha.
Y en general, pero siempre en las duchas inspiradoras, luego puedo presentarme
en el teclado y escupir.
Que estamos
por esta sesión? Que pena maestro, intento que la próxima sigamos lo
suficientemente inspirados para abarcar esto de la mejor manera.
Bis:
Dificultoso
esto de retomar.
Mar del
Plata – Montevideo en 20 minutos, doc.
Como le
comentaba, evidentemente la ducha es lo que liquida la cuestión. Lo que me
permite finiquitarlo. Como si el grifo me dijese “hazlo”, así, en español
neutro. Y en general son duchas en mi estática, duchas en las que cuando salgo
me pongo colonia y no perfume. Duchas donde me pongo el pijama y no la ropa que
uso para salir a realizar mi vida allá afuera.
Concluyendo,
y a riesgo de considerárseme repetitivo, la ducha tiene su pócima inspiradora,
pero su fuerte es la capacidad de completar lo que falta e impulsarme a
escribirlo.
Espere,
espere que tenía una idea dando vueltas que la perdí, ay.
Ya me va a
venir. Siguiendo con el tema, no necesariamente tiene que ser un bondi, puede
ser un micro de larga distancia también. Usted comprenderá las dificultades que
eso conlleva para culminar una idea. Un sentimiento, escribo sentires, no
ideales. Imaginará que lo que sentí, pensé, en Dolores en Coronel Vidal ya fue.
Pasó a mejor vida. Es por eso que en la ducha radica mi arte fundamental. En
ella, encuentro el colectivo justo para camuflarme. 113, cartel rojo.
Será que me
gusta ducharme porque me libera los poros. En realidad, también, tampoco me gusta
por eso. Me saca las “cascaritas”. Soy yo con todas mis miserias, mis
realidades, mis entusiasmos, mis alegrías, y ser uno, a veces, no siempre,
duele. Entonces el mundo, el smog, construye esas crostas que solo una ducha es
capaz de liberar. Y uno no sabe en que colectivo puede llegar a cruzársele una
idea que necesite un camuflaje en otro, por caso, el 269 es un buen ejemplo.
Verá que
estoy mas duro ahora. Es que venir acá, para mí, es como escribir.
Lo
espontáneo, doblemente bueno. Y encontré en la ducha la respuesta. Lo
espontáneo siempre sale mejor, como lo sentido en un colectivo e impuesto en
una ducha. Pero cuando a lo que sentí en el colectivo, no le agrego la ducha,
sale mal. Tosco. Tosco como me habrá escuchado alguna vez que vine acá en algún
subte colapsado sin lugar ni para los sentimientos ni para las ideas.
Lo
espontáneo, es mejor, amigo, capo, lo espontáneo resulta mejor en un ideal, justamente porque cuando lo planeamos no
sale del mismo modo, justamente por esa falta de capacidad de planearlo que
tenemos. Cuando queremos que algo salga como
espontáneo, sale como el orto. Cuando escribimos lo que pensamos en un
colectivo sin tener una ducha previa, queda feo, queda mal. No refleja lo
sentido al momento de ser sentido.
Lo
espontáneo nos atrae del mismo modo en que nos atraen muchas (no soy tan
tremendista, ni me creo quien para afirmar que todas) cosas: porque no lo
podemos tener. Lo tenemos solo cuando surge, cuando aparece, cuando se da.
¿Cómo es eso de que queremos lo que no podemos tener?
Mire que
buena conclusión saque, licenciado. Debe ser porque hoy vine en un colectivo
con aires curativos, de ducha. No por ser hora pico estaba lleno. Estaba vacío.
Viaje sentado. Del lado de la ventana. Cortinas color bordo, y la brisa de la
primer mañana primaveral golpeándome la vista. Como aislado del mundo. Sin
tráfico en plena metrópolis, sin bocina en un panal de autos. Una flor en un
pantano. Onda verde por la avenida.
Y cuando
baje lo sentí.
Y cuando
salí de la ducha, lo concluí.
Cuándo le
toque el timbre, hoy, lo entendí: doctor, estoy curado.
Igualmente,
por las dudas, vio, la semana que viene lo seguimos charlando.
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