sábado, 24 de febrero de 2018

Dos locos


Le cambió la vida a Danielito. Cuando entro la Rubia a comprar cigarrillos, le voló el bocho, diríamos en el barrio. Sus ojos verdes. Su sonrisa inocente. Se olvidaba de cobrarle ya. Y no es porque por aquellos lados no abundaran bellezas de ese estilo. Todos los días, en su jornada laboral atendiendo el kiosco frente a la facultad, desfilaban por esos 3 metros de largo por 1 metro de ancho mujeres – chicas – de todo tipo. Rubias, morochas. Altas, bajas. De barrio, chicas bien. Platudas, y de las que contaban las monedas. Nuestro muchacho, ante semejante tentación ni se inmutaba. Un tipo apuesto, Danielito. No un modelo, pero tenía lo suyo. Y tenía su novia, feliz noviazgo que llevaba más de un año, con una joven que había sido hasta hace unos meses, su compañera en el secundario. Primer año de la facultad para ambos, él se ganaba unos mangos atendiendo el negocio de un amigo de los viejos hasta la tarde, y a la noche cursaba.  En fin, no quería irme por las ramas, solo darles un pantallazo de situación. Ese día, como les contaba, Danielito – así lo llamaban en el barrio los mas añosos – ese día ya no estuvo en si mismo. Se perdió. Divagó en los pensamientos, recorrió tantas veces como pudo la cara de la rubia que había ido a comprar puchos. No era lo más recomendable para un asmático como el, pero sus pulmones necesitaban de ese aire. Recorrió su sonrisa y la soñó despierto. Estuvo perdido, dicen algunos que dio mal algunos vueltos, que la caja cerró con más diferencia de la aceptable, dicen otros que su chica lo notó cuando fueron al cine aquella noche; cuentan que estuvo en piloto automático ese día, que ese efecto perduró algún tiempo y se fue desvaneciendo con el paso de las horas. Cuenta la lámpara de su velador que esas noches le dio más trabajo que nunca, cuenta su almohada que no se quedaba quieto un segundo. Como todo – al menos hasta ahora – el efecto se fue con los últimos días cálidos que traía consigo ese Marzo tardío.

La Flaca seguía llorando cuando se disponía a subir el puente. Era Mayo, y ya no daba abasto. Se había prometido que el mismo recorrido de todos los días desde su casa hasta la facultad – puente mediante – esa tarde la iba a sanar. Le iba a permitir tomar las decisiones que debiera con más claridad, tragar saliva y afrontar lo que debiera. A saber: peleada con su mejor amiga y conviviente, la necesidad de vivir ya sola, sin ella, y los apuros económicos que eso le conllevaría. No obstante sentía ganas de arreglar las cosas, también mantenía el mismo orgullo que la había arrojado allí. En otro orden de cosas, tres parciales desaprobados en dos semanas, un trabajo que en teoría le iba a servir para su desarrollo profesional a futuro y en el cual se sentía simplemente usada, la familia en su Daireaux natal, suficientemente lejos como para no poder buscar refugio en ella, pero suficientemente cerca como para que noten que algo no andaba bien. Rendida a que sus planes no saliesen como lo pensaba, se dispuso a encender el último cigarrillo del paquete mientras culminaba la escalinata.

Danielito salió más tarde del kiosco ese jueves frío y lluvioso. Mucho trabajo, época de parciales y fotocopias para los estudiantes de la facultad. No menos representaba para él ese Mayo. Esa misma tarde debía rendir examen. Caminaba hacia su casa. Merienda rápida, ducha, repaso final y a la parada del bondi. Bueno, siendo la hora que se había hecho, ya no habría tiempo para repaso final. Ducha con suerte, y barra de cereal en el camino. Comía o merendaba algo antes de rendir por simple cábala. Finalizaba el tramo alto del puente, ya llegando a los escalones para bajarlo, como todas las tardes, cuando la vio. Otra vez la rubia. La Rubia. Cigarrillo en mano. Era ella. Chau parcial. Chau bocho. Acababa de sellarse su pasaporte al infierno en lo que a su vida académica de esa tarde refería. La ansiedad que le producían este tipo de situaciones o de ideas en su cabeza no eran de lo más oportunas. Supuso que llevaba los mismos aros que aquella vez. Lo que tampoco había cambiado era su mirada. Eso si, esta vez en vez de mostrarse sonriente y despreocupada su rostro estaba decorado por un poco de maquillaje corrido. Lágrimas.

¿Quién era aquel morochito esmirriado que la miraba con tanta atención? ¿Por qué tanto detenimiento? ¿Qué tenía él que automáticamente se había aislado completamente de los problemas que la estaban haciendo lagrimear hasta hace un instante? Lo conocía. Lo había visto alguna vez. ¿Dónde? ¿Por qué no se había acordaba de dónde? ¿Aquella otra vez - si es que había habido - le había producido lo mismo? ¿Por qué si? ¿Por qué no? La Flaca se encontró haciéndose todas esas preguntas al chocarse con una pareja de adolescentes bajando las escaleras del otro lado del puente. Pidió las disculpas del caso. Siguió caminando. Y ya no pudo dejar de pensar en él.

En blanco. Entregó en blanco Danielito. Bloqueado completamente. En otro lado. Ustedes dirán, llegó, vio que no salía nada y entregó la hoja tal como se la habían dado. No señores. Cien minutos que duraba el examen explotados segundo a segundo intentando pensar en esas preguntas, intentando concentrarse y no hubo caso. No se pudo sacar a la Rubia llorando de la cabeza.

Siempre había sido una mujer de armas tomar, pero en esta ocasión ya era tarde. Cuando decidió que tenía que hablar con él, saber quién era, pedirle ayuda para responder todas esas preguntas que carcomían su mente habían pasado ya sus buenas cuadras, ya había entrado a comprar cigarrillos al kiosco en frente a la facultad – trataba de evitar comprar ahí dados los no módicos precios, pero se había quedado sin stock, era su último recurso – ya había dado el presente en la clase incluso. A los quince minutos se volvió a la casa. Ese día no estaba presentándose lo suficientemente silvestre como para asistir a una clase de estadística. Se ducho. Intentó comer, no pudo. Intentó una siesta, no logró conciliar el sueño. Silvana, su compañera, amiga y conviviente, a pesar de su pelea, le preguntó si iba a cenar. Dijo que no. Que iba a irse a acostar directamente, que había tenido un mal día.  A intentar dormir. En vano.

La madre lo notó raro. Asumió que la jornada de examen no había sido exitosa. La novia lo fue a visitar, tal como habían acordado. También notó lo mismo. Si no hubiera sido jornada de parcial, no sabemos a que le habrían atribuido la ausencia de espíritu que mostró Danielito aquella noche. A él le vino bien la excusa del examen. Se fue a dormir más temprano de lo habitual.  Se quedó pensando en que debiera encontrar a la rubia. Cómo lo haría. Una sola respuesta: el kiosco. Algún día debiera volver a ir, los clientes solían ser de la facultad, o del barrio. No era un lugar de paso.

Necesitaba encontrarlo. Sí o sí. Y solo habría un lugar dónde podría hacerlo. El puente. Si lo había subido esa tarde, lo subiría otra vez. Los que no lo conocían, por temor, por mitos, por lo que sea, no lo subían a pie. Si él estaba subiendo el puente a pie, implicaba que lo solía hacer. O al menos que lo conocía. Con lo cual, decidió que de ahora en más sus recorridos a la facultad serían a pie y solamente a pie. Algún día lo cruzaría. Mientras, la vida seguiría. Eso suponía.

Empezó a ir al kiosco con un entusiasmo innato para un trabajo tan poco retribuyente a su autoestima. Tan ingrato. Algún comentario de fútbol con algún conocido y no mucho más. Era el único que atendía en su horario, con lo cual no podía cruzar a la facultad a ver si la encontraba. Además, él simplemente intuía que ella estudiaba allí, premisa que podía ser cierta o falsa. No, lo más seguro era esperar en el kiosco. Tampoco podía asomar mucho, y la entrada al edificio de la universidad no le quedaba en su campo visual. Sería cuestión de esperar un tiempo. O dos.

Aprovechó la flexibilidad de horarios de ciertas clases teóricas y las acomodó de tal modo que podía pasar por el puente casi todos los días en el mismo horario en el cual lo había visto aquella tarde lluviosa. Su vida prosiguió como antes: sin respuestas, sin soluciones. Todo había pasado a un segundo plano. Ahora tenía en mente un objetivo claro. Algo por lo cual esperar.

Ya no se concentraba en las clases. Ya se olvidaba de cobrar cada vez más. Su relación con su novia consitía cada vez más en peleas, más reproches de ella sin respuestas. Decidió que la carrera tendría la culpa, otra vez buen salvavidas para excusarlo de su comportamiento, y explicó en su casa que decidiría probar con otra vocación el siguiente cuatrimestre. Ya venía con dudas respecto al asunto, y todo este tema lo terminó de decidir. No fue una decisión recibida con el mayor entusiasmo de parte de sus padres, pero al menos estaba haciendo "algo", se decían. Trabajaba. Y últimamente se lo notaba realmente mal, así que le dieron su apoyo. Él, en cambio, interiormente reconocía que simplemente estaba tomando un poco de aire. Asumía el trasfondo de la cuestión. Cada día con más ansiedad llegaba y abría el kiosco. Propuso al dueño trabajar tiempo completo esos meses. Al dueño le convenía dado que era un pibe bueno, de confianza, y los distintos empleados de la tarde no habían sido de lo más eficientes. Y fue así como empezo a atenderlo tiempo completo.

Descubrió que el supermercado del otro lado del puente tenía mejores precios. Descubrió que el bar del otro lado del puente presentaba un lugar más óptimo para estudiar. Descubrió que el colectivo que la dejaba del otro lado del puente al volver de trabajar a la noche tardaba menos en venir. En fin, descubrió cuanta excusa adolescente exista para cruzar el puente. Lo llegaba a cruzar cinco o seis veces por día.

Empezó a abrir el local antes de lo pactado. Empezó a cerrarlo más tarde de lo planificado. Era una sombra en su casa. Sus amigos estaban desconcertados. No aparecía nunca en las reuniones. Pasaba la mayor parte de su tiempo en el negocio. Ya no iba caminando a trabajar – eran diez cuadras contando el puente – iba en colectivo siempre. Quería aprovechar cada segundo en ese lugar. Agrandar la brecha. Su novia se cansó. Se terminó la relación. El aducía que el trabajo le demandaba mucho pero que en ese momento era lo que le hacía bien, lo que necesitaba; y que de ese modo lograría juntar unos mangos que le permitirían solventarse los primeros meses el siguiente cuatrimestre sin la necesidad de trabajar. Así fue piloteándola, con excusas de difícil comprensión por parte de los suyos.

Invierno frío, y ella proponía ir a tomar mates a cuanto amigo o amiga le proponía verse, arriba del puente. Sí, leyeron bien, tomar mates arriba del puente. Los más fieles la siguieron al principio, pero imaginarán que tamaña locura no podía durar mucho. Menos con las temperaturas bajas que se manejaba por esos meses. En cada uno de sus cruces por el puente aminoraba la marcha. Los extendía al máximo. Iba a estudiar al puente. Decía que el paisaje y el ruido del tren que por debajo pasaba la calmaban. Ella sabía que no era así. Que simplemente, lo estaba buscando. Esperando.

Viajaba en taxi ida y vuelta al kiosco. Aducía olvidos a horas ridículas de la noche para volver a abrirlo por unos segundos. Me olvidé los lentes. El celular. Las llaves. Un libro. Lo necesito ya. Medianoche y el kiosco volvía a abrir sus puertas. Hasta que se empezó a quedar a dormir allí.

Discutió duramente con su amiga y conviviente. Decía que ya no la toleraba. Que ya no podía compartir nada con ella. Ni la comida. Ni el desayuno. Compraba algo hecho. Del otro lado del puente. Y lo iba a comer. Al puente.

No pasó mucho tiempo hasta que el dueño del kiosco habló con él para pedirle que reviera su actitud, que no sabía en que andaba le dijo, que esperaba que no fuera nada raro porque era un buen pibe, que lo conocía de chiquito. Que los vecinos le decían que a veces veían prendidas las luces a las tres de la mañana. Que el no iba a decirle nada a los viejos, que no era botón. Pero que se cuide, y que podía confiar en el. No hubo caso. Recuperó uno o dos días un ritmo más adecuado – no habitual – pero no hubo caso.

Hasta que una noche, se peleó definitivamente con su amiga, armó un bolso, y se fue a dormir a un hotel. Cerca del puente. Y cuando los números no daban, pasaba alguna noche allí arriba.

Hasta que los viejos hablaron con Tito, el propietario del comercio, y de común acuerdo decidieron que deje de trabajar allí. No rendido, empezó a caminar la cuadra de su ahora ex empleo, de esquina a esquina, todos los días.

Dormir a la intemperie en invierno no es lo más recomendable.  El puente nunca lo cuidó nadie. No era raro ver gente pernoctar allí. Dejó de ir a trabajar. Dejó de ir a la facultad. Día y noche los pasaba allá arriba. Iba a buscar los insumos indispensables para sobrevivir a las tinieblas de la llanura, y volvía a subir.

La familia de Danielito decidió pedir ayuda. Psicológica primero, y después de algunas sesiones, preguntas raras, palabrerío que solo profundizaba lo desesperante de la situación, los profesionales decidieron que su comportamiento requería intervención psiquiátrica.

Su amiga llamó a la familia. La hermana mayor y el padre vinieron personalmente dejando sus obligaciones en Daireaux, se instalaron en un departamento temporario y la intentaron llevar consigo a su ciudad natal. A vivir con ellos. No había lo qué hacer. Iba dos horas, y en cada oportunidad en que la perdían de vista, como a una nena pequeña, ella se escapaba. Siempre la encontraban en el mismo lugar. Les recomendaron que consultaran con expertos.

Se escapó de la casa varias veces, durante el día, durante la noche, desaparecía antes de ir al médico, a la psicóloga, y siempre aparecía rondando el kiosco. Los policías de la cuadra ya estaban advertidos.

No quiero aburrirlos con diagnósticos, terapias conductuales, pastillas que llegaron a su vida. A ella no le importaba tomarlas o no, en tanto pudiera irse al puente lo antes posible. Cayó enferma. El equipo que la trataba recomendó internarla, dado que su comportamiento era riesgoso para si misma, aducían. La familia era un desconcierto constante, se resignaron y lo intentaron. Se dijeron que era por un tiempo. Hasta que se estabilice. Con no se que diagnóstico psiquiátrico fue a parar la Flaca allá, no me preguntes, no entiendo mucho de eso viste. Quedaba por ahí cerca el lugar.

La familia de Danielito en cambio se había mostrado más reticente a aceptar la internación. Incluso a aceptar los nuevos fármacos que decían “daba muy buen resultado en estos casos”. Hasta que se agarró a trompadas con el nuevo empleado del kiosco. Hasta que se le hizo el loco al policía de la cuadra. Así, no pasó mucho tiempo para que se convirtiese en el nuevo interno del neuropsiquiátrico municipal que quedaba en el mismo barrio, a unas pocas calles.

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Fabián es enfermero por vocación. Empezó trabajando en la sala de internación de un hospital de agudos pero veinte años del día a día lo habían consumido. Decidió pasar a trabajar solo en la guardia de la sala. Los fines de semana. Por problemas con un compañero, y gracias a un contacto en el gremio, le habían dado el pase a la guardia del “loquero” como lo llamaba él, hacia fines del año pasado. “Puede ser que estén locos, pero están mas cuerdos en su locura que nosotros en nuestra cordura”, era su respuesta ante las clásicas preguntas que el morbo generaba en su entorno personal.

La última semana habían ingresado varios nuevos pacientes a internación y la sala estaba bastante llena. Este sábado había tenido bastante trabajo, y se disponía a cruzar el parque del hospital para ir a comprar unas golosinas. Se había antojado su compañera, y su caballerosidad lo había arrojado a la calle en busca de los placeres envasados que culminarían con los antojos de su colega.

En cuanto salió al parque, notó que no estaba solo. El rocío y las luces prendidas le impedían ver con claridad en la noche. Tardó en adaptarse al nuevo nivel de iluminación. Se tuvo que refregar los ojos para dar crédito a lo que estaba viendo. Dos de los locos nuevos, una rubia y un esmirriadito abrazados, llorando, gimiendo, esbozando palabras sobre puentes y kioscos.

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